Gala se quedó inmóvil junto a la puerta.
La voz de Marcos ya no sonaba débil.
Era firme.
Demasiado firme para un hombre que supuestamente apenas podía moverse.
—¿Qué significa eso? —preguntó ella.
El enfermero cerró la puerta con llave.
El sonido metálico retumbó en la habitación.
Gala retrocedió lentamente.
—Marcos, abre la puerta.
Él no respondió.
La sombra detrás de la cortina avanzó un paso.
Entonces apareció una mujer.
Llevaba una bata hospitalaria y tenía una venda alrededor de la cabeza.
Gala reconoció inmediatamente su rostro.
Era Clara.
La secretaria de Marcos.
La misma mujer que, según él, había muerto durante el accidente.
—No puede ser —susurró Gala—. Dijeron que estabas muerta.
Clara la miró con los ojos llenos de miedo.
—Eso era lo que Marcos quería que creyeras.
Gala giró hacia su prometido.
—¿Qué hiciste?
Marcos apartó la mirada.
El enfermero se colocó entre ellas.
—No hagan ruido —ordenó—. Nadie debe saber que sigue viva.
Clara se apoyó contra la pared.
—El accidente no fue una casualidad.
Gala sintió que las piernas le fallaban.
Clara explicó que aquella noche viajaba con Marcos porque había descubierto transferencias ilegales dentro de su empresa.
Había copiado contratos, cuentas falsas y grabaciones comprometedoras.
Cuando amenazó con denunciarlo, Marcos tomó el volante y provocó deliberadamente la colisión.
—Pensó que yo moriría —dijo Clara—. Pero desperté antes de que llegara la ambulancia.
El enfermero había sido quien la encontró.
En lugar de informar a la policía, aceptó dinero para esconderla en aquella planta abandonada.
Gala miró la mancha oscura sobre la sábana.
—¿Qué hay debajo de la cama?
Marcos trató de incorporarse.
—No lo toques.
Ella se agachó antes de que pudiera detenerla.
Debajo de la camilla encontró una caja metálica.
En su interior había teléfonos, pasaportes y una bolsa con dinero.
También estaba el bolso que Gala había perdido dos semanas antes.
Lo abrió con las manos temblorosas.
Dentro encontró su documento de identidad y varios formularios médicos firmados con su nombre.
—¿Por qué tienes esto?
Clara cerró los ojos.
—Porque tú eras la siguiente.
Gala dejó caer los papeles.
Uno de ellos autorizaba una intervención médica urgente.
Otro declaraba que padecía episodios de confusión y pérdida de memoria.
Todo estaba preparado para hacerla parecer mentalmente inestable.
Marcos respiró profundamente.
—Solo necesitaba que dejaras de hacer preguntas.
—¿Preguntas sobre qué?
Clara señaló la caja.
En el fondo había una fotografía del vehículo destruido.
Gala la tomó.
La imagen mostraba a Marcos fuera del automóvil minutos después del accidente.
No estaba herido.
No estaba inconsciente.
Estaba entregándole algo al enfermero.
Un pequeño frasco.
El mismo que ahora aparecía vacío junto a la cama.
De pronto, se escucharon pasos en el pasillo.
El enfermero apagó la luz.
—No puede ser —murmuró—. Nadie sabía que estábamos aquí.
Golpearon la puerta tres veces.
Una voz masculina habló desde afuera.
—Policía. Abran inmediatamente.

Marcos miró a Gala con una expresión que no era de miedo.
Era de traición.
—Fuiste tú.
Gala negó con la cabeza.
Entonces Clara levantó discretamente un pequeño transmisor escondido bajo su venda.
—No.
Fui yo.
La puerta se abrió de golpe.
Varios agentes entraron acompañados por una doctora.
Marcos intentó levantarse de la cama, pero la sábana cayó al suelo.
Gala vio que sus piernas no tenían ninguna lesión.
Había fingido estar gravemente herido desde el principio.
La doctora revisó los documentos falsificados y después miró a Gala.
—Señora, encontramos algo más en el vehículo.
Sacó una bolsa de evidencia.
Dentro había un anillo de compromiso idéntico al suyo.
Pero en el interior llevaba grabado otro nombre.
Clara.
Gala miró a Marcos con horror.
La joven secretaria comenzó a llorar.
—Yo no era solo su empleada.
Marcos me prometió que se casaría conmigo después de deshacerse de ti.
Lee la Parte 3.