Parte 2: EL MIEDO QUE NADIE DEBÍA VER

Nadie en la habitación respiró durante varios segundos.

Los fragmentos de porcelana seguían dispersos sobre el suelo de roble, mezclados con pequeñas gotas de mi sangre.

Pero nadie los miraba.

Todos observaban a Ethan Carter.

El hombre que jamás perdía el control.

El director ejecutivo cuya expresión había permanecido inalterable incluso cuando su empresa sobrevivió a demandas multimillonarias, ataques bursátiles y adquisiciones hostiles.

Ahora sostenía mi brazo como si temiera que desapareciera delante de él.

—¡Llamen al doctor Morgan! —ordenó con una firmeza que jamás le había escuchado usar conmigo.

Uno de los ejecutivos vaciló.

—Señor Carter… la reunión…

Ethan levantó la vista.

—¿He dicho algo que no se entienda?

El hombre salió prácticamente corriendo.

Yo seguía inmóvil.

No por el dolor.

Sino porque aquella mano seguía sujetándome.

Era cálida.

Segura.

Real.

Tres años esperando cualquier muestra de afecto.

Y ahora parecía incapaz de soltarme.

—Solo es un corte —susurré.

Él negó lentamente.

—No.

Su respuesta fue demasiado rápida.

Demasiado intensa.

Como si el problema jamás hubiera sido la herida.

Entonces ocurrió algo todavía más extraño.

Sin darse cuenta, Ethan levantó ligeramente la manga de mi cárdigan para observar mejor la sangre.

En cuanto vio mi muñeca desnuda, su respiración cambió.

Durante apenas un segundo, sus dedos rozaron una pequeña marca de nacimiento en forma de media luna.

Su rostro perdió completamente el color.

Era como si acabara de confirmar algo que llevaba años temiendo.

Retrocedió un paso.

Volvió a recuperar su expresión habitual.

Pero ya era demasiado tarde.

Lo había visto.

También lo habían visto los demás.

El director jurídico intercambió una mirada preocupada con el jefe de seguridad.

Nunca antes habían presenciado una reacción semejante.

El médico llegó pocos minutos después.

Mientras limpiaba la herida, Ethan permanecía de pie sin apartar los ojos de mí.

Ni una sola vez.

Cuando terminé de ser atendida, intenté retirarme.

—Ya estoy bien.

Él respondió inmediatamente.

—No subirás escaleras esta noche.

Fruncí el ceño.

—Vivimos en el mismo ático.

Por primera vez desde que lo conocía, pareció darse cuenta de lo absurdo que acababa de decir.

Desvió la mirada.

Los ejecutivos comenzaron a abandonar el salón discretamente.

Pero antes de salir, uno de ellos, el director financiero, se acercó a Ethan.

Creía que yo no podía escucharlo.

Se equivocaba.

—Señor Carter…

—¿Debemos continuar con el protocolo?

Ethan respondió sin apartar los ojos de la ventana.

—No.

—Pero si la junta descubre…

—He dicho que no.

El hombre tragó saliva.

—Sí, señor.

Aquellas palabras comenzaron a dar vueltas en mi cabeza.

¿Qué protocolo?

¿Por qué todos parecían saber algo que yo ignoraba?

Aquella noche apenas dormí.

No por el dolor del pie.

Sino porque, cerca de las tres de la madrugada, escuché voces procedentes del despacho privado de Ethan.

La puerta estaba entreabierta.

Nunca había entrado allí.

Me acerqué en silencio.

Reconocí otra voz.

Era Arthur Bennett.

El abogado personal de Ethan desde hacía más de veinte años.

—No puedes seguir ocultándolo para siempre —dijo Arthur.

—Lo he hecho durante tres años.

—Y casi acaba de descubrirlo por accidente.

Hubo un largo silencio.

Después escuché la respuesta de Ethan.

Una respuesta tan baja que tuve que contener la respiración para distinguir cada palabra.

—Mientras permanezca lejos de mí… seguirá viva.

Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.

Arthur suspiró.

—Ella cree que la odias.

—Es mejor eso que enterrarla.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

No entendía nada.

Arthur volvió a hablar.

—La junta está perdiendo la paciencia. Llevan años preguntándose por qué nunca permites que aparezca contigo en eventos públicos.

—No me importa la junta.

—También preguntan por qué prohibiste que cualquier laboratorio analizara su ADN.

Mi respiración se detuvo.

¿Mi ADN?

Ethan permaneció varios segundos en silencio.

Finalmente respondió.

—Porque si alguien confirma quién es realmente… comenzará una guerra que ninguno de nosotros podrá detener.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Retrocedí sin hacer ruido.

Regresé a mi habitación completamente confundida.

¿Quién era realmente?

Toda mi vida había creído ser la hija de un hombre arruinado por el juego.

Nada más.

Sin embargo, antes del amanecer decidí buscar respuestas por mi cuenta.

Esperé a que Ethan saliera hacia la oficina.

Luego entré por primera vez en su despacho.

Todo estaba perfectamente ordenado.

Contratos.

Informes.

Planos tecnológicos.

Hasta que descubrí una caja fuerte oculta detrás de una pintura.

No esperaba poder abrirla.

Pero al acercarme vi algo insólito.

El lector biométrico no pedía una huella.

Solicitaba reconocimiento facial.

La pantalla se iluminó.

Me miró durante apenas dos segundos.

Después emitió un sonido electrónico.

“Identidad secundaria verificada.”

La puerta de la caja fuerte se abrió lentamente.

Dentro no había dinero.

Ni joyas.

Solo una carpeta negra con una única inscripción escrita a mano.

“Abrir únicamente si ella descubre la verdad antes de tiempo.”

En ese mismo instante escuché el ascensor privado detenerse.

Ethan acababa de regresar.

Y sus pasos se dirigían directamente hacia el despacho.

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