Mercedes dio un paso al frente y le arrebató el documento de las manos a Diego.
Él intentó recuperarlo, pero ya era demasiado tarde.
En la primera página aparecía el nombre de Valeria.
En la última, una firma que se parecía a la de su hija.
Solo que Mercedes la había visto firmar miles de veces.
Aquella no era su letra.
—Esto es falso.
Diego sonrió con absoluta tranquilidad.
—Está certificado por un notario.
—Un sello no convierte una mentira en verdad.
Doña Carmen sostuvo con fuerza el rosario.
—Su hija aceptó entregar la casa para pagar todo lo que esta familia ha gastado en ella.
Mercedes miró alrededor.
El gallinero.
El vestido roto.
Los brazos llenos de moretones.
Las manos de Valeria cubiertas de tierra.
—¿Así es como cuidan a alguien que les entregó una casa de cuatro millones?
Nadie respondió.
Mercedes se arrodilló junto a su hija.
—Mírame, Vale.
Valeria tardó varios segundos en levantar los ojos.
Tenía el rostro consumido.
—Perdóname, mamá…
—No tienes que pedirme perdón.
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de la joven.
—Me daban unas pastillas para dormir.
Decían que eran para la ansiedad.
Después me despertaban de madrugada.
Ponían papeles frente a mí.
Yo apenas podía sostener el bolígrafo.
Diego cruzó los brazos.
—Está confundida.
—No.
Valeria negó lentamente.
—También grababan videos.
Me obligaban a repetir que quería vender la casa.
Si me negaba…
Miró el candado del gallinero.
No necesitó terminar la frase.
Mercedes sintió que la sangre le hervía.

Sacó el teléfono.
Diego dio un paso hacia ella.
—No llame a nadie.
Esto es un asunto familiar.
Mercedes presionó el botón de grabación antes de responder.
—Precisamente porque es mi familia, esto termina hoy.
Doña Carmen intentó arrebatarle el teléfono.
—Está exagerando.
Mercedes apartó su mano.
—¿Exagerando?
Señaló a Valeria.
—Mi hija está comiendo maíz destinado para las gallinas mientras ustedes intentan quedarse con su patrimonio.
En ese instante llegó una camioneta blanca al rancho.
Dos hombres bajaron cargando cajas de archivo.
Diego sonrió al verlos.
—Llegaron justo a tiempo.
Uno de ellos saludó con confianza.
—Traemos los documentos para terminar la inscripción de la propiedad.
Mercedes observó el logotipo impreso en las cajas.
Era el nombre de una notaría de Puebla.
El notario también descendió del vehículo.
Pero apenas vio a Valeria dentro del gallinero, su expresión cambió por completo.
Miró a Diego.
Después observó los documentos.
Finalmente dirigió la vista hacia Mercedes.
—Señora…
Su voz sonó mucho más baja de lo normal.
—Creo que debo hacer una declaración muy importante.
Diego dejó de sonreír.
Porque el hombre que acababa de llegar no solo conocía aquellas escrituras.
También sabía quién había llevado personalmente a una mujer completamente sedada para firmarlas… y estaba dispuesto a revelar que la operación jamás debió autorizarse.