Javier Salgado se quitó el saco mojado y lo colocó sobre los hombros de su hija.
—Primero la revisará un médico —dijo sin apartar la mirada de Álvaro—. Después hablaremos de todo lo demás.
Uno de los agentes pidió una ambulancia.
Álvaro intentó recuperar la compostura.
—Mi esposa tropezó. Hay sesenta personas que pueden confirmarlo.
Nadie respondió.
Varios invitados aún sostenían sus teléfonos.
La abogada del portafolio rojo se presentó como Claudia Méndez, representante legal de la familia Salgado.
Abrió el primer contrato.
—Hace once meses, Barragán Desarrollos obtuvo un crédito de emergencia por doscientos ochenta millones de pesos.
Don Ernesto endureció el rostro.
—Eso es información confidencial.
—Fue aprobado gracias a una garantía aportada por Mariana —continuó Claudia—. Concretamente, las acciones de una empresa agrícola heredadas de su madre.
Mariana levantó la cabeza.
—Yo nunca autoricé eso.
—Lo sabemos.
La abogada mostró la firma.
Parecía idéntica a la suya.
Pero debajo había un registro biométrico realizado el mismo día en que Mariana estaba internada por una amenaza de aborto.
El salón quedó en silencio.
Javier miró a don Ernesto.
—Usaron a mi hija mientras estaba sedada.
Doña Beatriz dio un paso atrás.
—Álvaro se encargaba de los documentos.
—Mi padre también los revisó —replicó él.
Don Ernesto golpeó la mesa.
—¡Cállate!
Aquella reacción reveló más de lo que pretendía ocultar.
Claudia desplegó los estados de cuenta.
Parte del crédito había salvado dos proyectos de la constructora.
El resto había sido transferido a empresas fantasma.
Una de ellas pertenecía a Renata.
La joven comenzó a llorar.
—Yo no sabía de dónde venía el dinero.
Doña Beatriz la miró con furia.
—No digas una palabra más.
Renata se llevó ambas manos al vientre.
—Me prometieron que todo quedaría a nombre de mi hijo.
Mariana observó a Álvaro.
—¿Por eso querían borrar el apellido de mi bebé?
Él guardó silencio.
Claudia sacó entonces el cuarto contrato.
Era una cesión anticipada de derechos hereditarios.
Si Mariana firmaba el divorcio y renunciaba al apellido Barragán para su hijo, Álvaro podría declarar que el único heredero reconocido era el bebé de Renata.
Pero había algo todavía peor.
—Esta cláusula no solo elimina al niño de la sucesión —explicó la abogada—. También obliga a Mariana a asumir personalmente las deudas ocultas de la empresa.
Javier cerró los puños.
No querían expulsarla con una pensión miserable.
Querían dejarla arruinada y convertirla en responsable del fraude.
Don Ernesto se dirigió hacia la salida.
Uno de los agentes le cerró el paso.
—Nadie abandona el salón.
Álvaro señaló a Renata.
—Ella organizó las transferencias. Pregúntenle.
La joven lo miró horrorizada.
—Dijiste que me protegerías.
—Solo eras empleada de imagen.
La frase rompió lo poco que quedaba de su lealtad.
Renata abrió su bolso y sacó un teléfono.
—Grabé nuestras reuniones.
Doña Beatriz intentó quitárselo, pero Claudia fue más rápida.
El primer audio llenó el salón.
La voz de Álvaro se escuchó con claridad.
“Cuando Mariana firme, su hijo dejará de ser un problema. Después venderemos las acciones de su familia y pagaremos el faltante.”
Luego apareció la voz de don Ernesto.
“Háganlo durante el baby shower. Embarazada y rodeada por todos, no se atreverá a resistirse.”
Los invitados comenzaron a murmurar.
Mariana sintió una mezcla de dolor y alivio.
No había imaginado la conspiración.
Toda la familia la había preparado.
La ambulancia llegó.
Mientras los paramédicos examinaban su abdomen, Claudia se acercó con otro documento.
—Mariana, hay una última cosa que debes saber.

Era el resultado de una prueba genética solicitada de manera privada.
El nombre de Álvaro aparecía como supuesto padre del bebé de Renata.
Pero la conclusión indicaba incompatibilidad biológica.
Álvaro leyó el informe dos veces.
—Esto es falso.
Renata cerró los ojos.
—No.
Doña Beatriz la observó con verdadero terror.
—¿De quién es ese hijo?
La joven miró lentamente hacia don Ernesto.
El fundador de Barragán Desarrollos tuvo que sujetarse de una silla.
Renata comenzó a hablar, pero Javier levantó otro sobre.
—Antes de que responda, ustedes deberían ver la segunda prueba.
La dejó frente a Mariana.
No correspondía al bebé de Renata.
Correspondía al hijo que ella esperaba.
Mariana leyó el resultado y sintió que el salón entero desaparecía.
Álvaro no era el padre biológico.
Pero el apellido identificado en el informe pertenecía a alguien presente en aquella misma habitación.
Lee la Parte 3.