PARTE 2 — EL GRITO.

El grito de Renata atravesó la residencia como un relámpago.

Rafael y don Julián salieron del invernadero sin pensarlo dos veces.

La puerta principal estaba abierta de par en par.

Dentro, el silencio era aún más aterrador.

—¡Renata! —gritó Rafael mientras recorría el vestíbulo.

La encontró en el despacho.

Estaba pálida, con el teléfono temblando entre las manos y varias carpetas abiertas sobre el escritorio.

Al verlo, corrió a abrazarlo.

—¡Pensé que ya te habías ido!

Rafael sintió que aquella desesperación no podía fingirse.

—¿Qué pasó?

Renata levantó el celular.

—Entré porque mamá dejó su computadora encendida. Pensé que era una reunión del hospital… pero encontré esto.

En la pantalla aparecía una carpeta titulada “Proyecto Viernes”.

Dentro había pólizas de seguro, copias de poderes notariales, estados de cuenta y un calendario con horarios exactos de los movimientos de Rafael durante toda la semana.

También había fotografías tomadas desde distintos puntos de la residencia.

Algunas mostraban incluso la habitación donde él dormía.

Renata rompió en llanto.

—Yo no sabía nada… te lo juro.

Rafael observó su rostro.

La había criado desde que era una niña.

Conocía cada gesto.

Cada mirada.

Y aquella expresión era de auténtico terror.

Don Julián tomó una de las carpetas.

Debajo encontró otra hoja.

Era una lista con tres nombres.

El primero era Rafael Montemayor.

El segundo decía Tomás Aguilar.

El tercero…

Renata Montemayor.

Ella retrocedió un paso.

—¿Por qué estoy ahí?

Don Julián respiró hondo.

—Porque escuché esa parte de la conversación.

Los ojos de Rafael se clavaron en el jardinero.

—Dijeron que, si la muchacha dudaba o hablaba con usted, también desaparecería.

Renata dejó caer el teléfono.

Las piernas dejaron de sostenerla.

Rafael la abrazó antes de que golpeara el suelo.

En ese instante sonó el sistema de alarma de la residencia.

Las cámaras exteriores comenzaron a enviar notificaciones al monitor del despacho.

Tres camionetas negras acababan de detenerse frente al portón principal.

No era la policía.

Lucía había regresado antes de lo previsto.

Y no venía sola.

Los hombres descendieron vestidos de negro.

Uno de ellos levantó la vista hacia una de las cámaras de seguridad.

Sonrió.

Luego sacó un control remoto del bolsillo y presionó un botón.

Todas las pantallas de la residencia se apagaron al mismo tiempo.

La casa acababa de quedar completamente ciega.

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