El automóvil avanzó lentamente entre las calles de la ciudad.
Claire observaba por la ventana como si jamás hubiera vivido allí.
Los edificios seguían en pie.
Las cafeterías seguían llenas.
Solo ella había cambiado.
Mia rompió el silencio.
—¿Quieres saber algo curioso?
—¿Qué cosa?
—El hombre del aeropuerto tenía la cara de alguien que lleva años sin dormir.
Claire no respondió.
Simplemente abrió la carpeta que llevaba sobre las piernas.
Dentro había contratos, estudios clínicos y una invitación oficial del gobierno.
El proyecto que dirigía en Suiza acababa de ser seleccionado para construir el primer centro de investigación biomédica de la región.
La inversión superaba los trescientos millones de dólares.
Y ella tenía la última palabra.
Mientras tanto, Ethan seguía inmóvil en la terminal común.
Los pasajeros habían desaparecido.
Solo quedaban empleados limpiando el suelo.
Su amigo Ryan se acercó con expresión resignada.
—Otra vez no llegó por aquí.
Ethan soltó una risa amarga.
—Como hace tres años.
Ryan suspiró.
—Te dije que revisaras la salida VIP.
—Pensé…
No terminó la frase.
Porque durante tres años había seguido pensando exactamente igual.
Siempre llegaba un paso tarde.
Siempre elegía la puerta equivocada.
Ryan le entregó una carpeta.
—La junta comienza en una hora.
Ethan ni siquiera la abrió.
—Cancélala.
—No puedes seguir haciendo esto.
—Sí puedo.
Ryan lo observó en silencio.
Conocía aquella mirada.
Era la misma que Ethan llevaba desde el día de su boda.
El día que Claire desapareció.
Aquella boda nunca llegó a celebrarse.
Tres años antes, Ethan permanecía frente al altar esperando a la novia.
Faltaban apenas quince minutos para comenzar cuando recibió una fotografía enviada por un número desconocido.
Claire caminando sola por el aeropuerto con una maleta.
El mensaje decía únicamente:
“Se va para siempre.”
Sin pensarlo dos veces abandonó la iglesia.
Corrió.
Condujo a toda velocidad hasta el aeropuerto.
Llamó noventa y tres veces.
Ninguna respuesta.
Cuando finalmente regresó, la boda había terminado antes de empezar.
La novia.
Su hermana.
Había cancelado todo.
Y desde aquel día jamás volvió a hablarle.
Claire llegó al hotel reservado por el ayuntamiento.
El gerente salió personalmente a recibirla.
—Doctora Song, es un honor.
—Gracias.
—Hemos preparado la suite presidencial.
Mia abrió mucho los ojos.
—¿Solo por trasladar una tumba?
El gerente sonrió.
—Creemos que la doctora merece todas las comodidades.
Claire dejó la maleta junto al sofá.
No había pasado ni diez minutos cuando sonó el teléfono.
Era el vicealcalde.
—Doctora Song, esperamos verla mañana en la ceremonia privada.
—Allí estaré.
—También asistirán representantes de varias empresas farmacéuticas.
Claire comprendió inmediatamente el motivo de aquella llamada.
No era una invitación.
Era un aviso.
Todos querían convencerla.
A la mañana siguiente, Ethan entró en la sala de juntas de Cole Biotech.
Los directivos discutían nerviosos.
Sobre la pantalla aparecía una fotografía.
Claire.
Con bata blanca.
Recibiendo un premio internacional.
El presidente del consejo habló primero.
—La doctora Song decidirá dónde se construirá el nuevo centro.
Otro ejecutivo añadió:
—Si elige nuestra competencia, perderemos el contrato más importante de la década.
Ryan observó discretamente a Ethan.
Nadie en aquella sala sabía que él conocía a la mujer de la fotografía mucho antes de que fuera famosa.
—Necesitamos reunirnos con ella cuanto antes —continuó el presidente.
Todos asintieron.
Excepto Ethan.
Porque él sabía algo que los demás ignoraban.
Conseguir una reunión sería mucho más difícil que obtener el contrato.
Aquella tarde, Claire acudió a la funeraria para revisar la documentación del traslado de su padre.
Mientras firmaba unos papeles, el director recibió una llamada.
Su expresión cambió de inmediato.
Colgó y se acercó con evidente nerviosismo.
—Doctora…
—¿Sí?
—Hay varias personas preguntando por usted.
—¿Quiénes?
—Representantes de empresas.
Claire sonrió con tranquilidad.
—Dígales que todas las reuniones serán dentro de tres días.
El hombre asintió.
Pero antes de marcharse añadió:
—También hay otra persona.
Claire levantó lentamente la vista.
—No pertenece a ninguna empresa.
—¿Entonces?
—Solo dijo una frase.
Ella esperó.
—Dijo que lleva tres años intentando pedirle perdón.
Mia dejó escapar un largo suspiro.
—No hace falta preguntar quién es.

Claire permaneció completamente serena.
—¿Qué respondió usted?
—Que la doctora estaba ocupada.
—¿Y él?
—Contestó que podía esperar.
Claire guardó el bolígrafo.
—Que espere.
Dos horas después, Ethan seguía sentado en el banco frente a la funeraria.
No había comido.
No había recibido ninguna llamada.
Solo esperaba.
Como antes la había hecho esperar a ella.
Cuando finalmente la puerta principal se abrió, Ethan se puso inmediatamente de pie.
Claire salió acompañada por Mia y dos funcionarios municipales.
Llevaba un abrigo claro y caminaba con la misma seguridad que había adquirido durante aquellos tres años.
Él dio un paso adelante.
Ella también.
Pero no hacia él.
Pasó a menos de dos metros.
Sin detenerse.
Sin mirarlo.
Como si fuera un completo desconocido.
Ethan sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Claire…
Ella siguió caminando.
Entonces Mia se volvió apenas un instante.
Sonrió con educación.
Y dijo algo que terminó de romperlo.
—Disculpe, señor. La doctora Song solo recibe a personas que tienen cita previa.