PARTE 2: LA INVESTIGACIÓN YA HABÍA COMENZADO.

Sebastián permaneció inmóvil con la memoria USB entre las manos.

Por primera vez en mucho tiempo sintió que no controlaba la situación.

Marcó nuevamente el número de Iván.

—Quiero saber dónde está Mariana.

—Ya lo intenté, señor.

—¿Y?

—Cerró todas sus cuentas conocidas, canceló sus tarjetas y cambió de domicilio hace dos semanas. Nadie sabe dónde vive.

Sebastián golpeó la pared con el puño.

—¡Es imposible! Ella no puede esconderse de mí.

La enfermera, que todavía permanecía junto a la puerta, lo observó con evidente incomodidad.

—La señora Mariana pidió que le entregáramos otra cosa si usted reaccionaba así.

Sacó un segundo sobre del cajón.

Dentro había una sola hoja.

“No me estoy escondiendo. Simplemente dejé de vivir donde tú sabías buscar.”

Sebastián arrugó el papel con rabia.

Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, Mariana acomodaba con cuidado a su hijo en una pequeña cuna blanca.

El departamento era sencillo.

Nada recordaba el lujo de la residencia Alcázar.

Sin embargo, por primera vez en años respiraba sin miedo.

Frente a ella, el licenciado Ortega colocó varias carpetas sobre la mesa.

—La denuncia ya fue presentada.

Mariana asintió.

—¿También la solicitud de auditoría?

—Entró esta mañana.

El abogado deslizó otro documento.

—Y la Fiscalía aceptó revisar la información de la memoria USB.

Mariana cerró lentamente los ojos.

Durante meses había reunido estados de cuenta, contratos internos, correos electrónicos, conversaciones grabadas y copias de transferencias que jamás debieron existir.

No buscaba venganza.

Solo quería impedir que siguieran destruyendo la vida de otras personas.

En ese mismo instante, el teléfono de Sebastián volvió a sonar.

Era su director financiero.

—Tenemos un problema muy serio.

—Ya lo sé. Lo del fondo.

—Es peor.

—¿Qué pasó ahora?

—La Comisión Bancaria ordenó congelar temporalmente tres cuentas del Grupo Alcázar mientras revisan ciertos movimientos.

Sebastián sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Quién presentó esa información?

Hubo unos segundos de silencio.

—No lo sabemos.

Pero alguien entregó documentos extremadamente detallados.

Con fechas.

Firmas.

Transferencias.

Y conversaciones internas.

Sebastián recordó inmediatamente la oficina donde Mariana trabajó durante casi tres años organizando toda la administración del grupo.

Ella había tenido acceso a cada archivo.

Cada contrato.

Cada pago.

Su madre apareció en ese momento.

—¿Ya encontraste a esa mujer?

Él levantó lentamente la mirada.

Por primera vez no respondió.

Porque acababa de comprender que Mariana nunca había sido la esposa ingenua que ambos creían controlar.

Había esperado pacientemente el momento exacto para marcharse.

Y mientras Beatriz preparaba un divorcio para dejarla sin su hijo, Mariana llevaba meses colaborando en secreto con una investigación que no solo amenazaba el patrimonio de la familia Alcázar.

También podía enviar a varios de sus integrantes directamente ante un juez.

Continuará…

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