Parte 2: LA DUEÑA DE LA AEROLÍNEA

El agente de la puerta permaneció inmóvil frente a la pantalla.

Sus dedos dejaron de moverse sobre el teclado.

Volvió a leer el registro.

Una vez.

Dos veces.

Después levantó lentamente la vista hacia mí.

—¿Señora… Mercer Holloway?

Asentí.

Él tragó saliva.

—Un momento, por favor.

Tomó el teléfono interno y marcó una extensión.

—Necesito al gerente regional en la puerta C18. Es… es urgente.

Grant soltó una carcajada.

—¿Ahora llamas al gerente porque mi esposa está haciendo un espectáculo?

Madison sonrió con suficiencia mientras acomodaba mi antigua tarjeta de embarque dentro de su bolso.

—Pobrecita. El duelo la hizo perder la cabeza.

No respondí.

Mi madre me había enseñado que las personas que más ruido hacían solían ser las primeras en quedarse sin palabras.


Cinco minutos después, un hombre de traje azul oscuro llegó acompañado por dos supervisores.

Al ver la pantalla del sistema, su expresión cambió por completo.

Giró inmediatamente hacia mí.

—Señora Mercer… no sabíamos que viajaría hoy.

Extendió la mano con evidente respeto.

—Soy Richard Collins, gerente regional de Crestline Air.

Grant frunció el ceño.

—¿Qué demonios está pasando?

Richard ni siquiera lo miró.

—Lamento profundamente la situación que está viviendo.

Bajó ligeramente la cabeza.

—Y también nuestras condolencias por el fallecimiento de su madre.

Aquellas palabras me dolieron mucho más que todos los insultos anteriores.

Porque un desconocido había mostrado más humanidad que mi propio esposo.


Grant dio un paso adelante.

—Oiga, ¿va a resolver lo del asiento o no?

Richard lo observó por primera vez.

—¿Usted es el señor Grant Holloway?

—Sí.

—¿El mismo que modificó la reserva de la señora Elena Mercer Holloway?

—Soy su esposo. Tenía derecho.

Richard respiró lentamente.

—No, señor.

El silencio cayó sobre la sala.

—No tenía ese derecho.

Madison comenzó a ponerse nerviosa.

—Pero… la reserva aparece a nombre de Grant.

El gerente negó con calma.

—La cuenta corporativa utilizada para adquirir ese boleto pertenece a la señora Mercer Holloway.

Grant abrió los ojos.

—¿Qué?

Richard continuó.

—Todos los viajes de su empresa durante los últimos tres años fueron facturados a través de esa cuenta.

Patricia intervino inmediatamente.

—Eso es absurdo. Mi hijo trabaja con esta aerolínea desde hace años.

Richard respondió sin alterar el tono.

—Precisamente.

Miró nuevamente la pantalla.

—Porque la señora Elena Mercer Holloway posee el cincuenta y uno por ciento de Crestline Air Holdings.

Las palabras parecieron congelar toda la terminal.

Nolan dejó de grabar.

Madison aflojó lentamente la mano que sujetaba mi tarjeta de embarque.

Grant simplemente me miró.

Como si nunca me hubiera conocido.


—Eso… eso no puede ser cierto.

Era la primera vez en muchos años que escuchaba miedo en la voz de mi esposo.

Lo observé con tranquilidad.

—Nunca preguntaste de dónde venía el dinero.

Grant tragó saliva.

Recordó nuestra casa.

Recordó las inversiones.

Recordó que jamás habíamos tenido problemas económicos.

Siempre asumió que todo provenía de sus negocios.

Nunca preguntó.

Nunca le interesó.

Mi madre y yo habíamos heredado discretamente la participación mayoritaria de la aerolínea tras la muerte de mi abuelo.

Ella insistió en mantener mi apellido fuera de la prensa.

—La riqueza atrae a las personas equivocadas —solía decir.

Ahora comprendía cuánto había intentado protegerme.


Richard volvió a hablar.

—Señora Mercer, el consejo directivo fue informado del fallecimiento de la señora Ruth hace dos horas.

Sentí un nudo en la garganta.

—Lo sé.

—Todos lamentamos profundamente su pérdida.

Me entregó una nueva tarjeta de embarque.

No era clase ejecutiva.

Era algo muy diferente.

—El consejo autorizó que, mientras dure el duelo, usted utilice el avión corporativo siempre que lo considere necesario.

Los murmullos comenzaron a extenderse por toda la sala.

Patricia perdió completamente el color.

—¿Avión… corporativo?

Richard asintió.

—Está preparado en la plataforma privada.

Grant dio un paso hacia mí.

—Elena…

Fue la primera vez que pronunció mi nombre aquella noche sin arrogancia.

No respondí.


Madison abrió lentamente el bolso.

Sacó la tarjeta de embarque que me había quitado.

La sostuvo entre las manos unos segundos.

Después me la ofreció.

—Lo siento.

Negué con suavidad.

—Quédatela.

Miró el papel confundida.

—Ya no la necesito.

Richard hizo un gesto hacia uno de los supervisores.

—Por favor, acompañen a la señora Mercer al acceso privado.

Dos empleados tomaron discretamente mi equipaje.

Yo apenas había dado tres pasos cuando Grant volvió a hablar.

—Espera.

Me detuve.

No por él.

Sino porque necesitaba escuchar lo que iba a decir.

—¿Desde cuándo?

Giré lentamente.

—¿Desde cuándo eres dueña de la aerolínea?

Lo miré directamente a los ojos.

—Desde antes de conocerte.

La expresión de Grant se quebró por completo.

Porque entendió que jamás me había quitado el poder.

Solo había demostrado que nunca supo quién era realmente la mujer con la que se casó.

Entonces el teléfono de Richard sonó.

Escuchó durante unos segundos.

Su rostro cambió de inmediato.

Se acercó hasta mí y habló en voz muy baja.

Señora Mercer… acaban de avisarnos desde el departamento jurídico. Hace una hora, el señor Grant Holloway intentó utilizar un poder firmado por usted para vender parte de sus acciones… pero nuestros abogados acaban de confirmar que esa firma no coincide con la original. La policía aeroportuaria acaba de recibir la orden de impedir que abandone el país.

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