El baño quedó en absoluto silencio.
Uno de los agentes sostenía una pequeña caja metálica encontrada detrás del espejo.
Dentro había seis frascos de vidrio con etiquetas arrancadas.
Tres jeringas desechables.
Un cuaderno.
Y varias tabletas sin envase.
Alejandro sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Qué es eso?
El perito abrió cuidadosamente uno de los frascos.
—No podemos asegurarlo todavía.
Otro agente hojeó el cuaderno.
Su expresión cambió de inmediato.
—Comandante…
Le mostró una página.
Había fechas escritas con tinta azul.
Junto a cada una aparecía la misma anotación.
“Cinco gotas.”
“Dormida toda la noche.”
“No habló de Isabel.”
Alejandro sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
Miró a Natalia.
—¿Esas son las gotas azules?
La niña asintió muy despacio.
—Cuando lloraba por mi mamá…
Su voz apenas era un susurro.
—…Mónica decía que si me las tomaba dejaría de recordar.
Alejandro cerró los ojos unos segundos.
Jamás había sentido una culpa tan insoportable.
Mónica intentó acercarse.
—Eso tiene una explicación.
El comandante levantó la mano.
—No se mueva.
—Son vitaminas.
Uno de los peritos negó inmediatamente.
—Las vitaminas no se guardan escondidas detrás de un espejo falso.
Mónica comenzó a perder la calma.
—Todo esto está fuera de contexto.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—¿La drogabas?
Ella negó desesperadamente.
—¡Solo quería que descansara!
Natalia comenzó a temblar.
Se escondió detrás de su padre.
—Después de las gotas… no podía despertar.
Toda la habitación quedó en silencio.
Los paramédicos llegaron pocos minutos después.
Revisaron cuidadosamente a la niña.
Una doctora levantó lentamente la manga del uniforme.
Contó los hematomas.
Después observó las pequeñas cicatrices en ambas palmas.
Miró a Alejandro.
—Estas lesiones no son recientes.
Él sintió que el mundo se derrumbaba.
—¿Desde cuándo?
La médica respondió con serenidad.
—Algunas tienen varios meses.
Alejandro comprendió entonces que el sufrimiento de su hija había ocurrido mientras él viajaba, firmaba contratos y asistía a reuniones creyendo que todo marchaba bien en casa.
Uno de los agentes regresó con otra caja.
—Encontramos esto en el clóset principal.
Dentro había varios cuadernos escolares de Natalia.
Todos mostraban dieces.
También había decenas de hojas arrancadas.
El comandante tomó una.
Era una redacción titulada:
“La persona que más extraño.”
Solo quedaban las primeras líneas.
“Extraño a mi mamá porque…”
El resto había sido cortado cuidadosamente con unas tijeras.
Natalia bajó la cabeza.
—Mónica decía que escribir sobre mi mamá era una falta de respeto.
Alejandro sintió un nudo en la garganta.
Mientras los policías fotografiaban toda la habitación, sonó el teléfono de Mónica.
El comandante contestó utilizando el altavoz.

Una mujer habló al otro lado.
—¿Ya le diste las gotas a la niña?
Nadie respiró.
—Hoy no olvides aumentar la dosis. La última vez todavía se despertó llorando.
La llamada terminó.
Los agentes intercambiaron miradas.
Aquella conversación acababa de cambiar por completo la investigación.
Mónica rompió a llorar.
—¡Yo nunca quise lastimarla!
El comandante la esposó lentamente.
—Eso lo determinará un juez.
Mientras era conducida hacia la salida, Natalia abrazó con fuerza a su padre.
Por primera vez desde que él había llegado, la niña lloró sin intentar esconderse.
Alejandro la sostuvo entre sus brazos.
—Perdóname.
Ella negó con la cabeza.
—¿Ya puedo hablar de mi mamá?
Él comenzó a llorar también.
—Todos los días que quieras.
Cuando los peritos terminaron de revisar la casa, uno de ellos se acercó al comandante con un sobre transparente.
—Encontramos esto dentro del compartimiento secreto.
No era un medicamento.
Era un expediente médico.
El comandante abrió la carpeta.
Leyó apenas dos páginas.
Su expresión cambió por completo.
Miró a Alejandro.
—Señor Villaseñor…
Él levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
El agente respiró profundamente antes de responder.
—Las gotas no fueron compradas sin receta. Fueron prescritas legalmente por un médico… utilizando un diagnóstico psiquiátrico emitido hace siete meses a nombre de Natalia. Pero la firma del especialista que aparece en el expediente pertenece a un médico que murió hace más de dos años. La Fiscalía ya investiga quién fabricó esos documentos y cuántos niños más pudieron haber sido medicados utilizando el mismo sistema.