El salón permanecía en un silencio absoluto.
Nadie se atrevía a detener a Su Wan.
Gu Jinchuan dio un paso al frente.
—¡Espera!
Ella se detuvo sin darse la vuelta.
—¿Ahora sí quieres escucharme?
Él apretó los dientes.
—Si eres realmente mi hermana… ¿por qué destruir a la familia?
Su Wan soltó una risa breve.
Una risa sin alegría.
—Porque ustedes la destruyeron primero.
Con un leve movimiento de su mano, las pantallas cambiaron nuevamente.
Apareció un video grabado veinte años atrás.
La imagen mostraba una habitación de hospital.
Una mujer sostenía a dos recién nacidas.
Era la señora Gu.
Todos los invitados contuvieron la respiración.
Después apareció otra mujer.
La antigua enfermera jefe del hospital.
La grabación tenía fecha, hora y registro oficial.
Se escuchó claramente su voz.
—La niña sana irá con la familia Gu.
Hizo una pausa.
—La otra… entréguenla a la pareja que aceptó el dinero.
El rostro de la falsa heredera perdió todo el color.
Gu Jinchuan negó desesperadamente.
—Eso no demuestra nada.
—Todavía no termino.
Su Wan abrió una carpeta.
Sacó un comprobante bancario.
Luego otro.
Y otro más.
Todos mostraban transferencias realizadas por el presidente Gu al director del hospital.
Más de $8,600,000 distribuidos durante varios meses.
El objetivo era uno solo.
Comprar el silencio de todos los involucrados.
Los accionistas comenzaron a murmurar.
Varios miembros del consejo se levantaron de sus asientos.
El abogado principal de la corporación cerró lentamente su portafolio.
—Presidente Gu…
Miró al anciano sentado en primera fila.

—¿Todo esto es auténtico?
El viejo empresario permaneció inmóvil.
Por primera vez en cuarenta años no tenía una respuesta.
Entonces Su Wan dio otro golpe.
—Llamen al doctor Lin.
Las puertas principales se abrieron.
Entró un hombre de cabello completamente blanco.
Caminaba con dificultad apoyado en un bastón.
Al verlo, el presidente Gu dejó caer su copa.
—Tú…
—Creían que había muerto.
Respondió el anciano.
—Pero seguí viviendo para contar la verdad.
El doctor levantó una declaración notariada.
—Yo participé en el intercambio de las niñas.
El salón entero estalló.
La falsa heredera rompió a llorar.
—¡Yo no sabía nada!
Su Wan la observó con frialdad.
—Lo sé.
Aquellas palabras sorprendieron a todos.
—Tú también fuiste utilizada.
La joven levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué…?
Su Wan respiró profundamente.
—La verdadera persona que planeó todo nunca fue una niña.
Giró lentamente hacia el escenario principal.
Su mirada quedó fija en un solo hombre.
El presidente Gu.
—Fue él quien ordenó cambiar a su propia hija porque los médicos le dijeron que la recién nacida tenía una enfermedad congénita y no quería que una heredera “imperfecta” dirigiera su imperio.
El anciano comenzó a temblar.
Pero Su Wan sonrió por primera vez.
No era una sonrisa de victoria.
Era la sonrisa de alguien que finalmente podía dejar de huir.
Entonces levantó el último documento.
—Y mañana, a las nueve de la mañana, este expediente será entregado oficialmente a la Fiscalía.
Los invitados quedaron paralizados.
Sin embargo, el abogado del grupo dio un paso al frente con una expresión completamente distinta.
Miró a Su Wan y dijo una frase que nadie esperaba escuchar.
—Señorita Su… antes de denunciar a la familia Gu, hay algo que debe saber.
Sacó un sobre sellado con el testamento del fundador de la corporación.
—Usted no es la única heredera legítima.
Hay otra persona… y ha vivido entre ustedes durante más de veinte años sin que nadie conozca su verdadera identidad.