PARTE 2: LA LLAMADA QUE NO DEBÍA EXISTIR.

El silencio dentro del ataúd era insoportable.

Solo escuchaba pasos.

Puertas abriéndose.

El chirrido de las ruedas de la carroza funeraria.

Cada sonido me acercaba al crematorio.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Un teléfono comenzó a vibrar.

No era el mío.

Era el de Bruno.

Lo había olvidado sobre la tapa del ataúd mientras hablaba con el encargado de la funeraria.

La llamada entró en altavoz por accidente.

—¿Licenciado Salcedo?

Era una voz femenina.

—Habla la notaría Gómez. Tenemos un problema con el testamento del señor Mauricio Aguilar.

Bruno respondió en voz baja.

—¿Qué problema?

—El documento que usted presentó no coincide con el que quedó registrado hace dos años.

Hubo un largo silencio.

—¿Cómo que no coincide?

—El archivo original establece que, si el señor Aguilar fallece por accidente antes de cumplir cuarenta y cinco años, la administración de Fríos Aguilar no pasa ni a su esposa ni a su socio.

Sentí que el corazón intentaba salirse de mi pecho.

Bruno dejó escapar una maldición.

—¿Entonces a quién?

—Al fideicomiso creado por el señor Aguilar.

Y solo podrá ser liberado si un comité independiente confirma que la muerte fue completamente natural y sin sospechas de delito.

La respiración de Bruno se volvió pesada.

—Eso no estaba en la copia que tengo.

—Precisamente por eso lo llamo.

El original será leído mañana a las nueve de la mañana.

La llamada terminó.

Durante varios segundos no se escuchó absolutamente nada.

Después apareció Valeria.

—¿Qué sucede?

Bruno golpeó el ataúd con rabia.

—¡Ese imbécil nos tendió una trampa!

—¿Qué dices?

—Aunque esté muerto, la empresa no será nuestra.

Valeria sintió que el aire le faltaba.

—¿Y ahora?

Bruno comenzó a caminar de un lado a otro.

—Si mañana leen ese testamento, el consejo revisará otra vez el accidente.

Y si revisan el accidente…

Los dos guardaron silencio.

Sabían exactamente lo que encontrarían.

El sedante.

Los frenos manipulados.

Las transferencias de dinero.

Todo.

Valeria habló casi sin voz.

—Entonces hay que impedir esa lectura.

Bruno levantó lentamente la mirada.

—No.

Sacó una llave del bolsillo.

—Hay algo mucho más sencillo.

Miró fijamente mi ataúd.

—Si el cuerpo desaparece esta misma noche, nunca podrán practicar una nueva autopsia.

Sentí un terror que jamás había conocido.

No solo querían matarme.

Ahora también querían hacer desaparecer la única prueba que podía condenarlos.

En ese instante, las puertas de la funeraria volvieron a abrirse.

Una voz grave resonó desde la entrada.

—Disculpen la interrupción.

Reconocí aquella voz al instante.

Era Esteban Rojas.

El excomandante de la Guardia Nacional que me había salvado la vida quince años atrás y que ahora dirigía mi equipo de seguridad privada.

Bruno intentó sonreír.

—Llegó un poco tarde para despedirse.

Esteban no respondió.

Solo dejó una carpeta sobre el ataúd.

—No vine a despedirme.

Miró fijamente a Valeria y luego a Bruno.

—Vine porque hace veinte minutos recibí el informe del laboratorio.

Abrió lentamente la carpeta.

—Y demuestra que Mauricio Aguilar nunca murió en el accidente.

El color desapareció del rostro de ambos.

Pero la siguiente frase fue aún más devastadora.

—Y la persona que ordenó desconectar el monitor cardíaco en el hospital quedó grabada por las cámaras de seguridad.

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