PARTE 2: LA VERDAD EN LAS CÁMARAS.

Gabriel no apartó la vista del teléfono.

Las cámaras transmitían en tiempo real.

A las ocho con siete minutos, Ofelia esperó a que el automóvil de su hijo desapareciera de la calle.

Entonces cerró la puerta con llave.

Su sonrisa cambió por completo.

—Ya puedes dejar de descansar.

Marisol salió de la habitación sujetándose el vientre.

Su rostro estaba pálido.

—El doctor dijo que debo guardar reposo.

—El doctor no vive en esta casa.

Ofelia le lanzó un balde y un cepillo.

—Empieza por el patio.

Gabriel sintió que la mandíbula se le tensaba.

Durante casi dos horas observó cómo su madre obligaba a una mujer embarazada de seis meses a cargar cubetas, mover macetas y limpiar el piso arrodillada bajo el sol.

Cada vez que Marisol se detenía para respirar, Ofelia golpeaba el suelo con un palo de escoba.

—¡Más rápido!

A las once y media ocurrió lo peor.

Marisol se llevó una mano al vientre.

Su respiración se volvió agitada.

—Me duele…

—No exageres.

—Necesito sentarme un momento.

Ofelia la tomó del brazo con violencia.

—Las mujeres de verdad trabajan hasta el último día del embarazo.

Marisol perdió el equilibrio y cayó de rodillas.

Gabriel se puso de pie de un salto.

Estuvo a punto de salir corriendo hacia la casa.

Pero se obligó a esperar unos segundos más.

Necesitaba pruebas suficientes.

Entonces la cámara del comedor captó algo que le heló la sangre.

Ofelia abrió el refrigerador.

Sacó un pequeño frasco sin etiqueta.

Miró alrededor para asegurarse de que nadie la observaba.

Después vació varias gotas dentro del vaso de leche que Marisol tomaba todas las tardes.

Gabriel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Tomó inmediatamente una captura de pantalla.

Luego otra.

Y otra más.

Cuando Marisol entró a la cocina, Ofelia le acercó el vaso.

—Tómatelo todo.

Marisol obedeció sin sospechar.

Quince minutos después comenzó a marearse.

El vaso cayó al suelo.

Ella se sujetó el abdomen.

—El bebé…

Ofelia permaneció inmóvil.

No llamó a una ambulancia.

No pidió ayuda.

Solo cruzó los brazos mientras observaba a Marisol retorcerse de dolor.

Gabriel ya no pudo esperar más.

Marcó al 911.

—Necesito una patrulla y una ambulancia inmediatamente.

Dio la dirección.

—Tengo cámaras grabando una agresión contra una mujer embarazada.

Mientras hablaba, salió corriendo hacia su automóvil.

Tardó menos de cuatro minutos en llegar.

Entró a la casa sin tocar.

Encontró a Marisol en el piso, llorando y sujetándose el vientre.

Ofelia levantó la vista, completamente sorprendida.

—¿No estabas en Monterrey?

Gabriel no respondió.

Se arrodilló junto a su esposa.

—Ya estás a salvo.

Entonces miró a su madre.

Nunca antes la había visto con tanta frialdad.

—Vi todo.

Ofelia intentó sonreír.

—No sabes lo que estás diciendo.

Gabriel levantó el teléfono.

En la pantalla seguía reproduciéndose la grabación.

El rostro de Ofelia perdió todo el color.

Pero aún no era su mayor problema.

Porque, en ese mismo instante, dos patrullas y una ambulancia se detuvieron frente a la casa.

Y uno de los policías entró sosteniendo un sobre dirigido a Gabriel.

—Señor Mendoza…

Le mostró el documento.

—Mientras veníamos hacia aquí, el laboratorio terminó de analizar el contenido del frasco que apareció en su cocina.

Gabriel sintió que el corazón se detenía.

Porque el informe confirmaba que aquellas gotas no eran vitaminas.

Eran una sustancia que podía poner en grave riesgo el embarazo de Marisol.

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