El silencio en la oficina se volvió insoportable.
Paola dejó de sonreír.
Durante varios segundos nadie dijo una sola palabra.
Esteban sostenía a Valentina con una calma que contrastaba con el caos que acababa de estallar.
Su mirada permanecía fija sobre la gerente.
—Le hice una pregunta.
Paola tragó saliva.
—Todo el personal sabe quién es el padre.
—No.
La voz de Esteban fue seca.
—En el expediente laboral de Mariana no aparece ningún nombre.
Los dos guardias intercambiaron una mirada.
Era cierto.
El restaurante jamás había solicitado esa información.
Entonces sonó el teléfono de Paola.
La pantalla iluminó su rostro.
Rodrigo.
Mariana sintió un escalofrío.
Esteban observó el nombre unos segundos.
—Conteste.
—Señor…
—Conteste. En altavoz.
Con las manos temblorosas, Paola aceptó la llamada.
La voz de Rodrigo sonó inmediatamente.
—¿Ya la sacaron del restaurante?
Paola cerró los ojos.
Había cometido un error.
—Todavía no…
—Escucha bien —continuó él sin saber que todos lo oían—. Mi mamá ya habló con la gente del DIF. En cuanto lleguen, dices que Mariana dejó sola a la niña para irse a trabajar. Con eso nos dan la custodia provisional.
Mariana sintió que las piernas dejaban de responderle.
—¿Qué…?
Rodrigo siguió hablando.
—Después presentamos la demanda por abandono y listo. Mi madre ya consiguió los papeles.
Esteban terminó la llamada sin decir una palabra.
Toda la oficina permanecía en silencio.
Paola estaba completamente pálida.
—¿Desde cuándo participa usted en esto? —preguntó Esteban.
La mujer rompió a llorar.
—La señora Alicia me ofreció dinero…
—¿La madre de Rodrigo?
Ella asintió.
—Me prometió doscientos mil pesos si conseguíamos que Mariana perdiera a la bebé.
Mariana sintió que el mundo se derrumbaba.
No solo querían quitarle a su hija.
Llevaban semanas preparándolo.

Esteban entregó con cuidado a Valentina a su madre.
Luego tomó el teléfono de la oficina.
—Comuníqueme con el jefe de seguridad.
Menos de tres minutos después, un monitor mostraba las grabaciones de las cámaras internas.
Las imágenes hablaban por sí solas.
Se veía claramente a Paola entrando al cuarto de blancos.
Tomaba a Valentina en brazos mientras seguía dormida.
Miraba hacia ambos lados del pasillo.
Y la dejaba cuidadosamente frente a la puerta que conducía a las escaleras privadas.
Después hacía una llamada.
La hora coincidía exactamente con la conversación que acababan de escuchar.
Paola comenzó a sollozar.
—Yo nunca pensé que la niña bajaría sola.
Solo quería que pareciera un descuido.
Esteban la miró con una frialdad absoluta.
—Utilizó a una bebé de ocho meses para fabricar una acusación contra una madre.
En ese instante, el jefe de seguridad entró apresuradamente.
—Señor Larios…
Miró a Mariana.
—Hay dos trabajadores sociales y un abogado esperando en la recepción.
Dicen que vienen a retirar a la menor por una denuncia de abandono.
Esteban acomodó lentamente los puños de su saco.
—Háganlos pasar.
Cuando los funcionarios entraron, él colocó sobre la mesa una memoria USB.
—Antes de que alguien tome una decisión…
Miró directamente al abogado.
—Les sugiero ver primero estas grabaciones.
Pero el abogado ni siquiera tocó la memoria.
Sacó una carpeta de cuero y la abrió lentamente.
—Señor Larios…
La denuncia ya no es el problema.
Acabamos de descubrir que el certificado de nacimiento presentado por el señor Rodrigo contiene una irregularidad muy grave.
Mariana dejó de respirar.
Porque, según los registros oficiales, el hombre que llevaba ocho meses reclamando derechos sobre Valentina… legalmente nunca había sido reconocido como su padre.