Valeria no tomó el teléfono.
Lo dejó sobre el escritorio y dio un paso atrás.
—No pertenezco a nadie.
Emiliano Alcázar la observó sin cambiar la expresión.
Era la primera persona en muchos años que se atrevía a responderle de esa manera.
Los cuatro escoltas permanecieron inmóviles.
—Entonces escúchame antes de irte —dijo él.
Abrió una carpeta.
Dentro había varias fotografías.
La primera mostraba la fachada de la fonda donde trabajaba Valeria.
La segunda era su pequeño cuarto de renta.
La tercera la mostraba caminando hacia las oficinas que limpiaba cada mañana.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Quién tomó esas fotos?
—Los mismos hombres que anoche intentaron asaltar a mi madre.
Emiliano deslizó otra imagen.
Ahora aparecía el muchacho del callejón hablando con dos hombres dentro de una camioneta.
—No querían el anillo.
Valeria frunció el ceño.
—Entonces… ¿qué buscaban?
—A mi madre.
El empresario respiró lentamente.
—El asalto fue solo una trampa para acercarse a ella.
Uno de los escoltas colocó sobre la mesa un sobre transparente.
Dentro había una fotografía ampliada.
En una esquina aparecía Valeria sosteniendo el inhalador de Mercedes.
—Cuando ayudaste a mi madre… también dejaste que vieran tu rostro.
Valeria comprendió por fin el problema.

Ya no era una simple testigo.
Podía identificar al atacante.
Y ellos podían identificarla a ella.
—¿La policía…?
Emiliano negó con la cabeza.
—Tres de los detenidos por esa organización fueron liberados hace dos semanas por falta de pruebas.
No pienso esperar a que vuelvan a intentarlo.
En ese momento entró Doña Mercedes.
La herida de la mejilla estaba cubierta por un pequeño vendaje.
Sonrió al ver a Valeria.
—Sabía que intentarías escapar.
Valeria bajó la mirada.
—No quería meterme en problemas.
La anciana tomó sus manos.
—Los problemas ya te encontraron.
Sacó un pequeño cuaderno del bolso.
Era una libreta vieja, con las esquinas desgastadas.
—¿La reconoces?
Valeria abrió los ojos.
—Esa libreta…
La había perdido cuando tenía diez años.
Era el único recuerdo que conservaba de su madre.
Dentro seguían pegadas varias fotografías infantiles y un dibujo de una casa humilde.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—¿Dónde la encontró?
Mercedes guardó silencio unos segundos.
—No la encontré.
Me la entregó alguien hace quince años.
Valeria quedó inmóvil.
—¿Quién?
La anciana miró a Emiliano.
Él respondió con voz baja.
—Una mujer llamada Isabel Cruz.
Valeria dejó de respirar.
Era el nombre de su madre.
La mujer que todos le habían dicho que había muerto cuando ella era una niña.
—Eso es imposible.
Emiliano abrió otro expediente.
—Durante años también lo creímos.
Pero hace tres meses descubrimos que Isabel nunca falleció.
Simplemente desapareció.
Valeria sintió que las piernas le fallaban.
—¿Mi mamá… está viva?
Antes de que alguien pudiera responder, uno de los escoltas irrumpió en el despacho.
—Señor.
Acabamos de detener un vehículo frente a la entrada principal.
El conductor llevaba un arma.
Y en el asiento trasero encontramos una fotografía reciente de la señorita Valeria… junto con la dirección de la fonda y la de su departamento.
Emiliano cerró lentamente la carpeta.
Después miró a Valeria con absoluta seriedad.
—Anoche no salvaste solamente a mi madre.
Interrumpiste un plan que llevaba años preparándose.
Y quien dio la orden de encontrarte… acaba de descubrir que sigues con vida.