Parte 2: La Grabación Que Nunca Debió Existir

Alejandro sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

—¿Qué acabas de decir?

Marisol no retrocedió, aunque las manos le temblaban.

—Descubrí una de las cámaras por casualidad el tercer día. Estaba limpiando el reloj cuando vi el pequeño reflejo del lente.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Y por qué no dijiste nada?

—Porque entendí por qué estaban ahí. Si alguien hubiera lastimado a Mateo, yo también habría querido saberlo.

Mateo observaba a ambos en silencio, abrazando una de las cucharas de madera como si fuera un tesoro.

Marisol respiró profundamente.

—Pero después vi algo que no tenía sentido.

Alejandro sintió un nudo en el estómago.

—Explícate.

—Hace cinco días terminé de limpiar antes de lo habitual. Mateo estaba dormido y yo salí al jardín para recoger la ropa. Entonces escuché voces en el despacho.

Alejandro permaneció inmóvil.

Ese despacho solo era utilizado por él, su hermana Verónica y su madre, Doña Estela.

—La puerta estaba entreabierta —continuó Marisol—. No quería escuchar, pero dijeron el nombre de Mateo.

El empresario sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza.

—Escuché a su hermana decir que usted nunca debía enterarse de ciertas cosas.

Un silencio pesado llenó la cocina.

—Eso es imposible.

—Ojalá lo fuera.

Marisol sacó lentamente un pequeño teléfono viejo del bolsillo de su delantal.

—Cuando oí la conversación, me dio miedo. Mi padre siempre decía que cuando alguien poderoso habla en voz baja, es porque está escondiendo algo. Así que activé la grabadora del celular.

Alejandro abrió los ojos con incredulidad.

—¿Grabaste a mi familia?

—Solo unos minutos.

Él extendió la mano.

—Ponlo.

Marisol desbloqueó el aparato.

La grabación comenzó con un ruido de pasos.

Luego apareció claramente la voz de Verónica.

Mientras Alejandro siga obsesionado con la culpa, nunca va a revisar los papeles del fideicomiso.

Después habló otra mujer.

Era imposible confundir aquella voz.

Doña Estela.

Lo importante es que el niño siga dependiendo completamente de nosotros. Si empieza a recuperarse demasiado, Alejandro volverá a pensar con claridad.

Alejandro sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No podía respirar.

Luego se escuchó otra frase.

La terapeuta dijo que Mateo ya podía intentar ejercicios nuevos, pero cancelé las sesiones. No necesitamos darle falsas esperanzas.

El teléfono quedó en silencio.

Durante varios segundos nadie habló.

Alejandro seguía mirando la pantalla apagada como si esperara despertar de una pesadilla.

—No…

Su voz apenas salió.

—No… mi madre jamás…

Marisol bajó la mirada.

—Yo tampoco quería creerlo.

Mateo observó a su padre con preocupación.

—¿Papá?

Alejandro reaccionó al escuchar aquella voz pequeña.

Se arrodilló frente a su hijo.

—¿Sabías algo de esto?

El niño dudó.

Después asintió muy despacio.

—La abuela decía que si caminaba otra vez… tú ibas a dejar de quererme.

El mundo dejó de girar.

Alejandro sintió un dolor mucho más intenso que el del accidente.

—¿Quién te dijo eso?

—La abuela.

El niño comenzó a llorar.

—Decía que si me curaba… mamá se iba a poner triste en el cielo.

Alejandro abrazó a Mateo con desesperación.

—Eso no es verdad.

Mateo se aferró a su cuello.

—Por eso ya no quería hacer los ejercicios.

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro del empresario.

Durante ocho meses creyó que su hijo había perdido las ganas de luchar.

Ahora comprendía que alguien había sembrado el miedo dentro de aquel pequeño.

Marisol se volvió hacia la ventana para darles intimidad.

Pero entonces recordó algo más.

Algo mucho peor.

—Señor Alejandro…

Él levantó lentamente la cabeza.

—Hay otra parte de la grabación.

—¿Qué más puede haber?

Marisol tragó saliva.

—Después hablaron del accidente.

Alejandro quedó inmóvil.

—¿Qué accidente?

Ella lo miró fijamente.

—Del que murió su esposa.

El aire pareció desaparecer de la habitación.

—Escuché a su hermana decir que el choque había sido “el mejor negocio que pudo pasarle a la familia”… y que, si usted algún día descubría quién había cambiado realmente la ruta de aquel viaje, todo se vendría abajo.

Mateo dejó de llorar.

Alejandro sintió que las piernas le fallaban.

La taza de café que seguía sobre la mesa cayó al suelo y estalló en decenas de pedazos.

Porque, por primera vez desde la muerte de Laura, comprendió que tal vez aquella tragedia nunca había sido solamente un accidente.

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