PARTE 2 – LA SEGUNDA CARTA REVELÓ QUE EL INCENDIO OCULTABA UN CRIMEN MUCHO MÁS ANTIGUO

El silencio se volvió insoportable.

Mateo no apartaba la mirada de la segunda carta.

Sofía sintió que las piernas dejaban de responderle.

—¿Qué acabas de decir?

Lucas respiró lentamente.

—Mi padre estuvo allí aquella noche.

Mateo negó con fuerza.

—Eso es imposible.

Lucas abrió cuidadosamente el sobre.

Sacó una fotografía mucho más nítida que la primera.

En ella aparecían dos hombres frente a la casa envuelta en llamas.

Uno era el padre de Mateo.

El otro era el suyo.

No había forma de negarlo.

Sofía dejó caer la fotografía.

Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

—Ellos mataron a mi familia…

Lucas cerró los ojos.

—Eso fue lo que siempre creí.

Mateo levantó el teléfono otra vez.

—Entonces llamaré ahora mismo a la policía.

Lucas sujetó su brazo.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque si haces esa llamada ahora, nunca sabrás quién dio realmente la orden.

La habitación quedó completamente inmóvil.

Mateo frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Lucas abrió un pequeño cuaderno escondido dentro del sobre.

Era el diario personal de su padre.

Las primeras páginas hablaban del incendio.

Pero ninguna describía el fuego como un accidente.

Solo repetían una misma frase.

“Cumplimos la orden.”

Sofía sintió un escalofrío.

—¿La orden de quién?

Lucas pasó varias hojas.

Había nombres tachados.

Fechas.

Transferencias bancarias.

Y una última página escrita con tinta temblorosa.

“Si algún día descubren la verdad, busquen el sótano de la casa vieja.”

Mateo respiró con dificultad.

—La casa quedó destruida.

Lucas negó lentamente.

—El sótano sobrevivió.

Los tres se miraron en silencio.

Media hora después, llegaron al terreno abandonado.

La vegetación cubría casi por completo las ruinas.

Sofía caminó despacio entre los restos de ladrillos.

Aún recordaba el lugar donde había jugado cuando era niña.

Lucas encontró una vieja puerta metálica escondida bajo la maleza.

Entre los tres lograron abrirla.

Un fuerte olor a humedad salió desde el interior.

Encendieron las linternas de sus teléfonos.

Bajaron lentamente las escaleras.

El sótano seguía intacto.

Había estanterías llenas de cajas.

Fotografías.

Archivos.

Y una caja fuerte empotrada en la pared.

Mateo encontró la combinación escrita en la última página del diario.

La puerta se abrió con un sonido metálico.

Dentro había varias carpetas y una grabadora antigua.

Lucas presionó el botón de reproducción.

La voz de su padre llenó el pequeño sótano.

—Si alguien escucha esto, significa que ya no estoy vivo.

Los tres permanecieron inmóviles.

—El incendio nunca fue para matar a la familia de Sofía.

Sofía levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

La grabación continuó.

—Entramos para sacar unos documentos antes de que llegara la policía.

Mateo sintió que todo comenzaba a cambiar.

—Pero alguien cerró las puertas desde afuera.

Lucas apretó los puños.

La voz seguía temblando.

—Nosotros intentamos apagar el fuego.

—No fuimos quienes lo iniciamos.

Los tres quedaron completamente paralizados.

Durante diez años habían culpado a los mismos hombres.

La grabación terminó con una última confesión.

—El responsable fue la única persona que sabía que esos documentos existían.

Mateo abrió la carpeta encontrada dentro de la caja fuerte.

Había escrituras de terrenos.

Contratos.

Registros bancarios.

Todos llevaban el mismo nombre.

El de un poderoso empresario que años atrás había financiado a las dos familias.

Sofía comenzó a recordar algo.

—Mi padre discutió con él el día anterior al incendio.

Lucas encontró un sobre sellado.

Dentro había una fotografía tomada pocas horas antes del fuego.

Los cuatro adultos aparecían reunidos.

Pero había una quinta persona al fondo.

Un niño.

Mateo observó la imagen durante varios segundos.

Su rostro perdió completamente el color.

—Ese niño…

Lucas también quedó inmóvil.

—No puede ser.

Sofía acercó la fotografía a la luz.

El niño llevaba una pulsera con su nombre bordado.

Era Lucas.

Pero junto a él aparecía otra niña.

Ella misma.

Los dos estaban tomados de la mano.

Sofía frunció el ceño.

—Yo nunca conocí a Lucas antes del incendio.

Mateo giró la fotografía.

En la parte trasera había una frase escrita con tinta azul.

“No son amigos.”

“Son hermanos.”

Los tres dejaron de respirar.

Antes de que pudieran reaccionar, se escuchó el ruido de pasos sobre las escaleras.

Alguien acababa de entrar al sótano.

Una voz grave rompió el silencio.

—Llevo diez años esperando que encontraran esa grabación.

Los tres apuntaron sus linternas hacia la entrada.

Un hombre mayor descendía lentamente con una pistola en la mano.

Mateo lo reconoció de inmediato.

Era el antiguo socio de su padre.

El mismo nombre que aparecía en todos los documentos.

Sonrió sin mostrar el menor remordimiento.

—Ahora que ya saben la verdad…

Levantó lentamente el arma.

—No puedo permitir que salgan vivos de aquí.

Lee la Parte 3.

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