PARTE 2 – LA ABUELA REVELÓ QUIÉN CAMBIÓ LA PASTILLA Y POR QUÉ VALERIA NUNCA FUE UNA DESCONOCIDA

Alejandro cerró la puerta de la sala con una lentitud inquietante.

Sus ojos pasaron de Valeria a la taza de té que Inés sostenía entre las manos.

—¿Cómo llegaste hasta aquí?

Valeria se puso de pie.

—Tu abuela se sintió mal al salir del hospital. La ayudé. Eso es todo.

—No te pregunté qué ocurrió. Te pregunté cómo supiste dónde vivía.

Inés golpeó el suelo con su bastón.

—Yo la traje, Alejandro.

—Abuela, déjanos solos.

—No.

La anciana dejó la taza sobre la mesa.

—Esta joven evitó que tomara dos veces el mismo medicamento. Podrías empezar dándole las gracias en lugar de tratarla como a una delincuente.

Valeria tomó su bolso.

—No hace falta. Ya me iba.

Alejandro se interpuso frente a ella.

—Primero vas a explicarme por qué entraste a mi empresa.

—Presenté tres exámenes, una prueba técnica y dos entrevistas.

—Cinco semanas después de aquella noche.

—Necesitaba trabajar.

—Había cientos de empresas.

Valeria lo miró sin bajar la cabeza.

—Y solo una tenía una vacante en cumplimiento con el sueldo suficiente para pagar las deudas que dejó la enfermedad de mi madre.

La respuesta no tranquilizó a Alejandro.

Lo enfureció aún más.

—¿Crees que no revisé tu expediente? No tienes contactos dentro del grupo. Nadie te recomendó. Aun así, obtuviste la puntuación más alta entre ochenta y cuatro candidatos.

—Eso ocurre cuando una persona estudia.

Inés ocultó una sonrisa.

Alejandro apretó la mandíbula.

—¿Qué quieres de mí?

Valeria sintió que la indignación le quemaba el pecho.

Durante siete semanas había cargado sola con la vergüenza, el duelo y el miedo.

Ya no soportaría una acusación más.

—Nada.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

—Porque tu abuela casi se desmaya.

—¿Y por qué estás temblando?

Valeria abrió la boca.

No consiguió responder.

Alejandro vio la pulsera del hospital todavía rodeando su muñeca.

—¿Qué te ocurrió?

Ella la cubrió con la manga.

—No es asunto tuyo.

—Trabajas para mí.

—Mi cuerpo no.

El silencio cayó sobre la sala.

Inés observó a ambos con atención.

—Alejandro, basta.

Pero él no retrocedió.

—¿Fuiste al hospital por aquella noche?

Valeria sintió que el rostro se le enfriaba.

—Te dije que no era asunto tuyo.

—Te di un medicamento.

—No sabes qué me diste.

Aquella frase cambió la expresión de Alejandro.

—Claro que lo sé.

—Entonces dime el nombre.

Él guardó silencio.

Valeria sacó el informe médico de su bolso y lo lanzó sobre la mesa.

—Estoy embarazada de aproximadamente siete semanas.

Inés dejó escapar un suspiro.

Alejandro no se movió.

Miró el documento como si estuviera escrito en otro idioma.

—Eso no puede ser.

—La doctora dijo que sí.

—Tomaste la pastilla.

—Tomé algo que tú sacaste de un cajón mientras estabas borracho.

Alejandro tomó el informe.

Leyó el nombre.

La fecha.

Las semanas estimadas.

Después levantó la vista.

—¿Es mío?

Valeria sintió una punzada de rabia.

—No vuelvas a hacerme esa pregunta.

—Necesito saberlo.

—Y yo necesitaba enterrar a mi madre sin tener que venderme a un hombre que ni siquiera pudo recordar qué medicamento me dio.

Inés se puso de pie.

—Alejandro, llama al doctor Ferrer.

—Abuela…

—Ahora.

El hombre marcó un número.

Pidió que revisaran el inventario médico de su habitación privada en el Hotel Imperial y que localizaran al encargado que había preparado aquel cajón.

Valeria recogió el informe.

—No necesito tu investigación. Ya tomé una decisión.

Alejandro la miró fijamente.

—¿Cuál?

—Tengo una cita el domingo.

No hizo falta decir nada más.

El rostro de él se endureció.

—Cancélala.

Valeria soltó una risa sin alegría.

—No tienes derecho a ordenarme nada.

—Si el hijo es mío, tengo derecho a saber qué ocurre.

—Tienes derecho a una prueba cuando sea posible. No a decidir por mí.

Inés caminó hasta quedar entre ambos.

—Esta conversación no puede ocurrir con amenazas.

Alejandro se volvió hacia su abuela.

—No estoy amenazándola.

—Llevas toda la vida confundiendo control con protección.

La frase lo dejó inmóvil.

Inés tomó la mano de Valeria.

—Siéntate, hija.

—Prefiero irme.

—Espera a que llegue la respuesta sobre la pastilla.

Valeria dudó.

Parte de ella quería marcharse y no volver a ver a ninguno de los Montemayor.

Pero necesitaba saber qué había tomado.

Veinte minutos después, el teléfono de Alejandro sonó.

El doctor Ferrer hablaba desde el otro extremo.

—Revisamos el registro del hotel.

—¿Qué medicamento había en el cajón? —preguntó Alejandro.

—Tabletas de clonazepam de baja dosis y analgésicos para la migraña.

Valeria dejó de respirar.

Alejandro miró el blíster fotografiado en el informe enviado al teléfono.

—¿No había anticoncepción de emergencia?

—No, señor.

El silencio se volvió insoportable.

—Pero yo pedí que la colocaran allí.

—La solicitud aparece registrada —respondió el médico—, pero la caja nunca llegó a la habitación.

Alejandro caminó hasta la ventana.

—¿Quién recibió el pedido?

Hubo una pausa.

—Su asistente personal.

Valeria pensó inmediatamente en Renata Vélez.

La mujer que llevaba semanas desacreditándola en la oficina.

—Renata —murmuró.

Alejandro cortó la llamada.

—No saques conclusiones.

—Ella controlaba el cajón, conocía la habitación y ahora intenta hacerme quedar como una oportunista.

—Renata trabaja conmigo desde hace nueve años.

—Eso no significa que no pueda mentirte.

Inés intervino.

—Significa que debemos revisar por qué cambió el medicamento.

Alejandro llamó al jefe de seguridad del hotel.

Ordenó recuperar las grabaciones de aquella noche y los registros del personal que había entrado a la suite.

Valeria sintió que algo no encajaba.

—¿Por qué tu asistente preparaba medicamentos en tu habitación?

—Porque después del incendio padezco episodios de insomnio.

—Eso no responde mi pregunta.

Alejandro tardó en contestar.

—Renata administra mis viajes, mis citas médicas y mis habitaciones.

Inés negó con desaprobación.

—También administra demasiado de tu vida.

Valeria tomó su bolso.

—Ya saben qué pasó. Me voy.

Alejandro volvió a detenerla.

—No puedes regresar sola.

—Llevo años haciéndolo.

—Hay gente que podría intentar usar esto.

—Tú ya lo hiciste desde que entré.

—No hablo de mí.

Su teléfono vibró otra vez.

Seguridad había encontrado una grabación.

Alejandro la proyectó en la pantalla de la sala.

El video mostraba el pasillo del hotel a las cinco y doce de la mañana.

Renata entraba en la suite mientras Alejandro dormía.

Llevaba una bolsa pequeña.

Salió siete minutos después con un blíster vacío en la mano.

Valeria sintió que el estómago se le cerraba.

—Cambió la pastilla.

Alejandro llamó de inmediato a Renata.

La asistente respondió al segundo tono.

—Señor Montemayor.

—Ven a casa de mi abuela.

—Estoy ocupada.

—No es una invitación.

Renata llegó cuarenta minutos después.

Entró con un traje impecable y una expresión serena.

Pero al ver a Valeria, perdió por un instante el control.

—¿Qué hace ella aquí?

Alejandro señaló la pantalla.

—Explícamelo tú.

La grabación comenzó.

Renata observó su propia imagen entrando en la habitación.

No negó nada.

—Retiré un medicamento peligroso.

—¿Y lo sustituiste por qué? —preguntó Valeria.

—Por una tableta para dormir.

Inés palideció.

—¿Le diste un sedante sin informarle?

Renata mantuvo la mirada en Alejandro.

—Estabas borracho. Ella podía robarte, grabarte o acusarte de cualquier cosa.

—¿Por eso permitiste que creyera que estaba protegida?

—Lo hice para protegerte a ti.

Alejandro golpeó la mesa.

—¡Ella está embarazada!

Renata quedó completamente inmóvil.

El silencio duró varios segundos.

Después miró a Valeria con un desprecio apenas disimulado.

—Entonces consiguió lo que quería.

Valeria avanzó un paso.

—No sabía quién era él hasta que entré a la empresa.

Renata soltó una risa.

—Claro.

—Basta —ordenó Alejandro.

Pero su asistente ya había perdido la serenidad.

—¿Vas a creerle a una camarista que aceptó dinero por una noche?

Valeria recibió aquellas palabras como un segundo golpe.

Alejandro se acercó a Renata.

—Recoge tus cosas. Estás suspendida.

Ella lo miró con incredulidad.

—He protegido tu vida durante nueve años.

—Manipulaste medicamentos.

—Porque sabía que una mujer como ella terminaría apareciendo con un embarazo.

Inés levantó la voz.

—La única persona que provocó esta situación fuiste tú.

Renata tomó su bolso.

Antes de salir, miró a Valeria.

—Pregúntale a tu madre por qué conocía a los Montemayor.

Valeria se quedó helada.

—Mi madre murió.

—Lo sé.

La asistente sonrió con amargura.

—También sé que Rosa Cruz no era una mujer cualquiera.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué estás diciendo?

Renata abrió el teléfono y mostró una fotografía antigua.

En ella aparecía Rosa mucho más joven frente a la residencia Montemayor.

Sostenía a una niña de pocos meses entre los brazos.

A su lado estaban los padres adoptivos de Alejandro.

En el reverso de la imagen había una fecha.

Era exactamente un año antes del incendio.

Valeria sintió que le faltaba el aire.

—¿De dónde sacaste eso?

—Del archivo que tu madre intentó vender hace veinticinco años.

—Mi madre jamás habría hecho algo así.

Renata guardó el teléfono.

—Entonces abre el sobre que te dejó el sacerdote.

Valeria recordó el sobre del padre Esteban.

Seguía cerrado dentro de un cajón en su departamento.

Inés se acercó a la fotografía.

Su rostro cambió por completo.

—Esa bebé…

Alejandro miró a su abuela.

—¿La conoces?

La anciana tomó asiento lentamente.

—La noche del incendio, desaparecieron dos niñas de la casa.

Valeria sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.

—¿Dos?

—Una era hija de los trabajadores.

Inés levantó la mirada hacia ella.

—La otra era la heredera biológica de la familia Montemayor.

Alejandro quedó inmóvil.

—Siempre dijiste que no sobrevivió.

—Eso nos hicieron creer.

Renata abrió la puerta.

Antes de marcharse, pronunció una última frase:

—Rosa no estaba cuidando a una niña aquella noche.

Miró directamente a Valeria.

—Estaba huyendo con ella.

Alejandro observó el rostro de Valeria, después la antigua fotografía y finalmente el informe de embarazo.

Si Renata decía la verdad, la mujer con la que había hecho aquel trato no era una desconocida.

Era la única heredera capaz de arrebatarle el imperio Montemayor.

Lee la Parte 3.

Related Posts

PARTE 2 – EL APELLIDO QUE TODOS TEMÍAN

PARTE 2 A las 11:47 de la mañana, tres camionetas oscuras se detuvieron frente a la residencia Villaseñor. Desde la ventana del segundo piso, Beatriz observó cómo…

PARTE 2: LA CUENTA QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR.

Mientras los médicos atendían la fractura de Elena, Don Arturo permanecía de pie frente a la habitación sin apartar la vista de Mauricio. No levantó la voz….

PARTE 2: EL TESTAMENTO ESCONDIDO EN EL GRANERO.

Hortensia no respondió al comentario de Aurelio. Solo cruzó los brazos y lo miró fijamente. —¿Se te perdió algo en mi rancho? Aurelio soltó una risa falsa….

Parte 2: LA CARPETA AZUL QUE MI PADRE LLEVÓ DIEZ AÑOS INTENTANDO OCULTAR

El encendedor seguía abierto entre mis manos. Podía escuchar el mecanismo metálico haciendo un leve clic cada vez que mis dedos temblaban. “No permitas que Arturo toque…

PARTE 2 – LA FIRMA QUE PODÍA DESTRUIRLO

PARTE 2 Mauricio observó la hoja que Arturo sostenía frente a él. En la esquina superior aparecía la fecha de la transferencia: 14 de febrero, siete años…

PARTE 2 – EL ARCHIVO “CASA”

La detective abrió el primer documento de la memoria USB. No era un video. Era una hoja de cálculo con decenas de transferencias bancarias. Valeria se inclinó…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *