Parte 2: EL SÓTANO PROHIBIDO

El susurro del niño apenas duró unos segundos.

Pero bastó para que el rostro de Emiliano perdiera todo el color.

—¿Qué dijiste? —preguntó, sujetándolo suavemente por los hombros.

El pequeño miró hacia ambos lados, aterrado.

—No hablen fuerte… si la directora escucha, me castigará.

Mateo se agachó hasta quedar a su altura.

—Tranquilo. Nadie va a hacerte daño. Cuéntame dónde está Nicolás.

El niño levantó lentamente el dedo.

Señaló una puerta metálica al final del pasillo.

—Abajo.

—¿Por qué?

—Porque lloraba mucho… y decía que quería a su hermano.

Un silencio pesado cayó sobre todos.

Los abogados de Mateo intercambiaron una mirada.

La directora Teresa recuperó inmediatamente la compostura.

—No hagan caso. Los niños inventan historias todo el tiempo.

Mateo la observó fijamente.

—Entonces no tendrá inconveniente en que bajemos.

La sonrisa de Teresa desapareció.

—Las instalaciones privadas no forman parte de la visita.

—¿Privadas?

—Es el área de mantenimiento.

Uno de los empleados apareció apresuradamente.

—Licenciada… quizá sea mejor…

Ella lo fulminó con la mirada.

—Cállese.

Aquella reacción fue suficiente.

Mateo sacó el teléfono.

—Ricardo.

Su jefe de seguridad respondió al instante.

—¿Sí, señor?

—Quiero que entren todos.

Treinta segundos después, cuatro escoltas cruzaban la puerta principal.

Los trabajadores del albergue comenzaron a ponerse nerviosos.

Teresa levantó la voz.

—¡Esto es una institución para menores! ¡No puede irrumpir así!

Mateo caminó directamente hacia la puerta metálica.

Estaba cerrada con un grueso candado.

Apoyó una mano sobre él.

—¿Dónde está la llave?

Nadie respondió.

Volvió a preguntar.

Silencio.

Entonces hizo un gesto a uno de sus escoltas.

—Ábranla.

El hombre sacó una pequeña herramienta hidráulica del vehículo.

El candado resistió apenas unos segundos antes de romperse con un fuerte chasquido.

Teresa dio un paso adelante.

—¡Eso es ilegal!

Mateo ni siquiera la miró.

Abrió la puerta.

Un olor a humedad golpeó a todos.

Las escaleras descendían hacia un sótano oscuro.

No parecía un almacén.

Parecía una prisión.

Cuando llegaron abajo, Emiliano empezó a correr.

—¡Nico!

Una voz diminuta respondió desde el fondo.

—¿Milo?

Era el apodo que solo su hermano mayor utilizaba.

Los dos niños se abrazaron con tanta fuerza que ninguno pudo contener el llanto.

Nicolás estaba sentado sobre un viejo colchón.

Tenía los ojos hinchados.

Las manos frías.

Y todavía abrazaba un pequeño dinosaurio de tela completamente desgastado.

Mateo sintió un nudo en la garganta.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí?

Nicolás levantó cuatro dedos.

—Desde… que dijeron que mi hermano ya no me quería.

Emiliano rompió a llorar.

—¡Nunca diría eso!

El niño negó con fuerza.

—La señora dijo que te habías ido porque yo daba muchos problemas…

Mateo cerró lentamente los puños.

Volteó hacia Teresa.

Ella seguía en lo alto de las escaleras.

—No es lo que parece…

—¿Ah, no?

Uno de los abogados ya estaba tomando fotografías.

Otro grababa cada rincón.

Había colchones.

Puertas con cerrojos por fuera.

Y varios cuadernos con nombres de niños.

En ese momento llegó una patrulla.

No la había llamado Teresa.

La había solicitado uno de los abogados de Mateo mientras bajaban.

Dos agentes comenzaron a inspeccionar el lugar.

Uno de ellos encontró una carpeta escondida dentro de un archivero.

La abrió.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Inspector…

El otro policía tomó los documentos.

Cada hoja contenía registros de adopciones.

Pero varias fechas no coincidían.

Algunos niños aparecían como “entregados” semanas antes de abandonar realmente la institución.

Otros figuraban como trasladados… aunque seguían viviendo allí.

Mateo observó aquellas páginas sin comprender todavía toda la magnitud.

Entonces apareció una última hoja.

Era una lista de pagos.

Junto a cada nombre había una cantidad de dinero.

Y junto al nombre de Nicolás figuraba una anotación escrita a mano.

“Entrega pendiente. Familia extranjera. Pago confirmado.”

El inspector levantó lentamente la vista hacia Teresa.

—Señora directora…

Su voz se volvió completamente fría.

—Creo que esto ya no es un asunto de protección infantil.

Cerró la carpeta.

Sacó las esposas.

—Creo que estamos frente a una investigación por tráfico de menores.

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