Parte 2: LA PÓLIZA DE DOS MILLONES

Lucía dejó de mirar el video.

Retrocedió exactamente tres segundos.

Pausó la imagen.

—Valeria… mira eso.

Amplió el fondo.

Sobre la mesa del comedor había una carpeta azul.

En la portada podía leerse claramente el nombre de una aseguradora.

Y debajo, apenas visible, una frase.

“Beneficiario: Rodrigo Salgado.”

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa?

Lucía ya estaba escribiendo en su computadora.

—Significa que alguien quiere cobrar algo.

Llamó inmediatamente a un antiguo compañero suyo que trabajaba en una compañía de seguros.

Quince minutos después recibió una respuesta.

Su rostro perdió el color.

—Hace cuatro meses contrataron una póliza de vida a tu nombre por dos millones de dólares.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—El beneficiario principal es tu esposo.

Sentí que el estómago se cerraba.

Nunca había firmado una póliza semejante.

Lucía siguió leyendo.

—Y hay una cláusula adicional.

En caso de fallecimiento durante un procedimiento médico autorizado, el pago debía liberarse por vía rápida.

Mi respiración comenzó a acelerarse.

Todo estaba preparado.

No solo iban a vender mis órganos.

También cobrarían el seguro.

Lucía abrió entonces el expediente médico que Marisol había logrado sacar del hospital.

Lo revisamos página por página.

Resultados de laboratorio.

Tomografías.

Consentimientos.

Hasta que encontramos algo imposible.

El supuesto estudio que demostraba mi compatibilidad con Rodrigo estaba fechado dos semanas antes de que yo acudiera por primera vez al hospital.

—Eso no puede existir —murmuré.

Lucía asintió.

—Porque todavía no te habían tomado una sola muestra de sangre.

Era otra falsificación.

Mientras seguíamos revisando, apareció un segundo nombre repetido en varios documentos.

Fundación Esperanza Médica.

Lucía frunció el ceño.

—Ese nombre me suena.

Buscó en registros públicos.

Cinco minutos después encontró la información.

La fundación no administraba pacientes.

Administraba donaciones.

Y uno de sus directivos era el doctor Ernesto Beltrán.

Otro era Rodrigo.

El tercero…

Doña Elvira.

No era una familia desesperada.

Era una organización perfectamente estructurada.

En ese instante sonó el timbre.

Las dos nos quedamos inmóviles.

Nadie conocía aquella dirección.

Lucía apagó todas las luces.

Miró por la cámara de seguridad.

Una mujer con uniforme de enfermera esperaba en la entrada.

Era Marisol.

Entró apresuradamente.

Tenía el rostro golpeado.

Un labio roto.

Y un brazo vendado.

—Descubrieron que fui yo.

Respiraba con dificultad.

—Revisaron las cámaras.

Creen que les robé el expediente.

Sacó una memoria USB del bolsillo.

—Pero antes de escapar descargué los servidores del hospital.

Dentro hay grabaciones.

Conversaciones.

Transferencias bancarias.

Y una operación programada para mañana.

Lucía conectó la memoria al ordenador.

Aparecieron decenas de carpetas.

Una de ellas estaba marcada como “Donantes especiales”.

La abrió.

Había fotografías.

Historias clínicas.

Y nombres.

No era la única.

Había más personas.

Todas con enormes pólizas de vida.

Todas con familiares beneficiarios.

Todas operadas por el mismo equipo médico.

Marisol rompió a llorar.

—Pensé que solo alteraban expedientes.

No sabía que también asesinaban pacientes.

Lucía guardó inmediatamente varias copias en servidores externos.

—Esto ya no es solo un intento de homicidio.

Es una red criminal.

Mi teléfono vibró.

Era un número desconocido.

Contesté sin hablar.

Al otro lado respondió Rodrigo.

Su voz ya no sonaba desesperada.

Sonaba furiosa.

—¿Sabes cuánto dinero me acabas de hacer perder?

Apreté el teléfono con fuerza.

Él continuó.

—Todavía tienes una oportunidad.

Regresa al hospital antes del amanecer.

Nadie volverá a hacerte daño.

Lo dijo con una calma aterradora.

Después añadió una frase que confirmó todas nuestras sospechas.

—De cualquier manera… tu corazón ya tiene comprador.

Y colgó.

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