Hortensia no respondió al comentario de Aurelio.
Solo cruzó los brazos y lo miró fijamente.
—¿Se te perdió algo en mi rancho?
Aurelio soltó una risa falsa.
—Solo vine a ofrecer ayuda. Nunca se sabe con quién abre uno la puerta.
Ezequiel dejó el martillo sobre la cerca recién reparada.
—Nos iremos en cuanto deje de llover.
Hortensia negó con la cabeza.
—Eso lo decido yo.
Aurelio comprendió que no conseguiría nada ese día.
Antes de marcharse lanzó una última mirada al terreno.
Demasiado larga.
Demasiado interesada.
Esa noche, mientras cenaban, Victoria observó una fotografía antigua colgada sobre la chimenea.
Mostraba a un hombre sonriente junto a una joven Hortensia y un enorme nogal.
—¿Era su esposo? —preguntó la niña.
Hortensia sonrió con tristeza.
—No.
Era mi hermano Julián.
Murió hace quince años.
Desde entonces este rancho quedó solo para mí.
Perlita levantó la vista.
—¿No tiene hijos?
—No.
Solo estos animales.
Y este pedazo de tierra.
Ezequiel guardó silencio.
No quiso hacer más preguntas.
Al amanecer, el ruido de un tractor despertó a todos.
Cuando salieron al patio encontraron a varios hombres derribando los viejos postes que marcaban uno de los linderos.
Hortensia corrió hacia ellos.
—¡¿Quién les dio permiso?!
Uno de los trabajadores señaló a Aurelio, que observaba todo desde su camioneta.
—Tenemos orden de ampliar el camino.
Este terreno ya fue vendido.
Hortensia sintió que la sangre le hervía.
—¡Eso es mentira!
Aurelio descendió lentamente del vehículo.
Llevaba una carpeta bajo el brazo.
—No exactamente.
Sacó unas copias notariales.
—Aquí está la promesa de compraventa firmada hace doce años.

Solo faltaba formalizarla.
Hortensia tomó los papeles.
Reconoció la firma.
Pero no era la suya.
Alguien la había falsificado.
—Esto es un fraude.
Aurelio sonrió.
—Demuéstralo.
Ezequiel observó cuidadosamente los documentos.
Había trabajado años transportando mercancía para notarías rurales.
Algo llamó su atención.
—Espere…
Señaló el sello del notario.
—Este despacho cerró hace diez años.
¿Cómo puede haber certificado un documento fechado hace solo tres?
El silencio cayó sobre el grupo.
Los trabajadores comenzaron a mirarse entre ellos.
Aurelio perdió la sonrisa durante un instante.
—Eso no cambia nada.
La demanda ya está presentada.
Dentro de unos días un juez ordenará el desalojo.
Aquella tarde, Hortensia bajó por primera vez en años al viejo granero donde su padre guardaba herramientas.
Buscaba una caja con documentos antiguos.
Victoria y Perlita insistieron en ayudarla.
Mientras movían costales de maíz, Perlita tropezó con una tabla suelta del piso.
—¡Aquí hay algo!
Debajo apareció una pequeña caja metálica cubierta de polvo.
Hortensia tardó varios segundos en abrirla.
Dentro encontró fotografías.
Escrituras originales.
Y un sobre dirigido con la letra de su padre.
“Para mi hija Hortensia. Ábrelo solo si alguien intenta quitarte el rancho.”
Las manos comenzaron a temblarle.
Leyó la carta lentamente.
“Aurelio nunca aceptó que estas tierras fueran nuestras.”
“Hace años intentó comprármelas usando documentos falsos.”
“Por eso dejé el testamento original y todas las escrituras escondidas en este granero.”
Hortensia respiró con dificultad.
Debajo de la carta apareció un testamento registrado décadas atrás.
El documento incluía una cláusula inesperada.
Si alguien presentaba escrituras falsas para apropiarse del rancho, perdía automáticamente cualquier derecho de reclamar los terrenos vecinos que seguían en litigio.
Ezequiel levantó la vista.
—Eso significa…
Hortensia asintió.
—Que Aurelio no solo perderá esta demanda.
También perderá las doscientas hectáreas que lleva veinte años intentando recuperar.
En ese momento sonó el teléfono de Ezequiel.
Contestó.
Escuchó unos segundos.
Su rostro cambió por completo.
—¿Qué ocurrió?
Colgó lentamente.
Miró a Hortensia.
—No vienen solo por el rancho.
Acaban de detener a un hombre que trabajaba para Aurelio.
Confesó que alguien le pagó para seguir mis pasos desde que salimos de nuestro pueblo… porque creían que yo llevaba conmigo unos documentos que podían convertir a mis hijas en las verdaderas herederas de una fortuna que desapareció hace más de veinte años.