PARTE 2 – LA IDENTIDAD DEL AGRESOR

PARTE 2

La joven permanecía de rodillas sobre el pavimento húmedo.

Sus manos seguían temblando tanto que apenas podía sostener el teléfono que Marcos le había entregado.

Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.

—Ya vienen los policías —dijo él con voz tranquila—. Nadie volverá a tocarte esta noche.

Ella levantó lentamente la mirada.

Tenía el labio partido, un hematoma morado alrededor de la muñeca izquierda y pequeñas heridas en las rodillas.

Pero lo que más impresionaba eran sus ojos.

No reflejaban solo miedo.

Reflejaban años enteros de resignación.

—No… —susurró casi sin voz.

Marcos frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

—No quiero que llegue la policía.

Aquellas palabras lo sorprendieron.

—¿Por qué?

La joven respiró con dificultad.

—Porque él volverá más furioso.

—Acaba de agredirte.

—Siempre lo hace.

—Precisamente por eso debes denunciarlo.

Ella negó lentamente.

—Ya lo hice una vez.

El silencio cayó entre ambos.

Marcos permaneció inmóvil.

—¿Y qué pasó?

—Nada.

La respuesta fue apenas un susurro.

Las luces azules de la patrulla iluminaron la entrada del callejón.

Dos agentes descendieron rápidamente.

Uno de ellos se acercó a la joven.

—¿Está herida?

Antes de que pudiera responder, Marcos explicó lo ocurrido.

Los policías comenzaron a tomar notas mientras otro revisaba los alrededores buscando al agresor.

—¿Cómo se llama su esposo? —preguntó uno de los agentes.

La joven dudó varios segundos.

Finalmente respondió.

—Héctor Salinas.

El policía dejó de escribir por un instante.

Intercambió una rápida mirada con su compañero.

Marcos alcanzó a notarlo.

—¿Lo conocen?

El agente cerró la libreta.

—Sí.

La respuesta fue demasiado seca.

—¿Tiene antecedentes?

—No puedo hablar de eso.

La joven bajó nuevamente la cabeza.

—Les dije que no serviría de nada.

Uno de los policías pidió una ambulancia para revisar sus lesiones.

Mientras esperaban, Marcos se quitó la chaqueta y la colocó sobre los hombros de la muchacha.

—¿Cómo te llamas?

—Laura.

—¿Tienes familia?

Ella tardó en responder.

—Ya no.

—¿Amigos?

Negó con la cabeza.

—Él hizo que todos se alejaran.

Marcos sintió un peso en el pecho.

Aquella mujer no solo había sido golpeada.

Había sido aislada.

Privada poco a poco de cualquier persona que pudiera ayudarla.

La ambulancia llegó pocos minutos después.

Una paramédica comenzó a examinar sus heridas.

—Necesita radiografías de la muñeca.

Laura pareció asustarse.

—No puedo ir al hospital.

—¿Por qué?

—Él me encontrará.

Marcos dio un paso adelante.

—No mientras yo esté aquí.

Laura levantó la vista.

Por primera vez desde que la había encontrado, parecía creer aquellas palabras.

Uno de los policías regresó después de hablar por radio.

Su expresión había cambiado.

—Señor Marcos, ¿puedo hablar con usted un momento?

Se alejaron unos metros.

—¿Qué sucede?

El agente bajó la voz.

—Héctor Salinas no es un agresor cualquiera.

—¿Qué quiere decir?

—Hace años fue comandante de la policía municipal.

Marcos sintió un escalofrío.

—¿Y ahora?

—Actualmente dirige una empresa privada de seguridad.

Todo comenzaba a tener sentido.

Las amenazas.

La confianza con la que actuaba.

El miedo de Laura.

—¿Por eso la denuncia anterior desapareció?

El agente guardó silencio.

No respondió.

Pero tampoco lo negó.

En ese instante, el teléfono de Laura comenzó a sonar.

La pantalla mostraba un único nombre.

“Héctor”.

Ella empezó a temblar.

La llamada terminó.

Cinco segundos después volvió a sonar.

Y otra vez.

Y otra.

Más de diez llamadas consecutivas.

Después comenzaron a llegar mensajes.

Laura abrió uno casi por reflejo.

Su rostro perdió todo el color.

Marcos tomó suavemente el teléfono.

Solo alcanzó a leer una frase.

“Sé exactamente dónde estás.”

Miró rápidamente hacia la entrada del callejón.

No había nadie.

Sin embargo, la sensación de estar siendo observados era imposible de ignorar.

Uno de los agentes ordenó de inmediato que trasladaran a Laura al hospital bajo custodia.

La ambulancia arrancó escoltada por la patrulla.

Marcos decidió acompañarla.

Durante el trayecto, Laura permaneció completamente en silencio.

Solo apretaba entre sus manos una pequeña cadena de plata.

—¿Quién te la regaló? —preguntó Marcos.

Ella sonrió con tristeza.

—Mi hermano.

—¿Dónde está él?

Laura cerró los ojos.

—Desapareció hace cuatro años.

Marcos no preguntó más.

Al llegar al hospital, un médico recibió a Laura de inmediato.

Mientras esperaban los resultados, uno de los policías regresó con una carpeta.

—Encontramos el expediente de la denuncia anterior.

—¿Qué dice?

El agente abrió lentamente la primera página.

Su expresión cambió por completo.

—Esto… no puede ser.

Marcos se acercó.

El expediente estaba completamente vacío.

No había declaraciones.

No había fotografías.

No había firmas.

Solo quedaba la portada.

Como si alguien hubiera arrancado cada una de las pruebas.

El policía respiró hondo.

—Alguien quiso borrar que esta denuncia existió.

En ese momento apareció una enfermera.

—¿Quién acompaña a la señora Laura?

—Yo —respondió Marcos.

La mujer le entregó una pequeña bolsa transparente.

—Traía esto escondido dentro del abrigo.

Marcos observó el contenido.

Era una memoria USB.

Laura abrió los ojos de inmediato al verla.

—Pensé que la había perdido.

—¿Qué contiene?

Ella dudó unos segundos.

Después respondió con una voz apenas audible.

—Todo.

—¿Todo qué?

Las lágrimas comenzaron a caer nuevamente por su rostro.

—Los videos… las cuentas… los nombres…

Marcos sintió que el corazón le latía con fuerza.

—¿Qué nombres?

Laura miró directamente al policía.

—No solo golpeaba mujeres.

Respiró profundamente antes de completar la frase.

—Durante años utilizó su empresa de seguridad para desaparecer personas.

El silencio se volvió absoluto.

El agente tomó inmediatamente la memoria USB.

Pero antes de guardarla, una llamada entró en su radio.

Escuchó apenas unos segundos.

Después levantó la vista con el rostro completamente pálido.

—Tenemos un problema.

—¿Qué pasó? —preguntó Marcos.

El policía tragó saliva.

—Héctor Salinas acaba de presentarse en la recepción del hospital.

Y no vino solo.

Trajo a seis hombres armados que aseguran ser parte de su equipo de seguridad y exigen llevarse a su esposa antes de que alguien revise el contenido de esa memoria.

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