Pasaron dos semanas sin que volviera a hablar con mi padre.
No lo llamé.
Él tampoco me buscó.
Mientras tanto, seguí trabajando como siempre.
Por las mañanas hacía facturas para una pequeña distribuidora de materiales eléctricos.
Por las tardes atendía la caja de la ferretería donde vivíamos encima.
Una tarde, el contador llegó con varias carpetas para ordenar gastos atrasados.
—¿Puedes revisar estas facturas antes de archivarlas?
Asentí sin prestar demasiada atención.
Llevaba casi una hora acomodando papeles cuando encontré un sobre amarillo mezclado entre los comprobantes de proveedores.
Pensé que pertenecía a otro cliente.
Lo abrí únicamente para buscar el nombre.
Entonces vi el logotipo de uno de los bancos más importantes del país.
Debajo aparecía un titular que me dejó inmóvil.
Verónica Salgado.
Fruncí el ceño.
¿Por qué un comprobante bancario de mi hermana estaba en la contabilidad de una ferretería de Tonalá?
Seguí leyendo.
No era un simple depósito.
Era una transferencia por $2,480,000 realizada desde la cuenta de una fundación para adultos mayores hacia una empresa llamada Grupo VR Inmobiliario.
La beneficiaria final era Verónica.
Sentí un escalofrío.
Conocía esa fundación.
Mi padre llevaba años presumiendo que Verónica organizaba sus campañas benéficas y administraba las donaciones.
Pensé que debía existir una explicación.
Hasta que encontré la segunda hoja.
Era una factura por “remodelación de instalaciones”.
La dirección del supuesto inmueble coincidía exactamente con la ubicación del salón de belleza de lujo que Verónica había inaugurado ocho meses antes.
No era una residencia.
No era una oficina.
Era su negocio.
Mi respiración se volvió pesada.
En ese momento entró el contador.
Al verme tan pálida, dejó los documentos sobre el escritorio.
—¿Encontraste algo raro?
Le mostré el comprobante.

Su expresión cambió al instante.
Cerró rápidamente la carpeta.
—Eso no debió llegar aquí.
—¿Qué significa?
El hombre dudó unos segundos.
Luego habló casi en un susurro.
—Hace unos meses alguien mezcló por error documentos personales con archivos fiscales. Pensé que ya los había recuperado todos.
—¿Es auténtico?
No respondió de inmediato.
Solo asintió lentamente.
—Si esos papeles salen a la luz, habrá auditorías.
—¿Por qué?
—Porque ese dinero no pertenecía a Verónica.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿De quién era entonces?
El contador tragó saliva.
—De una fundación creada con las donaciones reunidas durante el cumpleaños número setenta de tu padre… el mismo evento donde tus hijos fueron humillados delante de toda la familia.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, mi teléfono comenzó a sonar.
Era mi padre.
Contesté.
Lo primero que escuché fue su voz completamente quebrada.
—Mariana… necesito que vengas de inmediato.
—¿Qué pasó?
Hubo un largo silencio.
Después pronunció una frase que jamás imaginé escucharle.
—Creo que tu hermana me robó… y acabo de encontrar la primera prueba.