PARTE 2: EL SOBRE AMARILLO ERA SOLO EL PRINCIPIO.

Rodrigo no volvió a llamarme durante casi una hora.

Sabía exactamente por qué.

No estaba llorando por nuestro matrimonio.

Estaba revisando desesperadamente cada documento del sobre.

Los papeles del divorcio.

Los estados de cuenta.

La fotografía del hotel.

Y la lista de transferencias que yo había resaltado con marcador amarillo.

Cuando finalmente volvió a marcar, ya no gritaba.

—Isabel… podemos hablar.

Sonreí.

Era la primera vez en años que pronunciaba mi nombre sin arrogancia.

—Habla con mi abogada.

—No hagas una locura.

—La locura fue creer que nunca iba a revisar tus cuentas.

Colgué.

Valeria llegó al departamento donde nos escondíamos esa misma tarde.

Traía una carpeta azul mucho más gruesa que el sobre amarillo.

—¿Encontraste algo más? —pregunté.

Me miró fijamente.

—Encontré lo que tu padre sospechó antes de morir.

Sacó varias hojas.

Había contratos.

Facturas.

Correos electrónicos.

Y una escritura modificada.

—Rodrigo no solo desvió dinero de la empresa.

—¿Qué más hizo?

Valeria respiró hondo.

—Lleva casi dos años usando tus acciones como garantía para obtener créditos empresariales.

Sentí que el corazón se detenía.

—Eso es imposible. Yo nunca firmé nada.

Ella deslizó otro documento hacia mí.

Mi firma aparecía al pie de la página.

Era perfecta.

Demasiado perfecta.

—Es falsa.

—Lo sé.

Durante unos segundos ninguna habló.

Después Valeria añadió:

—Si el banco ejecuta esos créditos, intentarían quedarse también con tu patrimonio.

Esa noche apenas pude dormir.

A las seis de la mañana sonó mi teléfono.

Era el director financiero de la constructora.

—Señora Villaseñor… el señor Rodrigo está sacando cajas completas del archivo.

—¿Qué tipo de cajas?

—Las auditorías de los últimos cinco años.

Miré a Valeria.

Ella ya estaba tomando las llaves del coche.

—Va a destruir pruebas.

Llegamos veinte minutos después.

Pero alguien había llegado antes.

Tres camionetas blancas bloqueaban la entrada principal.

Varios agentes de la Fiscalía Especializada en Delitos Patrimoniales descendían con cajas para asegurar documentación.

Rodrigo permanecía inmóvil junto a su camioneta.

En la mano todavía sostenía una caja llena de expedientes.

Uno de los agentes se acercó.

—¿Señor Rodrigo Salazar?

Él intentó sonreír.

—¿En qué puedo ayudar?

—Tenemos una orden para asegurar toda la documentación financiera de esta empresa.

Rodrigo giró lentamente hacia mí.

Su mirada ya no tenía rabia.

Solo miedo.

—Fuiste tú…

Negué con la cabeza.

—No.

Levanté la vista hacia el edificio.

—Fue la contabilidad.

El agente abrió una de las cajas que Rodrigo intentaba sacar.

Dentro no había únicamente contratos.

Había también una libreta negra escrita completamente a mano.

El comandante hojeó las primeras páginas.

Su expresión cambió de inmediato.

—¿Quién llevaba este registro?

Nadie respondió.

Porque en la primera hoja aparecía un título que hizo palidecer incluso a Valeria.

“Pagos especiales a funcionarios. Archivo maestro.”

Y debajo del encabezado, el primer nombre escrito con tinta roja no era el de Rodrigo.

Era el de una persona mucho más poderosa, alguien cuya caída podía sacudir a toda la red de corrupción que llevaba años operando en Puebla.

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