El temporizador llegó a cero mientras la lluvia golpeaba con más fuerza el parabrisas.
Marcos no apartó la vista de la pantalla.
Miles de comentarios seguían apareciendo sin descanso.
—Que bajen.
—Hazlo de una vez.
—No te atreverás.
Él sonrió con una calma inquietante.
—¿Lo ves? La gente ya decidió.
Elena sintió un nudo en la garganta.
Miró nuevamente la cámara oculta instalada junto al tablero.
La pequeña luz roja seguía parpadeando.
Entonces entendió algo.
Aquella cámara no pertenecía al automóvil.
Había sido instalada cuidadosamente.
—¿Desde cuándo haces esto? —preguntó con la voz quebrada.
Marcos soltó una risa seca.
—Desde hace ocho meses.
Elena quedó inmóvil.
—¿Ocho meses?
—Los mejores momentos siempre generan más audiencia cuando son reales.
El niño comenzó a llorar con más fuerza.
Marcos ni siquiera lo miró.
Solo observaba cómo aumentaban las cifras de espectadores.
Cincuenta mil.
Sesenta mil.
Setenta mil personas conectadas.
—Hoy romperé mi récord.
Elena respiró profundamente.
De pronto recordó algo que había visto al subir al coche.
Un segundo teléfono estaba conectado al sistema de transmisión.
No estaba en manos de Marcos.
Estaba escondido debajo del asiento del conductor.
Mientras él seguía leyendo los comentarios, Elena deslizó lentamente la mano.
Logró sujetar el dispositivo sin hacer ruido.
La pantalla seguía mostrando la emisión en directo.
Pero también aparecía el nombre del administrador del canal.
No era Marcos.
Ella sintió un escalofrío.
—¿Quién es Adrián Vega?
Marcos dejó de sonreír.

Por primera vez en toda la noche perdió la calma.
—Devuélveme ese teléfono.
Elena levantó el aparato.
En la pantalla apareció un mensaje nuevo.
“La prueba terminó. Si quieres recibir el dinero completo, termina el desafío.”
Elena levantó lentamente la vista.
—¿Te están pagando por hacer esto?
Marcos guardó silencio.
Otro mensaje apareció inmediatamente.
“Más de cien mil espectadores. No falles.”
El rostro de Elena se llenó de horror.
Su esposo no estaba actuando solo.
Alguien dirigía todo desde el otro lado de la transmisión.
En ese instante, los faros de tres camionetas iluminaron violentamente el automóvil desde la carretera.
Los vehículos rodearon el coche por ambos lados.
Marcos palideció.
—No… ellos no debían llegar tan pronto.
Las puertas de las camionetas comenzaron a abrirse al mismo tiempo.
Y el primer hombre que descendió llevaba exactamente el mismo logotipo que aparecía en la pantalla del teléfono oculto.