PARTE 2
Mauricio se quedó mirando a Elena como si acabara de conocerla.
—¿Qué protección de bienes? —preguntó.
Elena guardó el celular en su bolso.
—La que necesitaba después de descubrir que llevabas meses intentando vender una casa que no puedes vender.
Arturo dio un paso hacia la puerta.
—Nosotros no sabemos nada de eso.
—Tú no te vas —dijo Elena sin levantar la voz.
Arturo se detuvo.
Doña Carmen se llevó una mano al pecho.
—¿Cómo te atreves a tratar así a la familia de un hombre enfermo?
Elena la miró.
Durante años, aquella frase habría bastado para hacerla retroceder. Habría pedido perdón, habría bajado la mirada y habría terminado firmando cualquier documento con tal de no “alterar” a Mauricio.
Pero esa mujer ya no existía.
—Mauricio no está muriendo por mi culpa —respondió—. Está usando su enfermedad para robarle la casa a su propio hijo.
Lorena abrazó a su hija y habló por primera vez.
—Nos dijeron que la casa ya era prácticamente de Arturo.
Elena volvió la cabeza hacia ella.
—¿Quién te lo dijo?
Lorena miró a Mauricio.
El silencio respondió por ella.
Mauricio se arrancó los sensores del pecho.
El monitor lanzó un pitido continuo.
—¡Fuera todos! —gritó—. Quiero hablar a solas con mi esposa.
Una enfermera entró de inmediato.
—Señor, vuelva a acostarse.
—¡Que se vayan!
La enfermera observó los papeles, las caras tensas y el vaso roto en el suelo.
—Voy a llamar a seguridad.
—No será necesario —dijo Elena—. Yo también quiero escucharlo.
Arturo tomó a Lorena del brazo.
—Vámonos.
Pero antes de que alcanzaran la puerta, aparecieron dos guardias acompañados por el doctor Salcedo.
El cardiólogo era un hombre de casi 60 años, de cabello gris y expresión severa.
—¿Qué está pasando aquí?
Mauricio señaló a Elena.
—Mi esposa canceló mi cirugía sin mi autorización.
El doctor lo miró con frialdad.
—Su esposa me informó que usted condicionó su consentimiento médico a la transferencia de una propiedad.
—Fue una discusión familiar.
—No —intervino Elena—. Fue una amenaza.
El doctor Salcedo cerró la puerta.
—Señor Mauricio, necesito que me responda con claridad. ¿Desea operarse mañana?
Mauricio apretó los labios.
Todos esperaron.
—Primero quiero resolver lo de la casa.
El médico soltó el aire lentamente.
—Entonces la cirugía queda suspendida hasta que el comité evalúe su capacidad para tomar decisiones sin presiones externas.
El rostro de Mauricio perdió el color.
—¡No puede hacerme eso!
—Usted acaba de negarse a un procedimiento urgente por una disputa económica. Mi obligación es documentarlo.
Doña Carmen comenzó a llorar.
—Doctor, mi hijo está nervioso. Esa mujer lo provoca.
Elena la ignoró.
Sacó de su bolso un sobre blanco y lo dejó sobre la cama.
Mauricio lo reconoció de inmediato.
Su expresión cambió.
—¿Dónde conseguiste eso?
—En el despacho del contador que despediste.
Arturo miró a su hermano.
—¿Qué contiene?
Elena abrió el sobre.
Sacó copias de transferencias bancarias, contratos privados y estados de cuenta.
—Durante casi 2 años, Mauricio desvió dinero de la empresa donde trabajaba y lo depositó en una cuenta a nombre de Arturo.
Arturo palideció.
—Eso es mentira.
—Aquí están las transferencias.
Elena colocó la primera hoja frente a él.
—Ochocientos mil pesos.
Después otra.
—Un millón doscientos mil.
Y una tercera.
—Seiscientos cincuenta mil más.
Lorena soltó el brazo de su esposo.
—¿De dónde salió ese dinero?
Arturo no respondió.
Elena continuó:
—Cuando la empresa empezó una auditoría, Mauricio necesitó justificar los depósitos. Por eso inventaron una compraventa de la casa. Si yo firmaba el convenio por 1 peso, ustedes podían hacer parecer que Arturo había entregado dinero en efectivo años atrás y que ahora solo estaban formalizando una operación pendiente.
El doctor Salcedo observó a Mauricio con incredulidad.
—¿Está usando una cirugía para obligar a su esposa a firmar documentos relacionados con un posible fraude?
—¡No es asunto suyo! —rugió Mauricio.
—En este hospital, cualquier forma de coerción sí es asunto nuestro.
Arturo agarró las hojas.
—Tú dijiste que todo estaba arreglado.
Lorena retrocedió.
—¿Me metiste en un fraude?
—Cállate —ordenó Arturo.
—¡No me mandes callar! Mi nombre aparece en esa cuenta.
Doña Carmen se interpuso.
—Todo lo hicieron por la familia.
Elena sintió una náusea profunda.
—No. Lo hicieron porque pensaron que yo seguiría pagando las consecuencias.
Mauricio la miró con odio.
—¿Desde cuándo sabes todo esto?
—Desde hace 3 meses.
—Entonces, ¿por qué no dijiste nada?
—Porque necesitaba saber hasta dónde eras capaz de llegar.
Aquella respuesta lo golpeó más que un grito.
Elena había descubierto la primera transferencia por accidente. Mauricio dejó abierta su computadora una madrugada. Ella buscaba un recibo del seguro médico y encontró una carpeta protegida con el nombre de Santiago.
Al principio creyó que contenía documentos relacionados con su hijo.
Dentro había contratos falsos, fotografías de la escritura de la casa y mensajes entre Mauricio y Arturo.
“Después de la operación no podrá negarse”.
“Carmen se encargará de hacerla sentir culpable”.
“Cuando firme, vendemos rápido”.
Elena había guardado copias de todo.
Después acudió en secreto con el licenciado Robles, separó sus cuentas, registró la procedencia de la herencia de su madre y solicitó una anotación preventiva para impedir cualquier movimiento sobre la propiedad.
También cambió su testamento.
Si algo le ocurría, la casa pasaría directamente a un fideicomiso para Santiago.
Mauricio no lo sabía.
Hasta esa noche.
—La propiedad está protegida —dijo Elena—. No pueden venderla, hipotecarla ni transferirla. Y desde esta tarde, los estados de cuenta están en manos del abogado de tu antigua empresa.
Mauricio intentó levantarse, pero el doctor lo detuvo.
—Elena, escúchame —dijo con voz temblorosa—. Podemos arreglarlo.
Ella sonrió con tristeza.
—Eso es lo que llevo 8 años haciendo. Arreglando tus deudas, tus mentiras y tus errores.
—Soy el padre de tu hijo.
—Precisamente por eso tu traición es peor.
Mauricio cambió de estrategia.
Su rostro se suavizó.
—Estaba asustado. La operación me hizo perder la cabeza.
—Los mensajes comenzaron mucho antes de que supieras que necesitabas operarte.
Él volvió a endurecerse.
—Sin mí no podrás mantener esa casa.
Elena sacó una última hoja.
—La hipoteca quedó liquidada esta mañana.
Mauricio parpadeó.
—Eso es imposible.
—Vendí el terreno que heredé de mi madre. El mismo terreno que tú querías usar como garantía para cubrir tus desfalcos.
Doña Carmen levantó la voz.
—¡Ese dinero pertenecía al matrimonio!
—La herencia era exclusivamente mía.
Elena recogió la carpeta azul.
—Y ahora también tengo pruebas de que intentaron obtener mi firma mediante amenazas.
Los guardias se acercaron a Arturo.
—Señor, debe abandonar la habitación.
Arturo miró a Mauricio con furia.
—Tú me metiste en esto.
—¡Tú aceptaste el dinero!
—Porque dijiste que nadie lo descubriría.
Lorena se cubrió la boca.
Doña Carmen dejó de llorar.
Mauricio cerró los ojos, consciente de que su propio hermano acababa de incriminarlo delante del médico, la enfermera y los guardias.
Elena caminó hacia la puerta.
—¿Adónde vas? —preguntó Mauricio.
—A casa.
—No puedes dejarme aquí antes de la operación.
Ella se detuvo.
—La cirugía nunca dependió de mi firma. Siempre dependió de tu decisión.
—Elena, por favor.
Era la primera vez en toda la noche que decía “por favor”.

Ella volvió la cabeza.
—Opérate por Santiago. No por mí.
Entonces salió.
El pasillo estaba casi vacío.
Las luces blancas del hospital hacían que todo pareciera irreal.
El licenciado Robles la esperaba junto a los elevadores con una mujer de traje oscuro.
—Elena —dijo el abogado—, ella es la licenciada Patricia Andrade, representante legal de la empresa de Mauricio.
Patricia extendió la mano.
—Gracias por entregar los documentos. La auditoría confirmó que faltan más de 9 millones de pesos.
Elena sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Nueve millones?
—Las transferencias que usted encontró son solo una parte.
La abogada abrió una carpeta.
—También descubrimos que Mauricio utilizó su firma digital para autorizar dos créditos empresariales.
Elena dejó de respirar.
—Yo nunca firmé ningún crédito.
—Lo sabemos. Por eso necesitamos su declaración formal.
El elevador se abrió, pero Elena no entró.
—¿Qué ocurre si la empresa denuncia?
Patricia la miró directamente.
—Mauricio podría salir del hospital bajo custodia.
Desde la habitación llegó un grito.
Después se escucharon pasos apresurados y el sonido de una alarma.
Elena se volvió, pensando que Mauricio finalmente había sufrido una crisis.
Pero no era un médico quien corría hacia la habitación.
Era Lorena.
Llevaba el celular de Arturo en la mano.
—¡Elena! —gritó—. ¡Tienes que ver esto!
En la pantalla había una conversación entre Arturo y Mauricio.
El último mensaje había sido enviado aquella misma tarde.
“Cuando Elena firme, espera 48 horas y deshazte de la casa. Después nos encargamos de que ella cargue con toda la deuda”.
Elena leyó dos veces.
Luego vio una fotografía adjunta.
Era una póliza de seguro de vida por 15 millones de pesos.
La persona asegurada era ella.
Y el beneficiario no era Santiago.
Era Mauricio.