PARTE 2: EL PLAN PARA APARTAR A LUCÍA.

Renata intentó recuperar la compostura.

—Darío, estás exagerando. Solo quería enseñarle límites.

Darío no respondió.

Siguió sosteniendo a Lucía, que escondía el rostro en su hombro mientras abrazaba con fuerza a Tito, su elefante de peluche.

Las dos invitadas permanecían en silencio.

Una de ellas tomó discretamente su bolso.

La otra evitó mirar a Renata.

Ninguna quiso defenderla.

—La única persona que necesita aprender límites aquí eres tú —dijo Darío con una calma que resultaba mucho más intimidante que un grito.

Renata sonrió con rigidez.

—Lo hago por el bien de la niña.

—No vuelvas a decidir cuándo mi hija puede sentirse en su propia casa.

Aquella comida terminó antes de empezar.

Las visitas se marcharon pocos minutos después.

Cuando cayó la noche, Doña Meche subió a dejarle un vaso de leche a Lucía.

La encontró dormida.

Pero al acomodar la cobija descubrió algo extraño.

Debajo de la almohada había un dibujo.

Aparecían Lucía, Darío y Tito tomados de la mano.

Más lejos, Renata estaba dibujada fuera de la casa.

Y junto a ella había una camioneta negra.

Doña Meche frunció el ceño.

Lucía jamás dibujaba vehículos.

Guardó el papel sin decir nada.

Una hora después, mientras buscaba un documento en el despacho, Darío escuchó voces provenientes de la terraza.

La puerta estaba apenas entreabierta.

Reconoció la voz de Renata.

Hablaba por teléfono.

—Solo aguanta unos días más.

Darío se quedó inmóvil.

—Cuando nos casemos será mucho más fácil.

Hubo una pausa.

Renata volvió a hablar.

—Ya averigüé todo. Con un informe psicológico diciendo que la niña no supera la muerte de su madre y que el padre trabaja demasiado, recomendarán un internado especializado por unos meses.

Darío sintió un golpe en el pecho.

Renata continuó.

—Después será cuestión de tiempo para que Lucía se acostumbre a vivir lejos.

El silencio que siguió fue insoportable.

Darío activó discretamente la grabadora de su teléfono.

Cada palabra quedó registrada.

Cuando Renata terminó la llamada y entró a la casa, él ya había desaparecido del pasillo.

A la mañana siguiente no dijo absolutamente nada.

Desayunó con normalidad.

Llevó a Lucía al jardín.

Incluso besó a Renata antes de salir.

Ella creyó que todo había vuelto a la normalidad.

A las once de la mañana recibió una invitación inesperada.

Darío quería que esa misma noche cenaran con el notario de la familia para hablar de los preparativos de la boda.

Renata sonrió satisfecha.

Pensó que finalmente había recuperado el control.

No imaginaba que aquella cena nunca trataría sobre un matrimonio.

Porque, una hora antes del encuentro, el investigador privado contratado por Darío llegó con una carpeta.

La dejó sobre el escritorio y dijo una sola frase:

—No solo planeaba sacar a Lucía de la casa, señor… también lleva seis meses reuniéndose en secreto con el hermano de su difunta esposa.

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