No dormí aquella noche.
A las cinco de la mañana ya estaba sentado frente al escritorio de mi abogado, Ignacio Beltrán.
Coloqué sobre la mesa las escrituras del taller, de la casa y del Jardín Santa Lucía.
Después saqué otra carpeta.
La más importante.
Ignacio la abrió lentamente.
Dentro estaban todos los comprobantes de pago de la boda.
El salón.
El banquete.
Las flores.
El mariachi.
El fotógrafo.
El vestido.
Las invitaciones.
Cada factura llevaba mi nombre.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó.
—Cancelar todo lo que legalmente pueda cancelarse.
Ignacio levantó la vista.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Las llamadas comenzaron de inmediato.

El salón confirmó que el contrato permitía cancelar el evento antes del ingreso de los invitados.
Perdería una parte del anticipo.
No me importó.
El servicio de banquete suspendió la entrega.
La empresa de decoración retiró los arreglos florales.
El mariachi nunca salió de sus oficinas.
Y el fotógrafo recibió la orden de no presentarse.
Solo hubo un proveedor que no pude cancelar.
El vestido de Sabrina.
Porque ya había sido entregado.
A las once de la mañana mi teléfono comenzó a sonar.
Era Victoria.
No contesté.
Después llamó Sabrina.
Tampoco.
A las once con cuarenta recibí un mensaje.
“¿Qué hiciste? El administrador del salón dice que todo está cancelado.”
Guardé el teléfono.
Quince minutos después llegué al Jardín Santa Lucía.
No como invitado.
Sino como propietario.
Desde la entrada observé el caos.
Los invitados permanecían bajo el sol.
No había música.
Las mesas estaban desnudas.
Los empleados desmontaban los últimos arreglos.
Victoria corría de un lado a otro.
Cuando me vio, caminó hacia mí furiosa.
—¡Estás loco!
—No.
—¡Vuelve a activar los contratos!
La miré con tranquilidad.
—¿Para qué?
—¡Es la boda de nuestra hija!
Negué lentamente.
—Ayer dejó muy claro que ya no soy su padre.
Victoria levantó la mano como si quisiera golpearme.
Se detuvo al ver a Ignacio acercarse.
Mi abogado entregó una carpeta.
—Señora Victoria, aquí tiene la notificación de divorcio.
Ella quedó inmóvil.
Sabrina apareció detrás de su madre.
Todavía llevaba el vestido blanco.
—Papá…
Era la primera vez que volvía a llamarme así desde la noche anterior.
—No hagas esto.
La observé durante varios segundos.
—¿Qué parte?
—La boda.
Respiré profundamente.
—La destruyeron ustedes cuando decidieron que solo servía para pagarla.
En ese momento llegó Raymundo.
Traje nuevo.
Zapatos italianos.
El reloj de cincuenta mil pesos brillando en su muñeca.
Intentó acercarse.
—Podemos resolver esto hablando como adultos.
Ignacio sacó otro documento.
—Antes tendrá que responder por esto.
Raymundo frunció el ceño.
Era una denuncia penal.
—¿Qué significa?
—Anoche quedó grabada una conversación donde ustedes planeaban inducir al señor Armando a hipotecar la casa y el taller para transferir el dinero a su cuenta.
El color abandonó el rostro de los tres.
Victoria miró desesperada a Sabrina.
Sabrina dio un paso hacia atrás.
Raymundo dejó de sonreír.
Ignacio continuó.
—La conversación ya fue entregada a la Fiscalía junto con la solicitud para congelar cualquier movimiento relacionado con esas propiedades.
El silencio fue absoluto.
Pero todavía faltaba el golpe definitivo.
Un hombre vestido de traje descendió de un automóvil negro y caminó directamente hacia mí.
Traía una carpeta con el sello del fideicomiso.
—Señor Armando…
Todos voltearon.
—Ya quedó registrada la modificación solicitada esta mañana.
Victoria tragó saliva.
—¿Qué modificación?
El representante abrió la carpeta y respondió con absoluta calma.
—Desde hace una hora, Sabrina dejó de ser la beneficiaria principal de todo su patrimonio… y la persona que ocupará ese lugar es alguien que ninguno de ustedes imaginó que seguía con vida.