PARTE 2: EL SECRETO QUE NICOLÁS OCULTÓ DURANTE SEIS AÑOS.

Don Jacinto permaneció inmóvil detrás del naranjo.

Tenía a su hijo a menos de veinte metros.

Durante seis años imaginó aquel encuentro cientos de veces.

En ninguna de ellas Nicolás lucía tan cansado.

Tan delgado.

Tan asustado.

Moro terminó de comer las migajas del bolillo y volvió a colocarse junto a la puerta, vigilando el camino como un centinela.

Nicolás levantó la vista varias veces hacia la carretera.

No era la mirada de alguien que esperaba visitas.

Era la de quien llevaba años esperando que lo encontraran.

Don Jacinto ya no pudo contenerse.

—Nico…

Su voz salió quebrada.

Nicolás dejó caer el pan.

La muleta resbaló sobre la tierra húmeda.

Durante varios segundos ninguno de los dos pudo moverse.

—Papá…

Los ojos del muchacho se llenaron de lágrimas.

Don Jacinto dio un paso.

Después otro.

Hasta abrazarlo con una fuerza que llevaba seis años guardando.

—Perdóname…

Nicolás rompió a llorar.

—Quise regresar muchas veces…

—Entonces ¿por qué no lo hiciste?

El joven bajó lentamente la cabeza.

Levantó la pernera del pantalón.

La pierna estaba atravesada por una larga cicatriz.

—El accidente ocurrió dos meses después de llegar a Guadalajara.

Respiró con dificultad.

—Trabajaba en un taller mecánico.

Un hombre quiso usar camionetas robadas para mover mercancía ilegal.

Cuando me negué… provocaron el choque donde perdí la movilidad de la pierna.

Don Jacinto sintió que el mundo se detenía.

—¿Quiénes fueron?

Nicolás negó con la cabeza.

—Pensé que si regresaba al pueblo también vendrían por ustedes.

Por eso desaparecí.

Conseguí esconderme aquí hace unos meses.

Solo salía de noche.

Moro era el único que podía entrar al pueblo sin levantar sospechas.

El perro movió lentamente la cola al escuchar su nombre.

Don Jacinto se arrodilló para acariciarlo.

—Todo este tiempo…

Moro apoyó el hocico sobre su mano.

Como si hubiera esperado aquel momento durante años.

En ese instante se escuchó el ruido de un motor.

Los tres levantaron la vista.

Una camioneta negra avanzaba lentamente por el camino de terracería.

Nicolás palideció.

—Nos encontraron.

Intentó ponerse de pie con la muleta.

Don Jacinto lo sujetó del brazo.

—¿Quiénes son?

—Los mismos hombres que destruyeron mi vida.

La camioneta se detuvo frente al huerto.

Bajaron dos sujetos.

Uno observó las huellas en el lodo.

El otro sonrió.

—Sabíamos que el perro terminaría llevándonos hasta ti.

Moro comenzó a gruñir.

Se colocó delante de Nicolás sin retroceder un solo paso.

Don Jacinto apretó con fuerza su viejo bastón.

El hombre dio otro paso y levantó la vista.

Entonces reconoció al anciano.

Su sonrisa desapareció.

—Así que tú eres el panadero…

Sacó lentamente un sobre amarillento del bolsillo de la chaqueta.

Lo lanzó al suelo.

—Antes de llevárnoslo, hay algo que deberías saber.

Don Jacinto abrió el sobre con manos temblorosas.

Dentro había una fotografía tomada hacía más de veinte años.

En ella aparecía Mercedes, su difunta esposa, abrazando a un bebé.

Pero el niño que sostenía entre los brazos… no era Nicolás.

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