PARTE 2: LOS CUATRO NOMBRES QUE LO DESTRUYERON.

Daniel quedó completamente inmóvil.

Giró lentamente hacia la puerta.

Su padre, Alberto, seguía de pie con una bolsa de ropa para el bebé entre las manos.

Había escuchado la última frase.

—¿Qué significa eso? —preguntó con la voz completamente quebrada.

Daniel señaló hacia mí.

—¡Pregúntaselo a ella!

Otra contracción me dobló sobre la cama.

La monitora fetal comenzó a sonar con insistencia.

La enfermera quiso acercarse.

Le levanté una mano.

—Todavía no.

Respiré con dificultad.

Después miré a Alberto.

—No estoy diciendo que ese bebé sea suyo.

Daniel frunció el ceño.

—¿Entonces por qué dijiste su nombre?

Lo observé durante varios segundos.

—Porque quería que sintieras exactamente lo mismo que yo sentí hace dos meses.

El silencio se volvió absoluto.

—¿De qué hablas?

Saqué lentamente el teléfono del bolsillo de mi bata.

Lo desbloqueé.

Busqué una carpeta.

La coloqué frente a Daniel.

Había capturas de pantalla.

Fotografías.

Transferencias bancarias.

Y decenas de mensajes.

Todos enviados desde el mismo número.

El contacto aparecía guardado como:

“Papá”.

Daniel sonrió con alivio.

—¿Eso qué demuestra?

Deslicé una imagen más.

Era una conversación completa.

No entre Alberto y yo.

Sino entre Alberto y Daniel.

—No le digas a tu esposa que sigo pagándote las deudas.

—Necesito otros veinte mil.

—Cuando nazca el niño, convéncela de usar su dinero. Tú no toques tus ahorros.

Daniel dejó de sonreír.

Continué pasando fotografías.

—Aquí está el pago de tu coche.

—Aquí el de tus tarjetas.

—Aquí los depósitos para tus viajes de tenis.

Todos salían de la cuenta de Alberto.

El hombre bajó lentamente la cabeza.

—Hijo…

Daniel comenzó a balbucear.

—Yo…

—¿Le dijiste a tu esposa que todo era fruto de tu esfuerzo?

Nadie respondió.

Respiré con dificultad.

—Durante cinco años me repetiste que nunca debía tocar tu patrimonio porque lo construiste solo.

Levanté el teléfono.

—La realidad es que quien sostuvo tu vida fue tu padre.

Otra contracción me hizo cerrar los ojos.

Las enfermeras ya preparaban el quirófano.

Pero aún no había terminado.

Miré nuevamente a Daniel.

—¿Sabes por qué mencioné a Marcos y a Roberto?

Él negó lentamente.

—Porque son exactamente el tipo de hombres que tú admiras.

Su rostro perdió todo color.

—Infieles.

—Irresponsables.

—Cobardes.

—Y tú preferiste creer que yo podía acostarme con ellos antes que aceptar que eras capaz de abandonar a tu esposa en pleno parto por ocho mil dólares.

La mujer de la cama contigua comenzó a llorar en silencio.

Alberto dio dos pasos hacia mí.

Sacó su cartera.

Entregó inmediatamente su tarjeta al personal del hospital.

—Cobren todo lo necesario.

Luego miró a su hijo.

—No vuelvas a llamarme para pedirme un solo centavo.

Daniel abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

En ese instante entró el obstetra.

—Señora, ya llegó a dilatación completa.

Es momento de ir a quirófano.

Mientras la cama comenzaba a avanzar por el pasillo, Daniel intentó acercarse.

—Déjame entrar contigo…

Lo detuve con una sola frase.

—El hombre que deja sola a una mujer por dinero… no merece conocer primero a su hijo.

Las puertas del quirófano se cerraron frente a él.

Cinco minutos después, su teléfono comenzó a sonar.

Era el director financiero de la empresa donde trabajaba.

Contestó sin entender.

Escuchó apenas unos segundos.

Su rostro se volvió completamente blanco.

Porque el hombre que acababa de retirarle todo su apoyo económico no era solo su padre.

También era el accionista mayoritario de la compañía… y acababa de ordenar su despido inmediato por una razón que Daniel jamás imaginó.

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