Nadie se movió.
La respiración de Rebeca era lo único que se escuchaba dentro del despacho.
La voz de mi padre continuó saliendo de la grabadora.
—No destruyas este archivo. Ya entregué una copia a mi notario y otra a una persona en quien todavía confío.
Rebeca dio un paso hacia la computadora.
Tomás se interpuso de inmediato.
—Ni lo intente, señora.
Mi padre siguió hablando.
—Durante meses alteraron mis medicamentos. Al principio pensé que el cáncer avanzaba más rápido de lo normal. Después descubrí que las dosis no coincidían con las recetas originales.
Sentí que mi abuela comenzaba a temblar.
Le tomé la mano.
—Tranquila, ya estoy aquí.
En la grabación se escuchó un largo silencio.
Luego llegó la frase que todos esperábamos.
—La persona que ayudó a Rebeca no fue un extraño.
Tragué saliva.
—Fue alguien que trabajó conmigo durante más de veinte años.
Rebeca cerró los ojos.
Iván dejó lentamente la caja sobre el suelo.
—No… eso no puede ser…
Mi padre pronunció un nombre.
—Federico Salas.
El director financiero de Transportes Zambrano.
El hombre que me había enseñado a revisar balances cuando era adolescente.
El mismo que asistía a todas las Navidades de nuestra familia.
Tomás golpeó la mesa con el puño.
—¡Sabía que ese hombre ocultaba algo!
Pero el audio aún no terminaba.
—Federico falsificó transferencias, preparó documentos y ayudó a vaciar la empresa antes de mi muerte.
Abrí rápidamente los sobres que Iván sostenía.
Había estados de cuenta.
Poderes notariales.
Copias de escrituras.
Y una carpeta llena de transferencias realizadas durante los últimos cuatro meses.
Todas terminaban en empresas distintas.
Pero tenían el mismo beneficiario final.
Una sociedad controlada por Federico.

Iván comenzó a llorar.
—Mamá me dijo que todo era legal… juró que papá quería proteger el patrimonio…
Rebeca intentó acercarse a su hijo.
Él retrocedió.
—¿También me mentiste a mí?
Ella ya no tenía respuestas.
En ese instante sonó el teléfono de Tomás.
Contestó.
Escuchó apenas unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
—Capitana…
—¿Qué pasó?
—El licenciado Aguirre… el notario de su padre.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué ocurre con él?
—Acaba de llegar a la entrada.
Respiró profundamente antes de continuar.
—Trae el testamento original.
Miré a Rebeca.
Por primera vez desde que regresé a Monterrey, dejó de fingir seguridad.
Pero el notario entró con otra persona.
Un comandante de la Fiscalía Especializada.
El licenciado colocó un sobre sellado sobre el escritorio.
—Este es el testamento auténtico de don Esteban.
El comandante dejó otra carpeta junto a él.
—Y esto contiene la orden de exhumación autorizada hace apenas una hora.
Todos quedaron inmóviles.
El comandante abrió lentamente la carpeta.
—Porque después de escuchar la grabación…
Levantó la vista hacia Rebeca.
—Ya no investigamos una posible falsificación de documentos.
Hizo una breve pausa.
—Ahora investigamos un homicidio… y el primer resultado del laboratorio confirma que el cuerpo de Esteban Zambrano contenía un veneno que solo una persona de esta casa podía administrar todos los días.