El nombre que aparecía en la pantalla bastó para helarle la sangre.
Víctor Salas.
El hombre al que nadie se atrevía a desobedecer.
Marcos respondió con la voz entrecortada.
—Todavía… todavía está en camino.
Al otro lado se escuchó una risa seca.
—Perfecto.
—Recuerda que ese frasco vale más que toda tu casa.
—Y no olvides quién tiene a tu hermano.
La llamada terminó.
Marcos quedó inmóvil.
Elena le arrebató el teléfono de las manos.
—¡Ya basta!
—¡Ese niño lleva veneno en la mochila!
Marcos cerró los ojos con fuerza.
Sabía que ella tenía razón.
No importaba cuánto dinero prometieran.
No importaban las amenazas.
Nada justificaba utilizar a su propio hijo.
Corrió hacia la puerta.
Las llaves del automóvil cayeron al suelo por el temblor de sus manos.
Las recogió y salió bajo la lluvia sin siquiera ponerse un abrigo.
Elena subió al asiento del copiloto.
—¡Date prisa!
Mientras tanto, el autobús escolar avanzaba por la avenida principal.
Mateo seguía sonriendo junto a la ventana.
Su compañero señaló el pequeño frasco.
—¿Eso qué es?
—Mi papá dice que es una medicina especial.
—Sirve para que nadie vuelva a enfermarse.
El otro niño extendió la mano con curiosidad.
—¿Me das un poquito?
Mateo comenzó a desenroscar lentamente la tapa.
En ese mismo instante, la maestra que viajaba al frente del autobús percibió un olor extraño.
Giró la cabeza.
Vio el frasco de cristal en manos del pequeño.
—¡Mateo!
El niño levantó la vista sorprendido.
La maestra caminó rápidamente hacia él.
Antes de llegar, el autobús pasó por un enorme bache.
El frasco escapó de las manos de Mateo.
Cayó al suelo.
Se hizo añicos.
Un líquido transparente comenzó a extenderse por el pasillo.
La maestra sintió un fuerte olor químico.
—¡Todos abran las ventanas!
El conductor frenó de golpe.
Los niños comenzaron a toser.
Al mismo tiempo, Marcos dobló la esquina y vio el autobús detenido en medio de la carretera.
Su corazón casi dejó de latir.
Saltó del automóvil incluso antes de detenerlo por completo.
Corrió desesperadamente bajo la lluvia.
—¡Mateo!
Los profesores ya estaban evacuando a los estudiantes.
Uno tras otro bajaban tosiendo, confundidos y llorando.
Marcos buscó a su hijo entre la multitud.
Pero Mateo no aparecía.
La maestra salió del autobús con el rostro pálido.
—Falta un niño.
Marcos sintió que el mundo se derrumbaba.
Sin pensarlo, subió corriendo los escalones.

El interior estaba cubierto por un fuerte olor químico.
Encontró a Mateo desmayado entre los asientos.
Lo cargó inmediatamente entre sus brazos.
El pequeño abrió apenas los ojos.
—Papá…
—Perdón…
—Se rompió tu medicina…
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Marcos.
—No era medicina, hijo…
—El que estaba completamente enfermo era yo.
En ese momento, varias patrullas rodearon el lugar.
Marcos creyó que venían por él.
Pero un agente descendió del vehículo y gritó algo que dejó helados a todos.
—¡Nadie se mueva!
—Acabamos de detener al jefe de la organización…
—Y confesó que el verdadero objetivo nunca fue transportar ese frasco, sino convertir al propio Mateo en el único testigo que debía desaparecer para siempre.