Don Jacinto ya no pudo seguir escondido.
Salió detrás del naranjo con los ojos llenos de lágrimas.
—Nicolás…
El bolillo cayó de las manos de su hijo.
La muleta resbaló sobre el piso de tierra.
Durante varios segundos ninguno de los dos habló.
Solo Moro caminó despacio hasta Don Jacinto y apoyó el hocico sobre su vieja bota, como si hubiera esperado aquel encuentro durante seis largos años.
—Papá… —susurró Nicolás.
Don Jacinto lo abrazó con todas sus fuerzas.
No le importó la cicatriz de su rostro.
Ni la pierna rígida.
Ni los años perdidos.
—Perdóname… perdóname por aquellas palabras.
Nicolás rompió a llorar.
—Yo también quise volver mil veces.
Entraron en la vieja casa abandonada.
Dentro apenas había un catre, una estufa oxidada y algunas herramientas de mecánico cuidadosamente acomodadas.
Don Jacinto observó todo en silencio.
—¿Por qué vivías aquí? ¿Por qué no regresaste conmigo?
Nicolás bajó la cabeza.
Abrió una vieja mochila.
Sacó un periódico amarillento.
En la portada aparecía la fotografía de un autobús destrozado.
—Dos meses después de llegar a Guadalajara, el taller donde trabajaba reparó una camioneta para una banda dedicada al robo de transporte.
Respiró profundamente.
—Yo descubrí que escondían mercancía robada dentro de los motores.
Le entregué pruebas a la policía.
Pensé que todo terminaría ahí.
Pero no terminó.
Sacó otra fotografía.
Su automóvil completamente destruido.
—Intentaron matarme.
Sobreviví…
Pero me dejaron esta pierna.
Don Jacinto sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Y por qué esconderte aquí?
—Porque uno de ellos juró que si volvía al pueblo empezaría por ti.
El anciano comprendió entonces por qué Moro robaba solo un bolillo cada mañana.
No era para un vagabundo.
Era para un hombre que llevaba seis años protegiendo a su padre desde las sombras.
Nicolás acarició al perro.
—Él nunca me abandonó.

Cuando me encontró otra vez cerca del pueblo, empezó a traerme comida.
Después descubrió tu carrito.
Cada amanecer iba por un bolillo.
Siempre el más grande.
Porque sabía que tú hacías el mejor pan.
Don Jacinto no pudo contener las lágrimas.
Se arrodilló frente a Moro.
—Perdóname por llamarte ladrón.
El viejo perro movió lentamente la cola.
En ese instante se escuchó un motor acercándose.
Los tres levantaron la vista.
Una camioneta gris se detuvo frente a la casa.
Bajaron dos hombres.
Uno llevaba una gorra negra.
El otro observó el suelo y sonrió.
—Las huellas del perro.
No nos equivocamos.
Nicolás empujó a su padre hacia el interior.
—¡Escóndete!
Pero Don Jacinto negó con firmeza.
—Ya no.
Tomó el viejo palo que usaba para mover las bandejas del horno.
Los hombres avanzaron hasta la puerta.
El mayor miró fijamente a Nicolás.
—Pensamos que habías muerto.
Luego vio a Don Jacinto.
Su expresión cambió por completo.
—Qué sorpresa…
Ahora también está aquí el panadero.
El hombre sacó lentamente una fotografía del bolsillo.
Era una imagen tomada esa misma mañana.
Mostraba a Don Jacinto colocando los bolillos sobre su carrito.
En el reverso había una frase escrita con tinta roja:
“Si encontrábamos al perro… sabíamos que también encontraríamos al único testigo que nunca logramos matar.”