PARTE 2 – EL HOMBRE DEL ABRIGO LA LLEVÓ HASTA UNA MANSIÓN DONDE DESCUBRIÓ QUE SU PADRE HABÍA OCULTADO SU VERDADERA IDENTIDAD

Sofía miró las sombras que avanzaban desde el extremo del callejón.

Alcanzó a distinguir el brillo de varias armas bajo la luz amarillenta de los faroles.

No tuvo tiempo para pensar.

Sujetó la mano del desconocido.

—Llévame con mi padre.

El hombre tiró de ella y ambos echaron a correr.

Un segundo disparo impactó contra la pared de piedra, justo donde Sofía había estado parada.

Los fragmentos salieron despedidos sobre su cabello.

El desconocido abrió una puerta metálica oculta detrás de varios contenedores.

—Entra.

Sofía descendió por unas escaleras estrechas mientras escuchaba pasos detrás de ellos.

El corredor subterráneo olía a humedad y combustible.

—¿Quiénes son esas personas? —preguntó sin dejar de correr.

—Hombres que llevan diez años buscando lo mismo que tú.

—¿A mi padre?

—No.

El desconocido apretó la llave dorada dentro del bolsillo.

—Lo que tu padre escondió antes de desaparecer.

Llegaron a un estacionamiento vacío.

Un automóvil negro los esperaba con el motor encendido.

Sofía se detuvo.

—No subiré hasta que me digas quién eres.

El hombre la miró con impaciencia.

—Me llamo Adrián Varela.

—Fui jefe de seguridad de tu padre.

Sofía negó con la cabeza.

—Mi padre reparaba relojes.

—Eso fue lo que él quiso que creyeras.

Adrián abrió la puerta trasera.

—Si nos encuentran aquí, no tendrás oportunidad de escuchar el resto.

Un golpe metálico resonó en las escaleras.

Los perseguidores acababan de entrar.

Sofía subió al vehículo.

Adrián ocupó el asiento delantero y ordenó al conductor avanzar.

El automóvil salió del estacionamiento justo cuando dos hombres aparecían detrás de ellos.

Durante varios minutos nadie habló.

Sofía observó las calles pasar a gran velocidad.

—¿Dónde vamos?

—A la única propiedad que todavía no controlan.

—¿Quiénes?

Adrián giró ligeramente el rostro.

—La familia real.

Sofía soltó una risa nerviosa.

—Eso es absurdo.

—No cuando tu padre era uno de ellos.

Ella se quedó inmóvil.

—Mi padre se llamaba Esteban Ríos.

—Ese fue el nombre que utilizó después de huir.

Adrián sacó la fotografía arrugada y se la entregó.

Señaló al político que aparecía junto a Esteban.

—Ese hombre es el duque Octavio de Alcázar.

—Hermano menor del rey.

Sofía observó el parecido entre ambos.

La misma forma de los ojos.

La misma mandíbula.

Incluso la misma cicatriz junto a la ceja.

—¿Qué relación tenía con mi padre?

Adrián tardó en responder.

—Eran hermanos.

Sofía sintió que una presión insoportable le cerraba el pecho.

—No.

—Mi padre no pertenecía a ninguna familia real.

—Tu padre nació como Gabriel de Alcázar.

—Era el primer hijo del antiguo monarca.

—Y el heredero legítimo al trono.

El automóvil abandonó la ciudad y tomó una carretera rodeada de bosques.

Sofía apretó la fotografía.

—Si eso fuera verdad, todo el país lo sabría.

—No si alguien borró su existencia.

Adrián explicó que, treinta años atrás, el palacio anunció que el príncipe Gabriel había muerto durante una excursión.

Pero en realidad había sobrevivido a un intento de asesinato.

La persona que organizó el ataque se aseguró de que jamás regresara.

—¿Octavio? —preguntó Sofía.

—Tu padre nunca logró demostrarlo.

—Por eso huyó, cambió su nombre y vivió como un hombre común.

—¿Y por qué desapareció hace diez años?

Adrián miró por la ventana.

—Porque encontró la prueba.

Sofía recordó la llave dorada.

—¿Qué abre?

—Una bóveda debajo de la residencia de invierno.

—Allí guardó documentos, grabaciones y la declaración del antiguo rey.

—Una declaración donde reconoce públicamente a Gabriel como su primogénito.

El coche se detuvo ante una verja oxidada.

Detrás se levantaba la misma mansión que aparecía en la fotografía.

Sus ventanas estaban oscuras.

La vegetación había cubierto gran parte de los muros.

Adrián sacó el arma antes de bajar.

—Permanece cerca de mí.

Entraron por una puerta lateral.

El interior estaba lleno de polvo y muebles cubiertos con sábanas.

Sofía sintió que ya había estado allí.

No recordaba cuándo.

Pero el olor a madera vieja y lavanda le resultaba extrañamente familiar.

—Mi padre me trajo aquí —murmuró.

Adrián se volvió.

—Tenías cuatro años.

—Fue la última vez que intentó regresar a la familia.

Avanzaron hasta una biblioteca.

En el centro había una gran pintura del antiguo rey junto a sus dos hijos.

Uno era Octavio.

El otro tenía el rostro de Esteban.

Debajo de la pintura se veía una niña pequeña tomada de su mano.

Sofía se acercó con el corazón acelerado.

—Esa soy yo.

Adrián introdujo la llave en una ranura oculta del marco.

Parte de la pared se abrió lentamente.

Detrás apareció una escalera que descendía hacia una cámara subterránea.

Dentro había cajas selladas, fotografías y documentos con el emblema real.

Sofía tomó una carpeta.

La primera hoja era una carta escrita por su padre.

“Si Sofía encuentra esto, significa que yo no pude protegerla.”

Las lágrimas nublaron su vista.

Adrián guardó silencio mientras ella continuaba leyendo.

“Mi hija no debe reclamar ningún trono. Solo debe conocer la verdad y mantenerse lejos de Octavio.”

Sofía levantó la mirada.

—Mi padre no quería que viniera aquí.

—No —admitió Adrián—. Pero ya no podemos seguir escondiéndote.

En ese instante se encendieron todas las luces de la bóveda.

Un aplauso lento resonó desde la escalera.

Adrián levantó el arma.

El duque Octavio descendía acompañado por varios guardias.

Llevaba el mismo anillo de la fotografía.

—Gabriel siempre tuvo debilidad por las cartas dramáticas —dijo con una sonrisa tranquila.

Sofía retrocedió.

—¿Dónde está mi padre?

Octavio observó la llave dorada en manos de Adrián.

—Más cerca de lo que imaginas.

Señaló una puerta metálica al fondo de la bóveda.

Sofía corrió hacia ella.

Adrián intentó detenerla, pero los guardias levantaron las armas.

La puerta se abrió con un chirrido.

Dentro había una silla, una manta y varios medicamentos.

Sobre una mesa descansaba el reloj de su padre.

Pero la habitación estaba vacía.

—Estuvo aquí —dijo Octavio—. Hasta esta misma mañana.

Sofía se volvió llena de rabia.

—¿Qué le hiciste?

—Nada que él no aceptara voluntariamente.

El duque sacó un sobre con el sello del palacio.

—Tu padre hizo un trato conmigo.

—Renunció a sus derechos para mantenerte con vida.

Sofía tomó el documento y lo abrió.

La firma de Gabriel aparecía al final.

Adrián negó inmediatamente.

—Está falsificada.

Octavio sonrió.

—Entonces quizá prefieran escuchar su voz.

Encendió una pequeña grabadora.

La voz de Esteban llenó la bóveda.

“Sofía, perdóname. Si estás escuchando esto, Adrián te ha mentido. No confíes en él.”

Sofía miró al hombre del abrigo.

Adrián perdió el color.

La grabación continuó:

“Octavio no intentó matarme hace treinta años. La persona que organizó el ataque fue la madre de Sofía.”

El silencio se volvió insoportable.

Sofía sintió que las manos le temblaban.

—Mi madre murió cuando yo era pequeña.

Octavio guardó la grabadora.

—Eso también fue una mentira.

Unos pasos suaves resonaron detrás de los guardias.

Una mujer elegante apareció en la entrada de la bóveda.

Tenía el cabello oscuro, los mismos ojos de Sofía y una cicatriz idéntica en el hombro.

La joven dejó caer la carta.

La mujer la contempló con lágrimas contenidas.

—Hola, hija.

Sofía no pudo moverse.

La desconocida extendió una mano hacia ella.

—Tu padre desapareció para protegerte de mí.

Luego miró a Octavio y pronunció la frase que hizo que incluso los guardias bajaran la cabeza:

—Pero ahora que la heredera ha regresado, el rey debe saber que la hija de Gabriel sigue viva.

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