Leonardo Alcázar no respondió una sola palabra.
La llamada terminó de golpe.
Durante un segundo, Marta creyó que había cometido el peor error de su vida.
Luego escuchó el rugido de un motor al otro lado de la línea antes de que el teléfono quedara completamente en silencio.
Apenas habían pasado treinta segundos cuando el celular de Verónica vibró.
Ella miró la pantalla, sonrió con tranquilidad y rechazó la llamada.
—Siempre tan controlador —murmuró con desprecio.
Desde el interior de la cava seguía escuchándose la respiración desesperada de Renata.
Cada jadeo era más corto.
Más débil.
Marta golpeó la pesada puerta de hierro con ambas manos.
—¡Renata! ¡Respira despacio, mi niña! ¡Ya viene tu papá!
No obtuvo respuesta.
Solo aquel silbido desgarrador que hacía temblar todo su cuerpo.
Verónica caminó lentamente hacia ella, acomodándose el cabello frente a un espejo.
—¿Sabes qué es lo mejor de la gente como tú?
Marta no contestó.
—Que siempre creen que hacer lo correcto sirve para algo.
Le arrebató el teléfono rojo de la mano y lo lanzó contra el suelo.

El aparato se hizo pedazos.
—Cuando Leonardo llegue, le diré que intentaste secuestrar a su hija para pedir rescate. Tu sangre en la cara será la prueba perfecta de que tú empezaste la pelea.
Marta sintió un escalofrío.
Sabía que cualquier mentira dicha por aquella mujer podía convertirse en una sentencia.
Pero volvió a escuchar la respiración de Renata.
Y comprendió que ya no importaba lo que ocurriera con ella.
Lo único importante era sacar viva a la niña.
Corrió hasta la cocina.
Recordó que el antiguo jefe de mantenimiento había comentado alguna vez que la puerta de la cava tenía una bisagra de emergencia.
Buscó desesperadamente una caja de herramientas.
Nada.
Abrió cajones.
Vació armarios.
Hasta que encontró una pesada barra metálica utilizada para mover las parrillas industriales.
Regresó corriendo.
Verónica soltó una carcajada.
—¿De verdad piensas abrir esa puerta con eso?
Marta levantó la barra.
Golpeó una vez.
Otra.
Y otra más.
El hierro apenas vibró.
Las manos comenzaron a sangrarle por el impacto.
Entonces el jadeo de Renata desapareció.
El silencio fue todavía más aterrador.
—¡Renata! ¡Respóndeme!
Nada.
Marta perdió el control.
Con un grito desesperado descargó toda su fuerza sobre la bisagra inferior.
El metal crujió.
Un segundo golpe.
Otro crujido.
Al tercero, la bisagra se desprendió.
La pesada puerta quedó entreabierta.
Marta logró abrir un pequeño espacio suficiente para deslizarse.
La cava estaba completamente oscura.
Solo una bombilla parpadeante iluminaba el rincón donde Renata permanecía encogida sobre el suelo de cemento.
Tenía los labios amoratados.
El inhalador seguía arriba.
La niña apenas movía el pecho.
Marta la tomó entre los brazos.
—No te duermas… mírame… por favor…
En ese instante, un estruendo sacudió toda la residencia.
Frenos.
Motores.
Puertas cerrándose de golpe.
Después llegaron decenas de pasos corriendo por el mármol.
Y una voz masculina, furiosa, hizo temblar cada rincón de la mansión.
—¡VERÓNICA!
Hasta los hombres armados guardaron silencio.
Porque jamás habían escuchado a Leonardo Alcázar gritar de esa manera.