No dormí aquella noche.
Esperé a que mi madre y Daniela creyeran que yo también había caído rendido por el viaje.
A las seis de la mañana salí de la casa con Lucía.
La llevé directamente al Hospital General de Querétaro.
Mientras los médicos repetían estudios y programaban el inicio urgente de su tratamiento, llamé al licenciado Eduardo Barrera, un abogado que había trabajado con mi padre muchos años atrás.
Una hora después estábamos sentados en su despacho.
Le entregué los comprobantes de las transferencias que había enviado desde Canadá.
Ciento tres mil ochocientos cuarenta dólares.
Mes tras mes.
Sin una sola interrupción.
Eduardo revisó los documentos durante varios minutos.
Luego levantó la vista.
—¿Todas las transferencias fueron a la cuenta de tu madre?
Asentí.
—Porque ella decía que administraría el dinero mientras yo volvía.
El abogado respiró despacio.
—Entonces el dinero dejó un rastro.
Le conté lo de la casa nueva.
La camioneta.
Las joyas.
Y el supuesto accidente del cabello de Lucía.
Cuando terminé, Eduardo cerró lentamente la carpeta.
—No vas a recuperar solo tu dinero.
—También vamos a demostrar qué hicieron con tu esposa.
Aquella misma tarde regresé a la casa.
Mi madre me recibió con una sonrisa que no le conocía desde hacía años.
—Hijo, estuve pensando…
—¿Sí?
—Lo mejor sería poner algunas propiedades a tu nombre antes de que llegue esa compensación.
Daniela apareció enseguida.
Traía una carpeta llena de documentos.
—Rodrigo conoce un notario que puede hacer todo rapidísimo.

Sonreí por dentro.
Habían mordido el anzuelo.
—Perfecto.
—¿Mañana mismo?
—Mientras más rápido, mejor.
Esa noche fingieron tratar a Lucía con amabilidad.
Le llevaron comida caliente por primera vez en meses.
Mi madre incluso le compró un pañuelo nuevo para cubrir su cabeza.
Lucía me miró en silencio.
Las dos sabíamos que aquello no era arrepentimiento.
Era hambre de dinero.
A la mañana siguiente llegamos a la notaría.
Mi madre llevaba todas las escrituras.
La casa.
La camioneta.
Dos terrenos que yo ni siquiera sabía que existían.
El notario comenzó a revisar los documentos.
—¿Todas estas propiedades fueron adquiridas durante los últimos cuatro años?
Mi madre respondió con rapidez.
—Sí, gracias al esfuerzo de mi hijo.
Eduardo tomó la palabra.
—¿Puede repetirlo, por favor?
Ella sonrió.
—Claro. Todo esto se compró con el dinero que Andrés enviaba desde Canadá.
Daniela asintió inmediatamente.
—Cada peso salió de lo que él mandó.
Eduardo hizo una pequeña anotación.
Después pidió al notario que leyera las fechas de compra.
Coincidían exactamente con mis transferencias bancarias.
Mi madre seguía sonriendo.
Todavía creía que aquellas respuestas la acercaban a los supuestos cuatrocientos mil dólares.
Entonces Eduardo cerró la carpeta.
—Perfecto.
—Acaban de reconocer voluntariamente que todos estos bienes fueron adquiridos con recursos enviados por mi cliente.
La sonrisa de mi madre desapareció.
—¿Cómo dice?
El abogado sacó otra carpeta mucho más gruesa.
—Y ahora presentaremos la demanda por apropiación indebida, administración fraudulenta y posible violencia económica contra la señora Lucía.
Daniela dio un paso atrás.
—¡Eso no era lo que íbamos a firmar!
—No.
—Pero sí era exactamente lo que necesitábamos escuchar.
En ese instante sonó mi teléfono.
Era el oncólogo.
Contesté de inmediato.
Escuché durante unos segundos.
Después cerré los ojos.
Lucía me observó con miedo.
—¿Qué pasó?
La miré y, por primera vez desde que regresé, pude sonreír de verdad.
—Llegamos a tiempo.
—El cáncer no se ha extendido.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
Mi madre intentó acercarse.
—Hijo, podemos hablar…
La detuve levantando una mano.
—Cuando Lucía pidió tres mil pesos para salvar su vida, ustedes le cerraron la puerta.
Miré uno por uno los documentos que acababan de entregar.
—Hoy acaban de entregarme algo mucho más valioso que esas propiedades.
Fruncieron el ceño.
Eduardo respondió por mí.
—Una confesión completa, firmada delante de un notario.
Y ninguno de los dos imaginaba que, mientras intentaban quedarse con una herencia inexistente, la policía ya estaba revisando los movimientos bancarios de los últimos cuatro años… junto con una transferencia realizada apenas dos semanas antes que podía convertir aquella ambición en un delito mucho más grave de lo que habían imaginado.