PARTE 2: EL ALCALDE CERCÓ EL MANANTIAL… Y EL PUEBLO DESCUBRIÓ SU PEOR SECRETO.

El presidente municipal, Jacinto Barrera, bajó de la camioneta con una sonrisa impecable.

Detrás de él descendieron cuatro policías municipales y dos hombres con chalecos de una empresa embotelladora.

Ni siquiera miraron a la gente que lloraba alrededor del agua.

Miraban únicamente el manantial.

—A partir de este momento —anunció Jacinto levantando la voz—, esta zona queda bajo resguardo del Ayuntamiento por razones de seguridad.

Los vecinos dejaron de llenar sus cubetas.

Una anciana dio un paso al frente.

—¿Cómo que bajo resguardo? Esa agua nos pertenece a todos.

Jacinto negó con la cabeza.

—El municipio administrará el recurso. Es por el bien común.

Los policías comenzaron a colocar cintas amarillas alrededor del nacimiento del agua.

Elías observó la bolsa de manta que aún sostenía entre las manos.

Volvió a leer la nota.

“Quien se adueña del agua terminará ahogándose en su propia ambición.”

Sintió un escalofrío.

Entonces recordó algo.

Tres años atrás, cuando la sequía apenas comenzaba, Jacinto había insistido en cerrar el antiguo pozo comunal alegando contaminación.

Pocos meses después apareció una empresa privada vendiendo agua a precios imposibles para el pueblo.

Nunca había relacionado ambos hechos.

Hasta ese momento.

Un ingeniero de la embotelladora sacó un plano.

—Aquí instalaremos las bombas de extracción.

Elías dio un paso al frente.

—¿Bombas?

—Claro —respondió el hombre con naturalidad—. Este manantial producirá miles de litros diarios.

Los campesinos comenzaron a protestar.

—¡Es nuestra única agua!

—¡Nuestros animales se están muriendo!

—¡No pueden llevársela!

Jacinto levantó una mano.

—Todo será legal.

—Cada familia recibirá la cantidad que el municipio considere necesaria.

Elías sintió que la rabia le subía por el pecho.

Durante dieciocho meses nadie había aparecido para ayudar.

Ahora que el agua brotaba sola, todos querían ser sus dueños.

Apretó la nota dentro del bolsillo.

—¿Quién autorizó vender un manantial que nació hoy?

Jacinto sonrió.

—Los documentos se firmaron hace seis meses.

El pueblo quedó en silencio.

—Eso es imposible —murmuró una mujer.

—Hace seis meses ni siquiera existía este manantial.

El presidente municipal desvió la mirada apenas un instante.

Fue suficiente.

Elías comprendió que aquello no era improvisado.

Alguien sabía desde mucho antes que el agua estaba allí.

En ese momento apareció Don Eusebio, el anciano más viejo del pueblo.

Caminaba apoyado en un bastón de mezquite.

—¡Mentira! —gritó con una fuerza inesperada.

Todos voltearon hacia él.

—Ese manantial siempre existió.

Jacinto palideció.

Don Eusebio señaló el cerro.

—Cuando yo era niño, aquí nacía agua todo el año. Después llegaron unos hombres con maquinaria y dinamita.

Los murmullos crecieron.

—¿Dinamita?

—Taparon el nacimiento para vendernos agua en pipas cuando llegara la sequía.

El silencio fue absoluto.

Jacinto intentó interrumpirlo.

—Ese señor ya está confundido por la edad.

Pero Don Eusebio abrió una vieja libreta de cuero.

Sacó una fotografía amarillenta.

En ella aparecía el mismo cerro.

Y detrás de un grupo de niños podía verse claramente el manantial corriendo entre las piedras.

La imagen tenía una fecha escrita a mano.

1978.

Elías tomó la fotografía con manos temblorosas.

Era la prueba de que el agua jamás había desaparecido por causas naturales.

Alguien la había ocultado.

En ese instante, un joven llegó corriendo desde la presidencia municipal.

Llevaba una carpeta bajo el brazo.

—¡Don Elías!

Apenas podía respirar.

—Encontré unos expedientes viejos… iban a quemarlos esta mañana.

Abrió la carpeta frente a todos.

En la primera hoja aparecía un contrato firmado veinte años atrás.

El nombre de Jacinto Barrera figuraba al pie de la página.

Y junto a su firma había una frase que hizo que todo el pueblo dejara de respirar.

“Proyecto de sellado permanente del nacimiento de agua de San Jerónimo del Mezquite.”

Jacinto dio un paso hacia atrás.

Los policías comenzaron a mirarse entre ellos.

Porque ya no estaban custodiando un manantial.

Estaban rodeando la escena de un fraude que llevaba décadas enterrado… y que podía convertir el milagro que salvó al pueblo en la evidencia capaz de destruir al hombre más poderoso de toda la región.

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