PARTE 2: LA CARTA REVELÓ QUIÉN HIZO DESAPARECER A SU HERMANO.

Las manos de Lucas comenzaron a temblar.

Volvió a leer la primera frase.

“Tu hermano no abandonó a su hijo. Mi madre se aseguró de que desapareciera.”

Respiró hondo antes de continuar.

“Si estás leyendo esto, significa que por fin alguien de la familia Mendoza decidió buscar la verdad. Daniel perdió mucho más que la memoria después del accidente. Perdió la oportunidad de volver con nosotros.”

La carta estaba fechada dieciocho meses atrás.

Camila explicaba que, tras salir del Hospital Civil, Daniel apenas recordaba su nombre. Reconocía algunas canciones, reaccionaba al tatuaje del quetzal y repetía el nombre de Lucas sin entender quién era.

Los médicos insistieron en que necesitaba tranquilidad y el apoyo de su familia para recuperar la memoria.

Pero nunca llegaron.

Porque alguien se encargó de impedirlo.

Lucas sintió un nudo en la garganta.

“Mi madre, Teresa Navarro, decía que un hombre sin memoria solo traería desgracias. También descubrió que Daniel era copropietario de la casa donde ustedes crecieron. Desde ese día comenzó a alejarlo de todos.”

Camila contaba que Teresa cambiaba constantemente de domicilio.

Le quitaba el teléfono.

Rompía las cartas.

Y aseguraba que la familia Mendoza jamás había preguntado por él.

Daniel terminó creyéndolo.

Hasta que una mañana desapareció.

Sin documentos.

Sin dinero.

Sin recordar quién había sido.

Lucas cerró los ojos.

Cinco años de orgullo acababan de convertirse en la peor culpa de su vida.

Doña Rosa apoyó una mano sobre su hombro.

—Aún queda más.

La última página contenía una dirección escrita a mano.

Una antigua clínica de rehabilitación en Tepatitlán.

Y una frase subrayada.

“Si algún día Daniel recupera un recuerdo, siempre habla de un molino abandonado junto a un río.”

Lucas conocía ese lugar.

De niños iban allí cada verano con su abuelo.

Era el único sitio donde cantaban aquella melodía que Emiliano acababa de tararear.

No podía ser una coincidencia.

Sin perder un minuto, pidió permiso en la comandancia y condujo hasta Tepatitlán.

La clínica seguía funcionando.

La directora revisó archivos antiguos.

Después de varios minutos encontró un expediente.

—Sí estuvo aquí.

Lucas contuvo la respiración.

—¿Dónde está ahora?

La mujer bajó la mirada.

—Solo permaneció quince días.

—Una señora firmó el alta voluntaria diciendo que era su familiar más cercano.

—¿Quién?

La directora giró lentamente la pantalla del ordenador.

El nombre hizo que Lucas apretara los puños.

Teresa Navarro.

La madre de Camila.

La misma mujer de la carta.

Había sacado a Daniel del centro sin autorización médica.

—¿Dejó alguna dirección?

—No.

—Pero sí una nota.

La directora abrió una carpeta.

Dentro había una hoja escrita con letra temblorosa.

“El paciente insiste en que tiene un hermano gemelo policía en Guadalajara. La acompañante afirma que se trata de delirios producto del traumatismo.”

Lucas sintió que la sangre le hervía.

Daniel había intentado recordar.

Y alguien se había encargado de convencer a todos de que estaba loco.

En ese instante sonó su teléfono.

Era un número desconocido.

Contestó de inmediato.

—¿Oficial Lucas Mendoza?

—Sí.

La voz de una mujer sonaba agitada.

—Mi nombre es Camila.

Lucas dejó de respirar.

—¿Camila… Navarro?

—No tengo mucho tiempo.

Escuchó una puerta cerrarse al otro lado.

Después un sollozo contenido.

—Encontré a Daniel hace tres semanas.

Las piernas de Lucas comenzaron a fallarle.

—¿Está vivo?

Hubo unos segundos de silencio.

Cuando Camila volvió a hablar, su voz estaba rota.

—Sí…

—Pero alguien volvió a encontrarlo antes que yo.

Y la última frase hizo que Lucas comprendiera que la pesadilla de su hermano estaba lejos de terminar.

—Si no llega antes del amanecer… esta vez sí van a conseguir que desaparezca para siempre.

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