Nadie respiró durante varios segundos.
El documento permanecía sobre la mesa como una amenaza.
Mateo tenía el rostro completamente pálido.
Laura nunca lo había visto tan asustado.
—¿Qué dice ese papel? —preguntó con la voz firme, aunque por dentro sentía que todo se derrumbaba.
Doña Elena acarició lentamente la carpeta.
Disfrutaba cada segundo de aquella tensión.
—La verdad.
Laura extendió la mano.
—Dámelo.
La anciana retiró el documento antes de que pudiera tocarlo.
—Todavía no.
Mateo dio un paso adelante.
—Mamá, basta. No tienes derecho.
—¿Derecho? —rió con desprecio—. El único que no tiene derecho eres tú.
Laura giró inmediatamente hacia su esposo.
Aquellas palabras no tenían sentido.
—¿Qué está ocultando?
Mateo cerró los ojos durante un instante.
No respondió.
Ese silencio fue mucho peor que cualquier confesión.
Doña Elena aprovechó la oportunidad.
—Hace siete años, cuando compraron esta casa, alguien puso dinero que tu querida esposa jamás imaginó.
Laura sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—Nosotros pagamos la hipoteca entre los dos.
—Eso es lo que Mateo quiso que creyeras.
La anciana dejó escapar una sonrisa venenosa.
—Sin mi dinero, ustedes nunca habrían cruzado esa puerta.
Mateo negó inmediatamente.
—No es así.
—¿Entonces explícale de dónde salió el pago inicial?
Laura volvió a mirarlo.
—Mateo…
Él abrió la boca varias veces, incapaz de encontrar las palabras.
Finalmente habló.
—Mi madre me prestó una parte.
Laura sintió una punzada de traición.
—¿Me mentiste durante siete años?
—Pensé que nunca volvería a mencionarlo.
—Porque sabía que esa casa acabaría siendo mía —interrumpió Elena.
Sacó otro documento del bolso.
—Aquí está el reconocimiento de deuda.
Laura leyó rápidamente las primeras líneas.
El préstamo existía.
También aparecía la firma de Mateo.
Pero había algo extraño.
La fecha.
El documento había sido firmado seis meses después de comprar la vivienda.
—Esto no tiene sentido.
Mateo levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué?
—La casa ya estaba pagada cuando firmaste esto.
Doña Elena perdió la sonrisa durante una fracción de segundo.
Laura siguió leyendo.
El contrato afirmaba que el dinero había sido entregado mediante transferencia bancaria.
Ella recordó perfectamente quién había realizado aquella transferencia.
Había sido su padre.
Todavía conservaba el comprobante.
—Este documento es falso.
La voz de Laura sonó tan segura que incluso Mateo quedó desconcertado.
—No sabes lo que dices.
—Sí lo sé.
Laura caminó hasta el despacho y regresó unos minutos después con una carpeta azul.
Siempre había guardado cada factura, cada contrato y cada recibo importante.
Sacó un comprobante bancario.
Lo colocó junto al supuesto préstamo.
—Aquí está el pago inicial.
Se hizo un silencio absoluto.
La transferencia provenía de la cuenta de su padre.
La fecha era seis meses anterior al documento de Elena.
Mateo tomó ambos papeles.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—Mamá…
Doña Elena intentó mantener la calma.
—Eso no demuestra nada.
—Demuestra que el préstamo nunca existió.
Mateo levantó lentamente la vista.
—¿Falsificaste mi firma?
La anciana evitó responder.
—Solo protegía a la familia.

—¡Respóndeme!
En ese instante sonó el timbre.
Los tres se quedaron inmóviles.
Laura no esperaba a nadie.
Mateo tampoco.
Doña Elena frunció el ceño.
Un segundo después volvió a sonar.
Laura abrió la puerta.
Un hombre de unos cincuenta años, traje oscuro, portafolios de cuero y expresión seria permanecía en el umbral.
—Buenas noches.
—¿Sí?
El desconocido mostró una credencial.
—Mi nombre es Andrés Salvatierra. Durante veintidós años fui el secretario personal del difunto señor Ricardo Álvarez.
Laura sintió un vuelco en el estómago.
Ricardo Álvarez era su suegro, fallecido hacía cinco años.
—¿Qué hace aquí?
El hombre miró directamente hacia el comedor.
Sus ojos se detuvieron sobre doña Elena.
Ella perdió todo el color del rostro.
—Vengo a cumplir la última instrucción que el señor Ricardo me dejó antes de morir.
Sacó un sobre lacrado.
En el frente solo había una frase escrita con la letra del fallecido.
“Abrir únicamente cuando Elena intente reclamar la casa.”