El estudio quedó completamente en silencio.
Alejandro Moretti respiró con un jadeo profundo.
El color comenzó a regresar lentamente a su rostro.
Seguía débil, pero ya no se estaba asfixiando.
Los dos guardias permanecían inmóviles, incapaces de comprender cómo una niña de cuatro años acababa de salvar la vida del hombre al que ellos habían jurado proteger.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
—¡Emma!
Mi madre corrió hacia mí con el rostro descompuesto.
Trabajaba como empleada doméstica en la mansión desde hacía apenas ocho meses.
Al verme arrodillada junto a Alejandro, creyó que todo estaba perdido.
Me abrazó con desesperación.
—Perdón, señor Moretti… ella solo es una niña…
Alejandro levantó lentamente una mano.
—No.
Su voz era apenas un susurro.
—Ella… me salvó.
Cinco minutos después llegó el médico privado.
Confirmó lo que yo había reconocido por experiencia.
—Fue una reacción anafiláctica severa.
Si la adrenalina hubiera llegado dos minutos más tarde…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Todos entendieron.
Alejandro volvió la mirada hacia mí.
—¿Usaste tu propio EpiPen?
Asentí.
Mi madre respondió por mí.
—Es el único de repuesto que podíamos comprar este mes.
Alejandro permaneció en silencio.
Sus ojos cambiaron.
Por primera vez dejó de mirar a una hija de una empleada.
Empezó a mirar a la niña que acababa de entregarle la única oportunidad que tenía de seguir vivo.
Uno de los jefes de seguridad señaló de pronto la pequeña luz roja sobre la biblioteca.
—La cámara.
Todos levantaron la vista.
Seguía grabando.
El sistema almacenaba automáticamente las últimas doce horas.
Alejandro habló con voz firme.
—Llévenme a la sala de vigilancia.
Las imágenes comenzaron a reproducirse.
Primero aparecía Alejandro trabajando solo.
Después entró un camarero con una botella de vino.
Sirvió una copa.
Salió.
Todo parecía normal.
Pero treinta segundos más tarde ocurrió algo que hizo que el aire desapareciera de la habitación.
Un hombre regresó.
No llevaba uniforme.
No llamó a la puerta.
Entró usando una llave.
Se acercó a la copa.
Sacó un pequeño frasco del bolsillo.
Vertió unas gotas transparentes.
Volvió a dejar el vaso exactamente en el mismo sitio.
Y salió con absoluta tranquilidad.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
Los guardias comenzaron a mirarse entre ellos.
Alejandro permanecía completamente inmóvil.
Conocía perfectamente a ese hombre.
El jefe de seguridad pausó la grabación.
—¿Quiere que lo detengamos ahora mismo?
Alejandro negó lentamente.
—No todavía.
Todos lo miraron sorprendidos.
—Si trabaja solo…
huirá.
Si tiene cómplices…
ellos mismos vendrán a avisarle.
Quiero a todos.
Durante las siguientes dos horas nadie abandonó la mansión.

Las puertas quedaron bloqueadas.
Los teléfonos fueron retenidos.
Los guardias revisaban discretamente cada movimiento.
Mientras tanto, Alejandro permanecía sentado en la biblioteca con una manta sobre los hombros.
Yo seguía abrazando a mi conejo de peluche.
Él me llamó con un gesto.
—¿Cómo te llamas?
—Emma.
Sonrió débilmente.
—Gracias, Emma.
Nunca olvidaré lo que hiciste.
Pensé que la historia terminaría allí.
Pero poco antes del amanecer llegó el director del sistema de seguridad.
Traía un disco duro en la mano.
—Señor…
hay un problema.
Alejandro levantó la vista.
—¿Cuál?
—La cámara del estudio no fue la única que grabó esta noche.
Conectó el disco al monitor.
Apareció una segunda grabación.
Era del pasillo exterior.
Mostraba claramente al hombre que había manipulado el vino.
Pero no estaba solo.
Antes de entrar al estudio se detuvo frente a otra persona.
Hablaron apenas unos segundos.
Después ambos estrecharon las manos.
Cuando la segunda persona giró el rostro hacia la cámara, todos en la sala dejaron de respirar.
No era un guardaespaldas.
No era un empleado.
Era el abogado personal de Alejandro Moretti, el hombre que llevaba veinte años administrando todos sus negocios y que, según el testamento firmado apenas seis meses antes, heredaría el control temporal de todo el imperio si Alejandro moría de forma inesperada.
Alejandro cerró lentamente los ojos.
Entonces comprendió que el intento de asesinato nunca había tenido como objetivo únicamente quitarle la vida, sino entregar miles de millones de dólares a la única persona que había tenido acceso absoluto a cada contrato, cada cuenta bancaria y cada secreto de la familia Moretti durante las últimas dos décadas.