PARTE 2: EL NOMBRE QUE TODO MÉXICO CREÍA MUERTO.

Lucía levantó la escopeta con las dos manos mientras Canelo no dejaba de ladrar.

Los golpes volvieron a sacudir la puerta.

—¡Abra! ¡Somos de Protección Civil! ¡Sabemos que hay sobrevivientes!

Daniel negó con la cabeza desesperadamente.

—No les crea… ellos nunca dicen quién los envía.

Lucía guardó silencio.

Había vivido toda su vida en la sierra y conocía demasiado bien la diferencia entre un rescatista y un cazador.

Los hombres verdaderamente preocupados por salvar vidas jamás golpeaban una puerta con tanta violencia.

Se acercó lentamente a la ventana lateral.

A través de una rendija distinguió dos camionetas negras sin placas.

Cinco hombres.

Ninguno llevaba uniforme.

Todos estaban armados.

Uno de ellos señaló la casa.

—La corriente no pudo llevárselos. Revisen cada cuarto.

Lucía retrocedió de inmediato.

—No son rescatistas.

Daniel cerró los ojos.

—Nos encontraron.

Los bebés comenzaron a llorar al mismo tiempo.

Lucía los tomó en brazos mientras Daniel intentaba levantarse.

Pero apenas dio un paso, cayó nuevamente sobre el piso.

Había perdido demasiada sangre.

—¿Quiénes son? —preguntó ella.

Daniel respiró con dificultad.

—Si te lo digo… también te convertirás en un objetivo.

—Ya lo soy desde que te saqué del río.

Él permaneció unos segundos en silencio.

Después miró a los dos pequeños.

—Ellos se llaman Mateo y Nicolás.

Lucía sonrió apenas.

—Pensé que eran gemelos.

—Lo son.

Volvió a escuchar otro golpe.

Esta vez más fuerte.

La madera comenzó a agrietarse.

Daniel tomó aire.

—Mi verdadero nombre no es Daniel.

Sacó con dificultad una cadena que llevaba escondida bajo la camisa.

En ella colgaba un pequeño medallón de oro con un escudo grabado.

Lucía no lo reconoció.

Pero sí reconoció la fotografía que apareció al abrirlo.

El hombre de la imagen salía constantemente en los periódicos económicos.

Era don Arturo Beltrán.

Fundador del Grupo Beltrán.

Uno de los empresarios más poderosos de México.

Daniel habló casi en un susurro.

—Soy Sebastián Beltrán.

Lucía sintió que el corazón dejaba de latir durante un instante.

Hacía tres meses todos los noticieros repetían la misma noticia.

“Desaparece el heredero del Grupo Beltrán junto con sus dos hijos.”

Las autoridades hablaban de un secuestro.

Algunos aseguraban que había huido del país.

Otros decían que estaba muerto.

El gobierno había desplegado operativos en cinco estados.

Incluso ofrecían una recompensa millonaria por información.

Y el hombre más buscado de México estaba ahora herido sobre el piso de su cocina.

—No fue un secuestro cualquiera —continuó Sebastián—. Fue alguien de mi propia familia.

Antes de que Lucía pudiera responder, uno de los hombres del exterior gritó:

—¡Encontramos huellas recientes! ¡Están aquí!

La puerta recibió una patada brutal.

Las bisagras comenzaron a ceder.

Sebastián sujetó con fuerza la muñeca de Lucía.

—Escúchame bien.

Sacó del bolsillo interior de su chaqueta una memoria USB completamente empapada.

—Aquí está la prueba de quién ordenó matarnos.

Lucía apenas alcanzó a guardarla dentro del delantal.

En ese mismo instante, la puerta de madera explotó hacia adentro.

Los hombres armados irrumpieron apuntando directamente hacia los dos bebés.

Pero el jefe del grupo se quedó completamente inmóvil al ver el rostro de Sebastián.

Bajó lentamente el arma.

Y pronunció unas palabras que dejaron helada a toda la habitación.

—Señor… nos dijeron que usted ya estaba muerto.

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