PARTE 2 – LA FIRMA DEL FUNERAL REVELÓ QUE SU MADRE HABÍA VENDIDO SU HERENCIA… Y MAURICIO SOLO ERA LA ÚLTIMA PIEZA DEL PLAN

Jimena Alcázar respondió antes de que amaneciera.

—No salgas de la casa y no confrontes a Mauricio —ordenó—. Envíame la fotografía original, el audio completo y cualquier documento que encuentres.

Claudia cerró la puerta del estudio y revisó la imagen tomada por Mateo.

El papel era un supuesto poder firmado seis años atrás. Autorizaba a Elvira a administrar las propiedades que Rafael había dejado a su hija.

La firma parecía auténtica.

Pero Claudia recordaba perfectamente aquel día.

Había pasado toda la tarde en el funeral, abrazada a Mateo, que entonces tenía apenas cuatro años. No había visitado ninguna notaría ni firmado un solo documento.

—Mamá —susurró el niño—, ¿la abuela también te quiere encerrar?

Claudia se arrodilló frente a él.

—No voy a permitir que nadie nos separe.

Por primera vez, no dijo aquello para tranquilizarlo.

Lo dijo como una promesa.

Durante los siguientes dos días fingió normalidad. Preparó el desayuno, escuchó las historias falsas de Mauricio y permitió que Elvira la llamara para preguntarle si se sentía “confundida”.

Mientras tanto, Jimena investigó.

El poder había sido registrado cuarenta y ocho horas después de la muerte de Rafael. El notario que aparecía en el documento había fallecido años atrás, pero su antiguo secretario seguía trabajando en una gestoría vinculada a Mauricio.

También descubrió que la casa de San Miguel de Allende ya tenía comprador.

El depósito había sido entregado a una empresa llamada Consultoría Robles del Centro.

El administrador legal era el doctor Salgado.

El mismo hombre que planeaba declarar a Claudia incapaz.

—No quieren empezar a robarte —explicó Jimena por teléfono—. Ya llevan años haciéndolo.

La cifra era mucho mayor de lo que Claudia imaginaba.

Rentas desviadas.

Inversiones liquidadas.

Terrenos vendidos mediante poderes falsos.

Casi veintidós millones de pesos habían desaparecido desde la muerte de su padre.

—¿Mi madre recibió el dinero?

Jimena guardó silencio.

—Una parte. La otra terminó en cuentas controladas por Mauricio antes de que se casara contigo.

Claudia sintió náuseas.

—Eso no es posible. Yo lo conocí un año después.

—Tú creíste conocerlo un año después.

Jimena le envió una fotografía antigua tomada en una comida privada.

En ella aparecían Mauricio, Elvira y el doctor Salgado sentados junto a Rafael.

La fecha correspondía a tres meses antes de su muerte.

Claudia tuvo que apoyarse en el escritorio.

Su matrimonio no había sido una casualidad.

Mauricio había entrado en su vida después de estudiar cada propiedad, cada cuenta y cada debilidad que Elvira conocía de su propia hija.

Aquella noche, Mauricio dejó una taza de té sobre el buró.

—Te noto muy alterada últimamente —dijo—. El doctor Salgado puede venir mañana a evaluarte.

Claudia observó el líquido.

—¿Ya hablaste con él?

Mauricio tardó apenas un segundo en responder.

—Solo me preocupa tu salud.

Ella sonrió.

—Entonces invítalo.

A la mañana siguiente, el doctor llegó con una carpeta médica ya preparada.

Elvira también apareció, fingiendo sorpresa al encontrarlo allí.

Los tres se sentaron frente a Claudia en la sala.

Mateo permanecía en su habitación, siguiendo todo desde una cámara instalada por Jimena.

—Claudia —comenzó Salgado—, tu familia cree que podrías estar atravesando un episodio de desorientación.

—¿Mi familia?

—Tu esposo y tu madre.

Elvira tomó su mano.

—Solo queremos ayudarte, hija.

Claudia la retiró lentamente.

—Entonces explíquenme por qué falsificaron mi firma durante el funeral de papá.

El silencio fue inmediato.

Mauricio dejó de sonreír.

Elvira miró al doctor.

Salgado cerró la carpeta.

—No sé de qué estás hablando.

Claudia colocó sobre la mesa una copia del poder.

Después puso el teléfono y reprodujo el audio grabado desde la ventana.

La voz de Mauricio llenó la sala.

“Después la internamos y listo.”

Elvira se levantó de golpe.

—¡Esa grabación es ilegal!

—Lo ilegal fue vender mis propiedades y robar mi fideicomiso —respondió Claudia.

Mauricio caminó hacia ella.

—Dame ese teléfono.

No alcanzó a tocarla.

La puerta principal se abrió y entraron Jimena, dos agentes de investigación y un representante del banco fiduciario.

Mauricio retrocedió.

El doctor Salgado intentó guardar sus documentos, pero uno de los agentes se los quitó.

Entre las hojas apareció una evaluación psicológica firmada con fecha del día anterior.

Declaraba que Claudia representaba un peligro para Mateo.

Ni siquiera la había examinado todavía.

Elvira se dejó caer en el sillón.

—Yo solo quería asegurar el futuro de mi nieto.

Mateo apareció en la escalera.

—Mentira, abuela.

Todos voltearon.

El niño sostenía una memoria USB.

—Anoche papá entró a mi cuarto y quiso enseñarme qué debía decir ante el juez. Lo grabé todo.

Mauricio se puso pálido.

Pero Jimena todavía guardaba la prueba más grave.

Sacó un sobre sellado perteneciente al expediente de Rafael.

—La firma falsa no fue lo primero que hicieron —dijo—. El señor Rafael descubrió los retiros antes de morir y cambió su testamento.

Claudia contuvo el aliento.

—¿Qué dejó escrito?

Jimena la miró con seriedad.

—Que si algo le ocurría, investigaran a Elvira, al doctor Salgado… y al hombre que ella estaba preparando para acercarse a ti.

Después colocó una fotografía sobre la mesa.

Era Mauricio entrando al hospital donde Rafael murió.

La imagen había sido tomada horas antes de que los médicos anunciaran el fallecimiento.

Claudia miró a su esposo.

Entonces comprendió que ya no estaban investigando solamente una estafa.

También debían averiguar qué había ocurrido realmente durante la última noche de su padre.

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