Parte 2: LA FOTOGRAFÍA TOMADA DOS AÑOS ANTES DEMOSTRÓ QUE MI MEMORIA HABÍA DESAPARECIDO, PERO NO NUESTRO PASADO

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Eso es imposible.

Julian respiró profundamente.

—Ojalá lo fuera.

Metió la mano en el bolsillo de su mochila y sacó una cartera de cuero desgastada.

De su interior extrajo una fotografía doblada por las esquinas.

Me la tendió con manos temblorosas.

La tomé.

En la imagen aparecía una chica sonriendo junto a un lago.

Tenía el cabello mucho más largo.

Llevaba un vestido amarillo.

Y estaba abrazando a Julian.

La muchacha era yo.

O alguien idéntica a mí.

En la parte trasera había una fecha.

Dos años antes de que empezáramos la universidad.

Y una frase escrita con mi propia letra.

“Para Julian. Pase lo que pase, siempre encontrarás a tu Nuan Nuan.”

Mi respiración se aceleró.

—No…

Eso no puede ser.

Jamás he visto esta fotografía.

—Porque ya no la recuerdas.


Retrocedí un paso.

—¿Qué me ocurrió?

Julian guardó silencio unos segundos.

Después habló con una voz serena.

—El verano antes de empezar la universidad sufriste un accidente.

Un conductor perdió el control de su automóvil.

Tú estabas cruzando la calle.

Sentí un fuerte dolor de cabeza.

Como si una puerta intentara abrirse desde dentro.

Fragmentos.

Luces.

Lluvia.

El sonido de una ambulancia.

Nada más.


—Estuviste varias semanas hospitalizada —continuó Julian—. Cuando despertaste, habías perdido parte de tus recuerdos recientes.

Negué una y otra vez.

—Mis padres nunca me dijeron eso.

—Porque los médicos pensaban que presionarte podía empeorar las cosas.

Me llevé una mano a la frente.

Todo parecía demasiado absurdo.

—¿Y tú?

¿Por qué fingiste que no podías hablar?

Julian bajó la mirada.

—Porque cuando intenté acercarme después del accidente…

te asustaste.

No me reconocías.

Cada vez que escuchabas mi voz intentabas recordar y terminabas con fuertes migrañas.

El especialista recomendó no insistir.

Así que decidí permanecer cerca de otra manera.


Las piezas comenzaron a encajar lentamente.

La manera en que siempre aparecía cuando yo estaba nerviosa.

Cómo parecía conocer mis gustos antes de que yo los mencionara.

Por qué nunca necesitaba preguntarme demasiado para entender lo que sentía.

No era casualidad.

Ya me conocía.


—¿Por qué nunca me obligaste a recordar?

Julian sonrió con tristeza.

—Porque prefería que fueras feliz sin mí…

a verte sufrir intentando recuperar algo que quizá nunca volvería.

Sentí un nudo en la garganta.

Durante todo ese tiempo había pensado que era yo quien utilizaba a Julian para aliviar mi ansiedad.

Ahora comprendía que él había permanecido a mi lado sin exigir explicaciones, esperando que algún día recuperara por mí misma aquello que había perdido.


Pensé que aquella era toda la verdad.

Entonces sonó mi teléfono.

Era mi madre.

Contesté.

—¿Amelia?

Su voz sonaba alterada.

—¿Dónde estás?

—En el campus.

Hubo un largo silencio.

Después preguntó algo que me heló la sangre.

—¿Has visto a Julian?

Miré hacia él.

—Sí.

Mi madre respiró hondo.

—Entonces ya lo sabes.

—¿Saber qué?

Su respuesta llegó entre lágrimas.

—Nunca quisimos mentirte.

Pero el accidente no fue la única razón por la que olvidaste esos dos años.

La llamada se cortó.


Julian cerró los ojos como si hubiera esperado ese momento durante mucho tiempo.

—Tu madre tiene razón.

No fue solo el accidente.

Sacó un segundo sobre de su mochila.

Dentro había un informe firmado por un neurólogo y varias páginas de terapia psicológica.

En ellas se explicaba que, tras el choque, los especialistas concluyeron que parte de los recuerdos no desaparecieron únicamente por la lesión física: el trauma emocional asociado al accidente había provocado una amnesia que afectó precisamente el período en el que Julian y yo nos habíamos conocido, y el último registro del expediente indicaba que los médicos recomendaron no revelar la verdad hasta que mi memoria comenzara a recuperarse de forma natural, porque forzarla podía poner en riesgo todo el proceso que durante dos años había intentado reconstruir silenciosamente mi propia identidad.

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