Alexander Vaughn no aceleró el paso.
Tampoco mostró sorpresa por las palabras de la anciana.
Cruzó el salón con la misma serenidad con la que un hombre entra en una reunión importante.
Cada paso aumentaba el silencio.
Nathaniel fue el primero en reaccionar.
—¿Qué demonios haces aquí?
Alexander apenas lo miró.
—Recibí una invitación de la junta directiva. No sabía que tu fiesta terminaría convirtiéndose en una despedida.
Las últimas palabras hicieron que varias personas intercambiaran miradas.
Nathaniel soltó una risa burlona.
—No sé qué juego estás intentando, pero Claire es mi prometida.
Alexander detuvo finalmente sus pasos frente a mí.
Su voz fue tranquila.
—¿Estás segura?
Aquella simple pregunta me dejó sin respuesta.
Porque, por primera vez en muchos meses, alguien me preguntaba qué quería yo.
No lo que esperaba Nathaniel.
No lo que necesitaba la empresa.
No lo que convenía a la familia Reed.
Sophia rompió el silencio.
—Nathaniel, antes de hablar de promesas deberías explicar por qué acabas de regalar el único deseo que Claire llevaba esperando más de diez años.
Nathaniel frunció el ceño.
—Solo ayudé a una empleada cuya madre está enferma.
—Con el regalo que era para tu prometida.
—Era una lectura. Nada más.
La anciana Eleanor levantó lentamente la cabeza.
—No era una lectura cualquiera.
Todos volvieron a mirarla.
—Hay preguntas cuya respuesta cambia una vida. Por eso dejé de hacerlo hace diez años.
Nathaniel hizo un gesto de impaciencia.
—Con todo respeto, señora, hablar del destino en pleno siglo veintiuno resulta un poco exagerado.
La anciana sonrió.
—Entonces supongo que tampoco le importará conocer la otra parte de la predicción.
Nathaniel cruzó los brazos.
—Adelante.
Eleanor observó fijamente una de las piezas de jade.
Después habló despacio.
—El hombre que debía casarse con Claire perdió ese futuro en el instante en que decidió poner a otra mujer por delante de ella.
La sonrisa desapareció del rostro de Nathaniel.
—Eso no significa nada.
—Significa exactamente lo que acaba de escuchar.
Chloe comenzó a sentirse incómoda.
—Señor Reed… quizá deberíamos volver a la mesa…
Nathaniel ni siquiera la oyó.
Seguía mirándome.
Como si esperara que yo desmintiera a la anciana.
Pero no dije una sola palabra.
Porque, por primera vez en siete años, recordé algo que llevaba demasiado tiempo intentando olvidar.
Conocí a Alexander mucho antes que a Nathaniel.
Trabajábamos en el mismo programa universitario de innovación empresarial.
Él era reservado.
Brillante.
Y desesperadamente honesto.
Nunca intentó impresionarme.
Solo aparecía cuando yo necesitaba ayuda.
Cuando mi padre enfermó, fue Alexander quien pasó tres noches seguidas en el hospital llevando comida a mi madre.
Cuando perdí mi primera oportunidad de estudiar en el extranjero, fue él quien preparó conmigo una nueva solicitud.
Jamás pidió nada a cambio.
Un día, al terminar la universidad, me invitó a caminar por el jardín del campus.
—Claire…
Todavía recordaba perfectamente aquella tarde.
—Creo que me he enamorado de ti.
Yo tenía el corazón ocupado.
Llevaba varios meses saliendo con Nathaniel.
Lo rechacé con toda la delicadeza que pude.
Alexander sonrió.
No insistió.
Solo dijo una frase que nunca olvidé.
—Si algún día descubres que elegiste por costumbre y no por amor… espero que todavía pueda reconocerte.
Después desapareció de mi vida.
Hasta aquella noche.
Nathaniel dio un paso hacia mí.
—Claire… no escucharás estas tonterías, ¿verdad?
Lo observé durante varios segundos.
—¿Recuerdas cuál era la única pregunta que quería hacer esta noche?
Él tardó unos segundos en responder.
—La fecha de la boda.
Negué lentamente.
—No.
Su expresión cambió.
—Quería saber si el hombre con el que iba a casarme me elegiría siempre a mí cuando llegara el momento de decidir entre mi felicidad y la de otra persona.
Nathaniel abrió la boca.
No encontró palabras.

Porque ambos conocíamos la respuesta.
No hacía falta ninguna vidente para descubrirla.
Ya la había demostrado delante de toda la empresa.
Sophia dio un paso adelante.
—¿Sabes qué fue lo peor, Nathaniel?
Él permaneció en silencio.
—No fue que ayudaras a Chloe.
Fue que nunca pensaste en preguntarle a Claire si estaba dispuesta a renunciar a ese momento.
Nathaniel respiró hondo.
—Solo intenté hacer lo correcto.
Alexander habló por primera vez desde que llegó.
—No.
Toda la sala volvió a guardar silencio.
—Hiciste lo que te resultó más cómodo.
Miró directamente a Nathaniel.
—Llevas años dando por hecho que Claire siempre estará ahí para entenderte.
Nathaniel apretó los puños.
—No te metas en esto.
Alexander ni siquiera cambió el tono de voz.
—Me metí hace siete años.
Solo que entonces ella eligió darte la oportunidad que yo jamás tuve.
Nathaniel sintió un golpe en el pecho.
—¿Siete años?
Sophia sonrió con tristeza.
—Sí.
Alexander nunca dejó de preguntar por Claire.
Nunca salió con otra mujer.
Nunca habló mal de ella.
Simplemente esperó que algún día dejara de conformarse con alguien que siempre la hacía ocupar el segundo lugar.
El salón entero quedó en silencio.
Nathaniel giró lentamente hacia mí.
—¿Eso es cierto?
Miré a Alexander.
Él negó casi imperceptiblemente.
Como diciendo que no respondiera por compromiso.
Que solo hablara si realmente lo sentía.
Entonces comprendí la diferencia entre ambos hombres.
Uno siempre esperaba que yo cediera.
El otro siempre esperaba que yo eligiera libremente.
Respiré profundamente.
Me acerqué a Nathaniel.
Saqué del bolso el anillo de compromiso.
Lo sostuve unos segundos entre los dedos.
Y lo dejé sobre la mesa donde minutos antes él había entregado mi único deseo a otra mujer.
El pequeño diamante produjo un sonido seco al tocar la madera.
—La señora Eleanor se equivocó en una sola cosa.
Nathaniel levantó la cabeza de inmediato.
Una pequeña esperanza apareció en sus ojos.
Lo miré por última vez.
—Mi boda no empezó a cambiar esta noche.
Sonreí con una serenidad que ya no conocía.
—Empezó el día en que dejaste de elegirme sin darte cuenta.
Sin esperar su respuesta, caminé hacia la salida.
Alexander no intentó tomar mi mano.
Solo caminó a mi lado.
Como había prometido siete años atrás.
Esperando.
Pero esta vez…
Esperando a una mujer que, por fin, había dejado de elegir a la persona equivocada.