Mateo no opuso resistencia.
Elena lo sujetó del brazo y caminó hacia la salida mientras todos los invitados permanecían inmóviles, incapaces de comprender lo que acababa de ocurrir.
Lucía respiraba con dificultad.
Sus ojos seguían clavados en aquel documento.
—No… eso no puede ser.
Elena se detuvo.
Sin volver la cabeza, respondió con una serenidad que heló el salón.
—Claro que puede.
Le lanzó la carpeta.
Lucía la abrió con manos temblorosas.
En la primera página aparecía el acta de matrimonio entre Elena y Mateo, registrada cuatro años atrás.
En la segunda, un convenio de separación que nunca había sido ratificado por un juez.
Legalmente, seguían siendo marido y mujer.
Lucía levantó lentamente la vista.
—¿Me mentiste todo este tiempo?
Mateo cerró los ojos.
No encontró ninguna respuesta.
El silencio fue suficiente.
La copa que Lucía sostenía cayó al suelo y estalló en cientos de fragmentos.
—Me juraste que estabas divorciado.
Elena sonrió con amargura.
—A mí me juró que viajaba por trabajo.

Las dos mujeres comprendieron al mismo tiempo que ninguna conocía la verdad completa.
Entonces uno de los invitados dio un paso al frente.
Era el notario que había sido contratado para anunciar el compromiso de Mateo y Lucía aquella misma noche.
Sostenía otra carpeta.
—Hay algo que todos deben saber antes de que se marchen.
Mateo perdió el color del rostro.
—No abra esos documentos.
Pero ya era demasiado tarde.
El notario leyó en voz alta.
—El señor Mateo solicitó hace dos semanas la creación de un fideicomiso que transferirá la totalidad de sus bienes a la persona con la que permanezca legalmente casado el día primero del próximo mes.
Un murmullo recorrió la mansión.
Lucía comprendió por fin el verdadero motivo.
Nunca había podido casarse con ella.
Porque todavía necesitaba seguir casado con Elena para conservar toda su fortuna.
Elena dejó escapar una risa triste.
—Así que no era amor.
—Era dinero —susurró Lucía.
Mateo dio un paso hacia ambas.
—Puedo explicarlo.
Ninguna quiso escucharlo.
Sin embargo, el notario levantó una última hoja del expediente.
—Hay un detalle más.
Todos volvieron la mirada hacia él.
—El fideicomiso ya no depende de la decisión del señor Mateo.
El notario señaló el nombre de la beneficiaria.
Elena frunció el ceño.
Lucía también.
Las dos esperaban leer el nombre de alguna de ellas.
Pero el documento mostraba otro nombre completamente distinto.
Una mujer de la que ninguna había oído hablar jamás.
Valeria Serrano.
Y junto a ese nombre aparecía una anotación que dejó a todo el salón en absoluto silencio:
“Cónyuge legal registrada desde hace siete años.”