PARTE 2: CUANDO BYROWAY ABRIÓ LA BÓVEDA, DESCUBRIÓ QUE LA MUJER A LA QUE DESTRUYÓ YA LO HABÍA CONDENADO.

Las pantallas del centro de mando comenzaron a llenarse de cifras, nombres y rutas bancarias.

Cada cuenta vinculada a Byroway aparecía marcada en rojo.

Propiedades en Londres.

Sociedades fantasma en Panamá.

Fondos ocultos en Suiza.

Obras de arte compradas mediante intermediarios.

Durante años, aquel hombre había escondido la fortuna robada detrás de cientos de empresas vacías. Creyó que nadie podría reconstruir el camino del dinero.

Se equivocó.

—Encontramos la cuenta principal —anunció uno de los analistas—. Tiene más de cuatrocientos millones.

Ella no mostró sorpresa.

Permaneció frente a la pantalla con el rostro inmóvil, aunque sus manos seguían temblando.

—Congélenla.

El hombre que había jurado protegerla levantó una mano.

—Antes quiero saber adónde movió el dinero durante el año de la traición.

El analista abrió otro archivo.

Apareció una lista de transferencias realizadas la misma semana en que ella perdió su empresa, su casa y su identidad legal.

Una de aquellas transferencias tenía un destinatario inesperado.

—No puede ser —murmuró ella.

El nombre pertenecía a su antiguo abogado.

El hombre que le había jurado que la defendería.

El mismo que le aconsejó firmar los documentos que entregaron su imperio a Byroway.

—Él también estaba involucrado —dijo con la voz rota.

El hombre que estaba a su lado apretó los puños.

—Entonces caerá con los demás.

En ese instante, uno de los teléfonos seguros comenzó a sonar.

La llamada provenía de la residencia privada de Byroway.

Él mismo estaba intentando comunicarse.

—Contesta —ordenó ella.

La pantalla se encendió.

Byroway apareció pálido, sin corbata y rodeado por cajas abiertas. Detrás de él, varios empleados corrían por los pasillos de su mansión.

—Detengan esto —exigió—. No saben con quién se están metiendo.

Ella se acercó lentamente a la cámara.

Cuando Byroway reconoció su rostro, dejó de respirar.

—Tú estás muerta.

—Eso fue lo que pagaste para que todos creyeran.

El hombre retrocedió.

—Podemos negociar.

—Tú no negociaste cuando me quitaste todo.

—Yo solo aproveché una oportunidad.

Ella soltó una risa amarga.

—Quemaste mi casa, compraste a mis abogados y acusaste a mi hermano de un delito que cometiste tú.

Byroway miró hacia los lados, buscando desesperadamente una salida.

—No tienes pruebas.

Ella hizo una señal.

En la pantalla apareció la grabación de una reunión ocurrida años atrás.

Byroway estaba sentado junto a varios cómplices.

Su voz se escuchó con absoluta claridad:

—Cuando ella firme, destruyan los originales. Si se resiste, hagan que desaparezca.

El rostro del hombre se descompuso.

—¿De dónde sacaste eso?

—De la única persona a la que nunca consideraste peligrosa.

La imagen cambió.

Apareció una mujer mayor sentada en una habitación oscura.

Era la madre de Byroway.

Él quedó completamente paralizado.

—Mamá…

La anciana lo miró con una mezcla de tristeza y repulsión.

—Encontré las grabaciones hace años. Guardé silencio porque tenía miedo de ti.

Byroway golpeó la mesa.

—¡Cállate!

—Ya no.

La mujer levantó una carpeta.

—También conservé los documentos originales que ordenaste destruir.

El hombre comprendió que su fortuna no era lo único que estaba perdiendo.

Las pruebas podían enviarlo a prisión durante el resto de su vida.

—Escúchame —suplicó mirando a la mujer que había traicionado—. Puedo devolverte todo.

Ella negó lentamente.

—No puedes devolverme los años que pasé escondida.

—Te daré el doble.

—No puedes devolverme a mi hermano.

Byroway bajó la voz.

—Él no murió.

El silencio cayó de golpe.

Ella se acercó aún más a la pantalla.

—¿Qué dijiste?

Byroway sonrió al comprender que todavía poseía una última carta.

—Tu hermano está vivo.

El hombre que estaba junto a ella lo tomó del hombro a través de la pantalla, como si quisiera atravesarla.

—¿Dónde está?

Byroway recuperó parte de su arrogancia.

—Liberen mis cuentas, cancelen las órdenes y les diré dónde lo escondieron.

Ella cerró los ojos durante unos segundos.

Había esperado años para destruirlo.

Pero aquella revelación cambiaba todas las reglas.

—Tienes una hora —dijo finalmente—. Entrégame una prueba de que sigue vivo.

Byroway sonrió.

—Sabía que aún tenías un punto débil.

La llamada terminó.

Uno de los analistas levantó la vista.

—¿Descongelamos los fondos?

Ella observó la fotografía de su hermano en la pantalla.

Luego negó con firmeza.

—No.

Todos la miraron sorprendidos.

—Byroway no va a entregar a nadie —continuó—. Solo está intentando ganar tiempo para escapar.

El hombre a su lado comprendió de inmediato.

—Entonces utilizaremos la llamada para rastrearlo.

Los analistas comenzaron a trabajar.

Treinta segundos después apareció una ubicación.

No era su mansión.

La señal provenía de un antiguo complejo industrial abandonado a las afueras de la ciudad.

Ella sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

Reconocía aquel lugar.

Era la fábrica donde había visto a su hermano por última vez.

Antes de que pudieran salir, una cámara de seguridad del complejo se activó de forma remota.

En la imagen apareció una habitación cerrada.

Un hombre delgado, envejecido y encadenado levantó lentamente la cabeza.

Ella dejó escapar un grito ahogado.

Era su hermano.

Seguía vivo.

Pero detrás de él había un contador digital.

Marcaba cincuenta y nueve minutos.

Debajo apareció un mensaje enviado por Byroway:

“Ven sola o perderás por segunda vez lo que más amas.”

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