Abrí el sobre rojo con las manos temblando.
Dentro había una sola fotografía.
Mi respiración se detuvo.
La imagen nos mostraba a ella y a mí entrando juntos en un almacén abandonado la noche anterior.
La fecha y la hora aparecían impresas en la esquina.
Alguien nos había vigilado durante todo ese tiempo.
—No puede ser… —susurró ella.
Le di la vuelta a la fotografía.
Solo había una frase escrita con tinta negra.
“Sé lo que escondieron.”
Nos miramos en silencio.
—¿Quién tomó esta foto? —pregunté.
Ella negó lentamente.
—Pensé que estábamos completamente solos.
De repente recordé al hombre de la bandeja.
Corrí hacia la puerta.
Estaba cerrada con llave desde afuera.
Las ventanas también.
Éramos prisioneros.
Volví a la mesa.
El plato seguía intacto.
Entre los cubiertos encontré una pequeña tarjeta metálica.
Tenía grabadas unas coordenadas.
Y una hora.
23:30.
—Es una cita —murmuré.
Ella dio un paso atrás.
—No debemos ir.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
“No prueben la comida.”
Levanté la tapa del recipiente con cuidado.
Todo parecía normal.
Carne.
Verduras.
Pan recién horneado.
Pero un olor amargo salía del centro del plato.
Tomé una servilleta y removí la salsa.
Debajo apareció una pequeña cápsula transparente.
La mujer comenzó a llorar.
—Nos querían envenenar.
En ese instante escuchamos pasos afuera de la casa.
Alguien intentaba abrir la puerta.
Apagué todas las luces.
Los dos permanecimos inmóviles.
Las pisadas se alejaron después de unos segundos.
Cuando creíamos que todo había terminado, volvió a sonar el teléfono.
Esta vez era una videollamada.
Acepté.
En la pantalla apareció el hombre que había llevado la comida.
Sonreía con absoluta tranquilidad.
—Veo que todavía siguen vivos.

—¿Quién eres? —grité.
—Eso ya no importa.
Lo importante es que esta noche deberán decidir si quieren seguir huyendo… o decir finalmente la verdad.
La llamada terminó.
Ella se dejó caer sobre una silla.
—Ya no podemos seguir ocultándolo.
La miré fijamente.
—Entonces cuéntamelo todo.
Respiró hondo antes de hablar.
—Anoche no escondimos un objeto.
Escondimos a una persona.
Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.
—¿Qué persona?
Ella respondió con la voz quebrada.
—Al verdadero heredero de la familia Salvatierra.
Todos creen que murió hace veinte años…
Pero está vivo.
Y alguien está dispuesto a matar a cualquiera que descubra dónde lo ocultamos.