PARTE 2: EL ANILLO NO ERA UNA PRUEBA DE MUERTE… ERA LA LLAVE PARA DESCUBRIR LA MENTIRA QUE LO CAMBIABA TODO.

Sentí que el corazón se detenía al ver el anillo.

Lo reconocería en cualquier parte.

Era el que mi hermano Daniel llevaba desde el día de su boda.

Ella siguió sonriendo, como si disfrutara de mi desconcierto.

—¿Lo reconociste?

Intenté hablar.

Solo salió un sonido ahogado.

Ella retiró por completo la cinta de mi boca.

—No grites. Nadie puede escucharte.

Respiré con dificultad.

—¿Dónde está mi hermano?

Ella dejó el vaso sobre la mesa.

—Esa no es la pregunta correcta.

—¡¿Qué le hiciste?!

Su expresión no cambió.

—Pregúntate por qué desapareció sin despedirse de ti.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

Durante dos años había creído que Daniel simplemente había abandonado el país.

La policía nunca encontró una pista.

Mi familia terminó aceptando que jamás volvería.

Ella tomó el anillo entre los dedos.

—Él me lo entregó voluntariamente.

Negué con fuerza.

—Estás mintiendo.

Sacó una pequeña llave del bolsillo de su bata.

Abrió el cajón del buró y dejó sobre la cama un sobre amarillento.

En el frente estaba escrito mi nombre.

Con la letra de Daniel.

Mis manos seguían atadas, así que ella abrió la carta y comenzó a leer.

“Si algún día recibes esto, significa que no logré regresar antes que tú.”

La voz se me quebró.

—Eso… eso no puede ser.

Ella dejó la carta sobre mi pecho.

—Tu hermano descubrió algo que nunca debían encontrar.

—¿Qué cosa?

Por primera vez, su mirada perdió aquella calma inquietante.

—Las personas que creías tus mayores aliados.

Fruncí el ceño.

—No entiendo.

Ella respiró hondo.

—La noche en que quisiste terminar conmigo, ibas a reunirte con el mismo hombre que hizo desaparecer a Daniel.

Mi mente comenzó a ordenar los recuerdos.

Una llamada insistente.

Un mensaje borrado de mi teléfono.

La copa de vino.

—¿Me drogaste?

Ella sostuvo mi mirada.

—Sí.

Sentí una mezcla de rabia y desconcierto.

—¿Por qué?

—Porque prefería que me odiaras antes de verte muerto.

El silencio llenó la habitación.

No sabía si creerle.

Todo lo que había vivido desde que desperté me decía que debía escapar.

Pero la carta seguía allí.

Con la letra inconfundible de mi hermano.

En ese momento sonó el timbre de la casa.

Ella se asomó discretamente por la ventana.

Su rostro cambió de inmediato.

—Ya nos encontraron.

—¿Quiénes?

No respondió.

Corrió hacia el armario, sacó una carpeta y cortó las cuerdas que sujetaban mis manos.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué estás haciendo?

—Si quieres seguir vivo, tendrás que confiar en mí durante cinco minutos.

Antes de que pudiera responder, la puerta principal recibió un golpe tan fuerte que toda la casa tembló.

Una voz masculina gritó desde el otro lado:

—¡Policía! ¡Abran la puerta!

Ella cerró los ojos un instante.

Luego susurró algo que hizo desaparecer cualquier duda sobre el verdadero peligro.

—No son policías…

Me entregó la fotografía más reciente de mi hermano.

Había sido tomada apenas tres días antes.

En el reverso solo había una frase escrita con tinta negra:

“No confíes en nadie que lleve una placa. Ellos también trabajan para quien me hizo desaparecer.”

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