Parte 2: LA PERSONA QUE CERRÓ LA PUERTA YA SABÍA MI NOMBRE

El clic de la cerradura resonó en toda la habitación.

Lorenzo giró inmediatamente hacia la puerta.

—¿Quién está ahí?

Nadie respondió.

Solo un susurro atravesó la madera.

—Emma…

La sangre se me heló.

Muy pocas personas conocían mi nombre.

Dentro de la mansión todos me llamaban simplemente “la nueva”.

Lorenzo me observó con desconfianza.

—¿Conoces a quien está afuera?

Negué lentamente.

—No.

El bebé volvió a emitir un pequeño gemido.

Lo acomodé contra mi pecho.

Después ocurrió algo que hizo que incluso Lorenzo olvidara el arma que todavía sostenía.

El monitor cardíaco comenzó a estabilizarse.

La frecuencia subió lentamente.

El nivel de oxígeno aumentó.

Una enfermera jamás habría conseguido aquello con una simple coincidencia.

Lorenzo dio un paso hacia la cuna.

Miró la pantalla.

Luego volvió a mirarme.

—Lleva semanas sin alimentarse así.

No respondí.

Solo seguí sosteniendo al pequeño Leo.

Entonces la puerta volvió a sonar.

Tres golpes.

Pausa.

Otros dos.

Lorenzo reconoció inmediatamente la señal.

Se acercó.

—Abre.

Silencio.

Sacó el teléfono.

No tenía cobertura.

Frunció el ceño.

Aquello era imposible.

Toda la mansión tenía repetidores privados.

Alguien había bloqueado deliberadamente la señal de aquella planta.

Levantó la vista hacia mí.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?

—Doce días.

—¿Quién te contrató?

—La agencia doméstica Romano.

Su expresión cambió apenas un instante.

Como si acabara de recordar algo.

Mientras tanto, observé nuevamente a la enfermera.

Seguía inmóvil.

Demasiado inmóvil.

Me acerqué con cuidado.

Toqué su hombro.

No reaccionó.

Acercándome un poco más percibí un olor extraño mezclado con el vino.

No era solo alcohol.

Era un aroma químico.

Miré la copa.

En el fondo quedaban restos de un polvo blanquecino que no terminaba de disolverse.

Lorenzo también lo vio.

—No la toques.

Sacó un pañuelo del bolsillo y cubrió el vaso.

Después comprobó el pulso de la enfermera.

Seguía vivo.

Pero profundamente sedada.

No estaba dormida.

La habían dejado inconsciente.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—Entonces… alguien entró aquí.

Lorenzo no contestó.

Porque ambos comprendíamos lo mismo.

Quien había preparado aquella bebida sabía exactamente cuándo la enfermera estaría sola con Leo.

El bebé comenzó a llorar otra vez.

Lo acerqué a mi pecho.

Volvió a alimentarse casi de inmediato.

Lorenzo observaba cada movimiento.

Por primera vez ya no había rabia en sus ojos.

Solo desesperación.

—Los médicos dijeron que su reflejo de succión había desaparecido.

—No desapareció.

Él levantó lentamente la vista.

—¿Qué quieres decir?

Respiré hondo antes de responder.

—Los bebés no suelen rechazar espontáneamente el alimento cuando tienen hambre.

Rechazan aquello que les hace daño.

El silencio cayó sobre la habitación.

Lorenzo permaneció inmóvil.

Después habló muy despacio.

—¿Estás diciendo que alguien llevaba semanas envenenando la leche de mi hijo?

No alcancé a responder.

Porque en ese mismo instante escuchamos pasos acelerados al otro lado del pasillo.

Varios hombres.

Armados.

La voz del jefe de seguridad retumbó detrás de la puerta.

—¡Señor Rossi!

Lorenzo golpeó la madera.

—¡Ábranme!

Del otro lado hubo unos segundos de silencio.

Después llegó una respuesta que no provenía del jefe de seguridad.

Era una voz masculina, tranquila.

Demasiado tranquila.

—No puedo hacer eso.

Lorenzo reconoció inmediatamente quién hablaba.

Su rostro perdió todo el color.

—Marco…

Yo no entendía qué estaba ocurriendo.

—¿Quién es Marco?

Lorenzo no apartó la vista de la puerta.

—Mi administrador.

El hombre continuó hablando con absoluta serenidad.

—Toda la casa cree que esa sirvienta intentó secuestrar a Leo.

Si abro la puerta ahora, mis hombres la matarán antes de escuchar una explicación.

Sentí que el corazón dejaba de latir durante un segundo.

Marco siguió hablando.

—Y cuando encuentren al bebé muerto por culpa de una desconocida…

Hizo una breve pausa.

—Nadie hará preguntas.

Lorenzo levantó lentamente el arma otra vez.

Pero ya no me apuntaba a mí.

Apuntaba hacia la puerta.

—Si tocan a mi hijo…

Su voz sonó más fría que el acero.

—Voy a derribar esta casa piedra por piedra.

Del otro lado se escuchó una risa baja.

—Ese es el problema, Lorenzo.

Otra pausa.

—Llevas tanto tiempo buscando enemigos fuera…

…que nunca imaginaste que el hombre que tenía las llaves de todas las puertas también tenía acceso a la habitación de tu hijo desde el día en que nació.

Lorenzo comprendió la verdad un segundo antes que yo.

No se trataba de un secuestro.

Ni de un accidente.

Alguien llevaba dos meses intentando matar lentamente al heredero de la familia Rossi desde el interior de la propia mansión.

Y esa noche, al descubrir que Leo seguía con vida, había decidido que también nosotros debíamos desaparecer.

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