El sonido del radio policial rompió el silencio absoluto.
Todos los presentes miraron al joven oficial.
Él respondió sin apartar la vista del magnate.
—Oficial Daniel Rivas, adelante.
La voz del operador sonó clara y firme.
—Confirmamos recepción de la orden ejecutiva número 417-B. Proceda inmediatamente. El objetivo no puede abandonar el edificio bajo ninguna circunstancia. Un equipo especial del Ministerio de Justicia llegará en cinco minutos.
El capitán sintió que la sangre abandonaba su rostro.
El magnate dejó de sonreír.
—¿Qué clase de broma es esta?
Daniel guardó el radio.
—No es una broma, señor.
La mujer que acompañaba al empresario dio un paso hacia la salida.
Daniel se interpuso.
—Nadie sale.
Ella levantó el teléfono.
—Voy a llamar al ministro.
—Puede llamar a quien quiera.
Por primera vez, el oficial hablaba con absoluta tranquilidad.
El magnate avanzó hasta quedar frente a él.
—Muchacho, puedo destruir tu carrera con una sola llamada.
Daniel sostuvo su mirada.
—Tal vez hace una hora.
Sacó un sobre sellado de la carpeta que llevaba bajo el brazo.
—Pero ya no.
Lo abrió lentamente.
Dentro había una orden de captura firmada por un juez federal y respaldada directamente por el Ministerio de Justicia.
Los cargos ocupaban varias páginas.

Fraude fiscal.
Lavado de dinero.
Soborno a funcionarios públicos.
Obstrucción de la justicia.
El silencio fue total.
El capitán dio un paso atrás.
—Yo… yo no sabía…
Daniel lo miró apenas un segundo.
—Lo sabía lo suficiente como para intentar dejarlo escapar.
En ese instante, las puertas principales del restaurante volvieron a abrirse.
Entraron varios agentes de la Unidad Especial Anticorrupción.
Al frente caminaba una mujer de uniforme impecable.
Mostró su credencial.
—Comisionada Laura Méndez, Ministerio de Justicia.
Se acercó directamente a Daniel.
—Oficial Rivas, excelente trabajo. Asumimos el operativo.
El magnate recuperó parte de su arrogancia.
—Todo esto es un error. Mis abogados llegarán en cualquier momento.
La comisionada sonrió con frialdad.
—Ya hablaron con nosotros.
El empresario frunció el ceño.
—¿Y?
—Renunciaron a representarlo hace veinte minutos.
La mujer elegante dejó caer el bolso de diseñador.
—Eso… eso es imposible.
La comisionada levantó otro documento.
—Después de que dos de sus antiguos socios entregaran pruebas suficientes para colaborar con la fiscalía.
Las esposas metálicas resonaron en el salón.
Daniel dio un paso al frente.
—Señor, queda detenido.
Esta vez nadie intentó detenerlo.
Ni siquiera el capitán.
Mientras el magnate extendía lentamente las manos para ser esposado, uno de los agentes recibió un mensaje urgente en su tableta.
Levantó la vista con expresión de asombro.
—Comisionada… acaba de ocurrir algo inesperado.
—¿Qué pasó?
El agente respiró hondo antes de responder.
—Hace apenas un minuto encontraron al principal testigo del caso… y asegura que toda esta organización era dirigida por alguien mucho más poderoso que el hombre que acabamos de arrestar.