La oscuridad cubrió por completo el pasillo.
Solo se escuchaban las respiraciones agitadas y el zumbido del ascensor detenido entre dos pisos.
Cuando las luces de emergencia se encendieron, la joven dejó escapar un grito.
—¡Usted…!
El hombre que había salido de las sombras tenía unos cincuenta años, llevaba una chaqueta oscura y una placa metálica colgada del cuello.
El agresor retrocedió un paso.
Por primera vez desde que comenzó todo, el miedo apareció en su rostro.
—¿Cómo me encontró?
El desconocido respondió con absoluta calma.
—Llevo seis meses siguiéndote.
El vecino no entendía nada.
—¿Quién es usted?
El hombre mostró su credencial.
—Inspector Gabriel Rojas, Unidad Especial de Trata de Personas.
El silencio fue absoluto.
La joven comenzó a llorar.
—Pensé que nunca me encontrarían…
El inspector se acercó sin perder de vista al agresor.
—Tranquila, Sofía. Ya terminó.
Pero el hombre soltó una carcajada.
—¿De verdad cree que puede detenerme con un solo testigo?
Metió lentamente la mano dentro de su chaqueta.
El vecino dio un paso adelante creyendo que iba a sacar un arma.
Sin embargo, el inspector habló antes.

—No lo hagas.
El agresor sonrió.
—Ya es demasiado tarde.
Sacó un teléfono celular.
Con un solo movimiento presionó un botón.
A los pocos segundos comenzaron a escucharse varias puertas abriéndose en distintos pisos del edificio.
Pasos.
Muchos pasos.
El vecino levantó la vista hacia las escaleras.
Cinco hombres descendían rápidamente.
Todos vestidos de negro.
Todos mirando directamente hacia ellos.
El inspector respiró hondo.
—Sabía que no trabajabas solo.
El agresor volvió a sonreír.
—Nunca fui el jefe.
Los hombres rodearon el pasillo.
Sofía comenzó a temblar.
—Ellos… ellos fueron quienes me tuvieron encerrada.
El vecino apretó los puños.
—Llamaré a la policía.
El inspector negó con la cabeza.
—Ya vienen.
Miró su reloj.
—Solo necesitamos resistir un minuto más.
El líder del grupo bajó el último escalón lentamente.
Era un hombre elegante, de cabello canoso y traje impecable.
Al verlo, Sofía sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
—No…
El inspector también cambió de expresión.
—Así que finalmente decidiste aparecer.
El hombre sonrió con absoluta tranquilidad.
—Inspector, siempre llega demasiado cerca de la verdad.
Entonces miró fijamente a Sofía.
—Hija… es hora de volver a casa.
El pasillo quedó completamente en silencio.
Porque la joven acababa de descubrir que el hombre más peligroso de toda la organización… era el padre al que llevaba diez años creyendo muerto.